¿y han pasado cuarenta años?


Hoy tomé un día de vacaciones, un tiempo robado al trabajo para alargar un poco más mi fin de semana. Necesitaba apartarme del estrés diario y hacer un hueco más grande al descanso de una mente cansada de plantear y plantearse, de moverse rápido, atacar y cubrirse como enseñaban en las viejas escuelas de esgrima.

La ciudad ya estaba levantada de hace rato. Que no soy de levantarse temprano ya lo sabemos todos y hago uso del viejo adagio que dice “para madrugar, mejor no dormir”. Bajé a la calle para inundarme del primer calor de la mañana y comencé a pasear con mi primer destino colgado de la mochila. Suelo pasear mirando a todas partes, la mayoría de veces sin ver. Mis ojos funcionan sólo por alertas. Si quieres ver lo importante, no puedes detenerte en todos los detalles. Miro de un lado a otro, sin ver, sin percibir, más que aquello que, fugazmente llama mi atención. Es entonces cuando giro la vista y la mirada se ajusta a lo que me ha hecho fijarme. Hay quien pasea esimismado en sus cosas hasta el punto de no ver a quien se cruza por su lado. Yo, voy ensimismado en las cosas de los demás, pero el final, creo, es el mismo.

Paseaba por una calle cercana a mi casa aún cuando pasé junto a una peluquería. No era uno de esos centros estilistas tan activos en estos años. No era una peluquería unisexo con decoración de diseño y chicas y chicos supermonos haciendo peinados fashion. A mi padre le gustaba denominarse barbero y esto era lo más parecido a lo que tenía mi padre, al local donde yo crecí de niño. Sé qué gesto llamo mi atención. Las mañanas de la semana, con la gente en el trabajo, son muy solitarias para un barbero. Recuerdo, en mis vacaciones del colegio, levantarme a las mismas horas de hoy y bajar a ver a mis padres., entrar en la tienda de ultramarinos de mi abuela y sumergirme en el mundo de frutas frescas, de verduras, de legumbres, de fiambres, de bebidas, de lácteos…… Siempre me pregunto ¿por qué los Mercadonas son tan grandes? nosotros vendíamos lo mismo en una casa de cien metros cuadrados.  Cumplido el ritual, pasaba a ver a mi padre. Casi siempre lo encontraba sentado, sin clientela, leyendo el periódico, como ví hoy al barbero al pasar por su ventana.  Recordé aquella sala con un espejo largo que nos decoraba un pintor en Navidad con motivos y de quien me sorprendía su habilidad para plasmar lo que quisiera de un sólo trazo. Aquellos dos sillones neumáticos que yo hacía elevar moviendo con el pié un pisador mientras el sillón subía para pisarlo a fondo y conseguir que bajarada monótonamente. Aquellas sillas de skay que se pegaban a las piernas en verano hasta doler cuando se separaban al levantarte, el lavadero de cabezas con su depósito que había que vaciar regularmente y que tanto asco me daba, la radio de galena, que aún funcionaba y que alguno de mis hermanos guarda en secreto pero que oficialmente está desaparecida, el radiocasette con las cintas de Alfredo Krauss y de Zarzuela que a mi padre le encantaban, los viejos carteles de futbol que anunciaban el partido del siguiente domingo del Elche CF contra Atlhetic de Bilbao. Allí aprendí a leer la prensa diaria, a coger el periódico cada mañana y disfrutarlo hasta que llegara un cliente, porque entonces había que dejarlo, ordenado, en la mesilla, por si fuera el caso que al hombre le apeteciera leerlo. Recuerdo las horas pasadas allí, ayudando en tareas sencillas que parecían no servir para nada, pero que ayudaban a adelantar al barbero cinco minutos en cada cliente,  minutos que al cabo del día podían convertirse en tres o cuatro clientes más atendidos, y un poco más de dinero para casa. Recuerdo las horas de cierre con la limpieza de todo para estar listo al día siguiente, recuerdo los portones de madera con los que cerrábamos el local no sin antes desmontar las puertas de cristal que poníamos al abrir y quitábamos al irnos para que nunca más ningún gamberro probara la dureza de sus piedras. Recuerdos, al fin y al cabo

Es curisoso el agrado de ahora con aquellas cosas que, entonces, eran tan desagradables. Yo era el niño cuyo fin de semana no empezaba hasta que cerraban los negocios el sábado por la tarde. yo era el niño que los sábados ayudaba en tienda o barbería en los momentos en que la clientela apretaba. Alguna vez me escaqueé, claro, tenía mis trucos, pero, cuando volvía a aparecer, me llovían de todos los colores. Yo era aquel niño, que hoy, no haría las cosas de aquella misma manera, pero que agradece esa educación recibida., esa sensación de que hay que estar para la devoción  y para la obligación. Hoy, de otras maneras, intento conseguir lo que entonces consiguieron de mí.

Y he seguido paseando, colgado de esta barbería y de aquella, pensando en que la vida siempre nos deja pequeños detalles que se van acumulando en el fondo de la memoria, que no utilizamos hasta que, de pronto, algo nos lo trae hasta aquí para ponerlo de frente y que podamos, durante unas horas, recrearlo y volverlo a disfrutar.

Y si me preguntas si fuí feliz……. Yo debería reconocer que sí…….. o que ya no recuerdo lo contrario

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

3 comentarios en “¿y han pasado cuarenta años?”

  1. Hermoso!, sí muy lindo que siendo adultos podamos rescatar en nuestra memoria momentos tan frescos y actuales llegado el casó,
    al leerte me traslado a mi infáncia en la huerta de Orihuela.
    En el ricon de los cobos, así se llama el lugar donde mis abuelos eran casero de una gran finca, el olor a pan recién horneado, las risas
    propias y las de mis primos al oir tocar la cámpana, mi abuela la hacia sonar para invitarnos a comer el chusco de pán con aceite recién
    sacado del horno, chiquillos y chiquillas de los vecinos acudian a ese ritual de los sabados maravilloso, al leerte me vienen las voces y
    hasta el aroma del pán, encantador, sigue escribiéndo lo haces genial.
    Un bese.

  2. ¡CLINNNNNNN! Así es como llama a ese “resorte” alguien muy querido.
    Me gusta cómo escribes, como describes como momentos frescos tus recuerdos y cómo cuentas tu vida así, sencillamente.
    Me ha gustado tu blog.
    UN SALUDO.

  3. Gracias, has rescatado de mi memoria (disco duro según esta generación) recuerdos de viernes al salir de la escuela, de los sabados ayudando a mis tios bien en la tienda, reponiendo y organizando el almacén, bien acudiendo a algún mercado de cualquier pueblo vecino, madrugando y montando el puesto antes siguiera de la salida del sol y regresando a casa agotada y satisfecha por el trabajo bien hecho y bien pagado con un “gracias”, un abrazo y un par de besos por parte de mis tios
    Eva Toral

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