Estrellas


Cuando miramos al cielo nocturno las encontramos allí. aparentemente blancoazuladas, lejanas, quietas y sumidas en una oscuridad que apenas logran vencer. Parecen todas iguales, siquiera unas más nítidas y otras casi confundidas. Mezcolanza de las más grandes con las más cercanas, de las pequeñas con las lejanas. Nos obligan a hacer mil preguntas para entender que la monotonía de esas ventanas de la noche es en realidad, la riqueza del Universo. Son nuestras estrellas porque las adoptamos, porque nos acompañan y nos acogen en la melancolía y en los suspiros, en los deseos y en los viajes sin viajar. Nos siguen en silencio, colgadas de la negrura, a veces claras, a veces tililantes, pequeñas luces que nos intensifican las emociones y nos transportan hacia nuestro interior.

Todos somos polvo de estrellas y llevamos sus huellas marcadas a fuego. Todo lo que conocemos, habitó alguna vez en el corazón de una estrella y allí fué creado para ser nuestro pirincipio. Pareciera como si fuéramos herederos de sus colores y vidas, y como ellas, pudiéramos estar sometidos a su intensidad y calor:

Estrellas gigantes azules, intensas. jóvenes y dinámicas. Capaces de gran actividad y luminosidad desbordante. Recien nacidas, vivarachas, devorando masa y devolviendo energía de gran intensidad

Estrellas amarillas y naranjas, multitudes comunes que no destacan entre otros miles en un cielo claro y que, sin embargo, tienen la importancia de un Sol que alimenta planetas de vida. Matrices, gestadoras y guardianes de seres, quienes pocas veces volvemos la vista para agradecer aquello que nos es dado sin precio. Luz de nuestras vidas y padre que nos ama, nos cuida y un día nos destruirá.

Viejas estrellas rojas que acaban su ciclo, porque han vivido iluminando y generando antiguos recuerdos de viejas civilizaciones, que ahora explotan expulsando innombrables años de actividad intensa en materia que conformará nuevas estrellas y planetas en un parto que a la vez significa su fin. Que mueren para que otros nazcamos y que viven para ser olvidadas.
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Enanas blancas, restos de antiguos explendores que se desprendieron de viejas envolturas para alcanzar un estado especial en el que el universo pierde su razón de ser para ralentizar el tiempo y el espacio. para sacar fuerzas de su último aliento, para mostrar el camino y la resistencia a ser vencidas.

Agujeros negros que absorben al universo, que se alimentan de todo y de todos, que marcan límites insondables, que dan la vuelta al entramado para tomar sin dar, para recibir sin ofrecer, para ser el final de todo y el principio de nada, o quizá para conectar extraños espacios desconocidos.

Estos son los mundos que apenas atisbamos, que nos observan y nos cuidan, que nos insuflan millones de preguntas y nos llaman cada noche a volver a nuestros orígenes. Son nuestras vidas y nuestros sueños. Somos nosotros mismos, quizá por eso no podemos sorprendernos de ser iguales a ellas

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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