eternidad caducada


Venimos de una cultura de la eternidad.

Nos unimos a alguien cuando apenas empezamos a madurar y, en la
veintena, tomamos una decisión ilusionante bajo los gustos que nuestra
inexperiencia aún nos dicta. Construimos la vida, familia y patrimonio
a la par que otra persona y, sin darnos cuenta vamos creciendo en la
vida y en la madurez.

Hay quienes diez años más tarde siguen disfrutando paseando
por un jardín común. Enhorabuena. Otros, maduramos de manera diferente
a la persona con la que nos unimos. Ni mejor ni peor, distinta. Romper
la eternidad no es fácil y menos en esta sociedad. Los matrimonios
deberían ser renovables como el DNI y revocables automáticamente a los
diez años si no hay consentimiento mútuo. Entonces nos daríamos cuenta
de cuanto hemos diferenciado nuestras vidas. Quizá entonces deje de
existir "la maté porque era mía".
La segunda pareja, en cambio es como comprar una segunda
vivienda. Seguramente no tendrás tantas figuras de porcelana que son
complicadas de limpiar y muchas más estanterías para libros.

Por eso, en la madurez de la cuarentena ya no tenemos el
derecho de equivocarnos. Supongo que no tenemos miedo a vivir sólos,
miedo a que otros tengan que llenar nuestras vidas porque nosotros no
sabemos.

Entonces, si tenemos un poco de suerte, daremos la salida a nuestra carrera hacia la felicidad.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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