casada (uno de tres)


Mujer cumplidos los cuarenta, que vive en un pueblo no demasiado grande, de esos en los que nos conocemos todos, de esos en los que, sólo con salir a la calle, dejas un rastro en las miradas que te persigue y te sobrevuela, camino de casa de tu madre, del ventanal de tus amigas o del bar dónde tu marido se toma la cerveza. Hace tiempo que ha descubierto que no está enamorada, que quiere y se deja querer, pero atisba a duras penas que la vida es otra cosa, que volar debe tener sabor a libertad y riesgo. Que el estómago hace tiempo que no es visitado por las mariposas y que se acuesta cada noche sabiendo lo que va a suceder al día siguiente. Trabajo y familia, hijos y parientes, incluído su marido llenan su vida o tal vez la esconden detrás de una verja de setos, con forma de pantalla de internet, a través de la que vislumbra como otros vuelan y remontan vuelos por encima del suelo que ella tan firme pisa. Descubrió, no hace tanto, los placeres de la infidelidad, pero aún piensa que fué con el hombre equivocado. Tuvo una oportunidad y, piensa que la dejó escapar. Pero fué tanto el peligro, tanta la inseguridad, tanto el miedo que, se jura a si mismo cada día, no volverá a repetirlo nunca más.

Intenso dilema entre una vida tranquila y calma, entre el control absoluto y sin sorpresas, entre la felicidad de un matrimonio formal que dejó mucho tiempo de ser mínimamente excitante, y el deseo de vivir, el deseo de que pase algo, el sentirse amada de nuevo por alguien que no la considere esposa ni madre ni cuñada ni ama de casa o enfermera. Ahora, ya ha sentido la punzada de ser persona para alguien, ahora sabe lo que es sentirse deseada, excitada, de que valoren sus sentimientos y pensamientos, de ser cobijada, entendida o discutida, de hablar de tú a tú,  de pensar que todo lo que le podría pasar sería tan distinto a su vida actual como lo es ese con quien habla frente al ordenador, con el que comparte todo lo que pasa por su cabeza, de su marido, que hace tiempo no sospecha ni uno sólo de sus pensamientos.

Pero ¿cómo va a perder todo lo que tiene? su casa, su comodidad económica, la mitad de sus hijos, su control sobre su vida. ¿dónde va a encontrar la valentía para mirar a sus vecinos, a sus padres, a todos aquellos que le dirán tantas veces que está haciendo una locura.

No cambiará de opinión, aunque cada mañana se pregunta si sería capaz de intentarlo. A veces se fustiga tachándonse de cobarde aunque bastaría si se reconociera cómoda. No valora lo suficiente su libertad, no tiene un proyecto de vida lo bastante definido como para ponerlo en el otro platillo de la balanza. Su salto al vacío no tiene ventajas. Para volar hacen falta alas

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

3 comentarios en “casada (uno de tres)”

  1. Apesar de ser un relato que parece sacado de una trajicomedia,la realidad es que todos conocemos historias parecidas,la sociedad esta llena de casos similares,donde el bienestar social pasa por llevar guilletes en los tovillos,donde te impide no solo andar tambien te impide volar,el simpre escho de soñar con la pisibiliada de hacer realidad dichos deseo,el sentido de cumpaviliad,puede ser la losa que tapa tu propia mortaja.No es nada facir dar el salto,tomar la decisón adecuada,pero por mi propia esperiencia ,tengo que decir que la vida es maravillosa y que todo lo que se pueda hacer por vivirla,simpre vale la pena,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s