Incontinencia


Él no se consideraba un amante excepcional y ellas tampoco le destacaban con un reconocimiento especial. Era paciente y cariños eso sí, y también sabía ser potente y apasionado cuando la situación era más empuje que encuentro. La virtud que más apreciaban sus parejas era, quízá, su entrega y la búsqueda del placer en ellas. Casi se diría que disfrutaba más de los jadeos y espasmos de su pareja, del incremento de ritmo de su respiración y de los gritos ahogados con que finalizaban cada empujón de placer. A él le gustaban especialmente esas mujeres que gozaban de varios orgasmos, las que podían reponerse en pocos instantes para volver al punto de excitación que réquería del nuevo inicio del juego. El secreto casi siempre estaba en retardar un poco más el placer propio, en no seguir a la apasionada en su apasionado viaje, más bien esperar al que comenzaría un poco más tarde, o quizá al siguiente, o tal vez al último.

Claro está que el juego no tenía igual éxito en todas las ocasiones. De hecho, cuanto más íntima era la relación fuera de la cama, menos válidas se tornaban las reglas con las que jugaba. Entonces cobraba importancia la conjunción y la compenetración. Ella buscaba ser más protagonista y él gozaba del dejarse hacer para encontrar un punto de encuentro en el placer final.

Esto era lo que sucedía en general….. menos con ella.

No estaban enamorados, ni siquiera eran amigos, pero se veían con regularidad. Quizá el punto de infidelidad que guardaban entre sus secretos hacía más morbosa la sexualidad que compartían. Pero lo que más le gustaba a él, lo que más le hacía volver a ella una y otra vez, era su incapacidad de control cuando hacían el amor. Nunca entendía por qué su sexo lo exprimía con tanta rapidez, como notaba de manera inmediata que su final llegaba demasiado pronto, como se derramaba en su interior en los primeros compases.

Ella no jugaba de manera especial, no hacía nada diferente, ni lo provocaba a conciencia. Pero siempre sucedía igual y siempre era él el que finalizaba primero. Luego, era necesario usar de otros argumentos para que ella lo acompañara en el placer.

Quiza fuera su estrechez, quizá su delgadez o lo prohibido de la relación. Quizá pudiera ser cualquier cosa.

Pero aquel seguía siendo su reto aquella su eterna cuestión. Cuando ella, vuelta a vestir se marchaba de nuevo a su lugar, él la seguía con la mirada y una sensación de derrota que mantenía vivo su deseo hasta la próxima vez

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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