A su manera


Las tres de la mañana es la nueva hora mágica. La hora en que empieza todo, el momento en el que se abren las puertas de la noche y comienza la intensidad.

La sala todavía estaba vacía cuando entramos, tanto que fue fácil recorrerla con tranquilidad hasta encontrar el lugar en el que sentirse bien. No fué elegido, pero la mesa se encontraba en el camino de entrada por el que había de recorrer, como pasarela de personajes, cada quien que comenzaba su particular viaje hacia la noche. Cada grupo caracterizado con diferencias, cada indivíduo marcando imagen que lo identificara en la distancia, que enviara un inequívoco mensaje de esesoyyo y de nomegustaquemeconfudasconotro. Mozos de gimnasio y tatuajes, estilistas de atuendos y complementos inverosímiles, macarras de bambas amarillas y mentes tan afeitadas como su cabeza, chiquitos bien con sus pantalones pitillos y sus camisas ajustadas, niñas que inventan escotes y levantan minifaldas, tacones que resuenan por encima de los equipos de sonido, maquillajes para tapar, depilaciones para descubrir, tribus que se destilan en un harén de búsquedas que nunca llevarán a ningun sitio, porque durante unas horas, habitarán en un lugar sin salida del cual sólo puedes salir por el mismo lugar por el que has entrado, porque está condenado a ser un agujero dónde el tiempo se detiene, mientras afuera sigue su curso, un bombo dónde puedes dar vueltas y vueltas sin la menor esperanza de que alguna vez, tu bola salga premiada.

La sesión había comenzado cuando la ví aparecer. Quizá si su edad hubiera sido veinte años mayor, no habría llamado tanto mi atención. Verla dejar su bolso colgado cerca de mi copa me hizo mirar a su alrededor para encontrar a quien la acompañaba. Pero no había nadie. Quizá, había llegado demasiado temprano, con veinte años no se va sola a ningún sitio. Quizá sus amigas llegaban tarde o estaban ya adentro, quizá su chico estaba aparcando el coche y entraba unos minutos más tarde. Mis ojos se movían observadores como lo que son, buscadores infatigables de todo lo que llama su atencion, intentando anticiparse a la jugada. Usará su teléfono para localizar a su compañia…. no hizo mención de tocar su bolso, buscará por el entorno a aquellos a los que espera… no se movío del sitio, mirará, verá, llamará, hará gestos para hacer ver a sus amigas que ya había llegado……. permaneció en su espacio y comenzó a bailar, como se esperaba que todos los que estábamos allí, lo hiciéramos.

Morena, pelo largo y liso, delgada y estilizada, un bombón apetecible al que sin embargo nadie acudió. Sus ojos no demandaban nada, su gesto no marcaba incomodidad, sus movimientos al bailar no permitían dudar de que disfrutaba de aquello que había elegido, de lo que deseaba hacer en esos momentos y de que ninguno de mis suposiciones le importaban un bledo.

La noche transcurrió rápida, mis ojos iban de mis asuntos a los de ella y de mi diversión al juego que ella había iniciado en mi. Duró lo que duró y siempre supe que no iba a tener la respuesta al rompecabeza. Si para entonces alguien hubiera llegado a su encuentro, el mito que se había creado en mí, habría caido con estrépito y mi noche se habría hundido en la estupidez. Verla recoger su bolso y caminar sóla hacia la salida la hizo entrar por la puerta grande en el Olimpo de mis diosas y quedarse en mí para la eternidad.

Alguien a mi lado me había seguido el juego, y adivinado cada uno de los movimientos de mis ojos. Cuando la partida hubo terminado sólo dijo -¿nos vamos?-

Y nuestros pasos se perdieron en la noche camino de nuestro propio juego

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse