Nada permanece….


Llegada una edad  y un bagaje en la vida lo suficientemente grande para entender que no ha sido desaprovechada, a veces, te sitúas en un punto en el que no puedes entender cómo has llegado hasta aquí. De pronto te das cuenta que estás ante un muro que cierra la calle por la que has venido trashumando, que no tienes salida y que estás demasiado lejos de la última bocacalle como para tener ganas de volver atrás. Entonces es cuando sabes que te has perdido algo en el plano de la vida que tenías aprendido de memoria, entonces es cuando sientes que no valen las soluciones de libro ni las palmadas en el hombro que intentan insuflar ánimo y que sólo consiguen ser condescendientes. Es quizá el momento de sentarse sobre las losetas frías del suelo y pensar que, por un momento, las prisas no son buenas compañeras y que, a falta de mejor camino, aquél, es un buen sitio para descansar.

Una mujer con cincuenta años no puede entender qué es lo que le impide encontrar un sendero que busca con ahínco. Físicamente agradable, (-tengo unas tetas que te mueres- me dijo un día), inteligente, fuerte, con personalidad y capacidad demostrada de emprender proyectos personales y laborales, con una vida social plena, comprometida y resuelta y con una conversación que demuestra su cultura y saber estar, no comprende qué es lo que hace imposible que haya un hombre capaz de hacer  en la vida otra cosa que  picotear de flor en flor para rellenar los huecos que le dejan otras ocupaciones

Se siente sóla y sin embargo pasa el día llena de personas cercanas. No para un minuto y, en cambio, echa de menos la intimidad de una cena a solas y un paseo cogidos de la mano. A veces la vida que nos llena se muestra vacía como un decorado de cartón piedra y sólo en la intimidad de una charla telefónica se deja llevar por la envidia y confiesa que (tiene miedo de que) cree que nunca llegará ese tren que ha deseado y ha tenido alguna vez en la punta de los dedos. En sus tardes de recogida, repasa sus últimos intentos, recorre los buenos momentos y las ilusiones planteadas, se agria cuando recuerda por qué se fueron a pique y siente la  rabia de reconocer que ni siquiera entiende por qué.

Las dudas aparecen como picotazos cada noche cuando, al levantarse del ordenador  descubre. otra vez, que no hay nada nuevo bajo el resplandor de la pantalla, que una vez más (no contando las peticiones de follar) nadie supo usar la llave adecuada para reclamar su atención, ninguno tuvo la paciencia suficiente para abrir la rendija por la que su propio deseo hubiera florecido para abonar un principio, todos los que  lo intentaron, pisaron el acelerador de un motor al que olvidaron poner gasolina Mirar el teléfono es una rutina antes de entrar en la cama, sólo para confirmar que aquél que hace unos días llenaba de interés los correos, y de ilusiones los chats, hoy tampoco había vuelto a llamar.

Y se arropa para acabar el día con una sensación cercana a la de la maldición gitana, sin entender como eso que ella busca siempre le pasa a otros, ni saber por qué, conociendo de memoria el camino, no es capaz de guíar a nadie evitando que se despeñe por el primer barranco de cobardía.

Y yo, que he conocido las tierras por las que pisa, intentaba explicarle que no podemos dejar de volar, que el albatros no deja de batir sus alas aunque no encuentre la isla perdida entre las aguas y que la única esperanza que nos abriga seguirá estando demasiado lejos, si decidimos no continuar el camino.

Y ella sigue dudando. Duda en seguir sentada allí o apagar el ordenador para siempre,  Pero piensa que éste es tan buen medio como otros, que habrá uno como ella que también recorra el camino y también se le despeñen las esperanzas por el mismo barranco. Así que se tortura entre la necesidad de intentarlo y el miedo a la decepción del fracaso, entre las ganas de llegar y la sensación de acostumbrarse a que ya nada es como a ella le gustaría.

Pero yo sé que siempre se alcanza lo que se es capaz de soñar.  Y si un día se cansa, yo seguiré soñando por ella.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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