comunicando


Somos seres de costumbres, nos dicen a menudo. Mentes que se acomodan a actitudes que sirven a nuestros propósitos, a nuestras ideas, a la forma en que entendemos nuestra vida. Cada uno de nosotros no reconocemos fácilmente que lo que hacemos entender es diferente a lo que queremos mostrar. En la comunicación, nos decían hace años en el colegio, existen al menos tres elementos importantes, el que emite, el que recibe y el mensaje. Creemos que nuestros interlocutores tienen obligación de entendernos con facilidad y también creemos que, quien nos habla, ha de extender una lista detallada de minuciosas explicaciones que nos hagan sencillo el recibir la información tal y como la deseamos.

Sin embargo no hay peor modo de comunicarse que las palabras. Los significados de las frases no bastan por si mismos para entender. Todavía más si consideramos que hablar es la forma más sencilla de mentir. ¿Cómo poder distinguir certeza o falsedad en aquél que puede construir un discurso vacío pero intensamente adornado?. Comunicarse no es solamente oir si no más bien intentar comprender. Es preferible obtener del otro ideas, imágenes que podamos interpretar desde un lugar tan adentro como desde donde las está sacando quién nos habla. Me gustan las miradas porque me enseñan a leer en un libro abierto.Prefiero los gestos, aún los cometidos al descuido porque son imposibles de falsificar, me gustan las manos que me tocan porque no pueden mentir en su caricia, busco abrazos y besos por que transmiten la intesidad de los sentimientos que se truncan cuando se dice te quiero.

Busco la expresividad en quien me acompaña y no por ello la algarabía de los extrovertidos ni el jolgorio de los divertidos. Quiero la expresividad de quien mira sin saberse observado, de quien calla pero asiente de quien mueve levemente ojos, hombros o rostro mientras te escucha. Quiero que me quieran hablando de amor en las pupilas, quiero que entiendan lo que digo mientras me miran a los ojos, porque ellos están diciendo más que mis labios.

Quiero creer que no existe nada con más comunicación que un silencio cómplice.

No me pidas que explique aquello que dije, porque en mis escuetas palabras estaba todo el mensaje.

No tengo la culpa de que no lo hayan entendido. Es mi prueba del nueve de la complicidad.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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