cita con la vida


Hace un año hubo una cita con la muerte.

La vida a veces nos pisa un pie con fuerza y nos levanta en vilo, nos retuerce y nos abandona con una crueldad que nos deja sin aliento. No da explicaciones, ni se detiene a deleitarse con su injusta sentencia, sólo dicta cual es el camino y nos condena a recorrerlo con la brutalidad de quien no deja alternativas, con el cartel de meta situado a una distancia tan visible que resulta imposible eviarlo. Pero hay veces, en que una lucha desigual no es sinónimo de perder la batalla, ocasiones en que un david voluntarioso y tenaz vence a un goliath que, seguro de su victoria, sólo espera recoger los frutos de un final esperado.

Escuchar el diagnóstico de una enfermedad, es un trance duro. Mucho más cuando el veredicto es tan inapelable, que va acompañado de la noticia de que la medicina no sabe que hacer para cambiar su curso o tan sólo amortiguar sus efectos. Llevar bajo el brazo un diagnóstico así nos abre las puertas a un sendero que linda demasiado cerca de los precipicios de la desesperación, a uno mismo y a quienes se sienten lo suficientemente cercanos como para sentir en su alma el mismo dolor y la misma impotencia.

Pero siempre queda la lucha, siempre está la tenacidad, siempre está la fuerza de saber que, suceda lo que suceda, te recogerá con la cabeza erguida y la mirada firme, que no está dicha la última palabra y que nadie ni nada la dirá por tí, qué sólo hincarás la rodilla cuando te roben la última gota de voluntad y que aunque todos los libros digan que no existen opciones, tú eres capaz de escribr una última página que pueda romper con lo establecido.

Y hay ocasiones en que sucede. En que el ¿milagro? aparece. Abres la puerta de la consulta y la sonrisa del médico te da un puñetazo de incertidumbre en la boca del estómago mientras te sientas, desconcertado intentando adivinar qué es lo próximo que vas a escuchar. Oyes, y no entiendes, asientes mientras te hablan y tratas de colocar las palabras en tu cerebro para que encajen con la idea. Niveles mínimos de…. análisis negativos…. medicación innecesaria…. recuperación…. un caso entre miles….. no existen explicaciones…..

Y sales en una nube, dejando atrás, en la consulta, un final cercano. Y te sientas en un banco a volver a leer los papeles una y mil veces. Y te sientes tan extraño que no puedes dejar de llorar. La vida te vuelve a abrir las puertas y te enseña de nuevo un cielo azul y sin horizonte del que sólo te separan las lágrimas que no dejan de brotar.

Hay abrazos que no se pueden explicar. Hay encuentros que no pueden contarse con unas pocas palabras pero que recogen todo lo que tantas veces hemos deseado sentir. No existen las palabras cuando miras directamente a los ojos y sientes esa felicidad compartida. En momentos como esos, sabes que nuestras vidas están llenas de problemas y preocupaciones que no son más que luz de gas, que los verdaderos problemas son otros y que muchos de los que lloran sus desgracias por las esquinas no tienen ni puta idea de lo que puede llegar a ser la desesperación instalada en la realidad.

¿Volver a nacer? De ninguna manera. Puesto que nunca dejó de vivir y nunca esperó morir. Quedará siempre el recuerdo de aquella noche en que el corazón tocó con firmeza el picaporte de la muerte. Ese momento en que el hálito fibrilaba y parecía que cada suspiro sería el último. Pero quedará ahí clavado en el recuerdo como un triunfo y como la prueba más intensa de que cuando la vida te plantea el envite del todo o nada, es cuando has de estar convencido de que eres de aquellos que un as de triunfos en la manga.

Si alguna vez, he de contar los días importantes de mi vida, será de los primeros este en el que pude de nuevo abrazar sabiendo que aún me quedaban por disfrutar miles de abrazos como este.

El mundo es muy bonito cuando tú estás en él. Gracias por quedarte.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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