Las tuercas del destino


La noche había sido intensa. Ella no se sentía con fuerzas porque la semana había ido llenando el cesto de problemas no resueltos hasta rebosar casi tanto como el de la ropa sucia dispuesta para la lavadora. Había pensado en intercambiar los canastos y ponerle dos kilos de detergente a sus dolores de cabeza para someter la capacidad de blanquear que tanto anunciaban en televisión a la prueba más dificil. Pero cambió de idea cuando sonó el teléfono y él, al otro lado, le propuso retomar aquella conversación que, un día, había quedado a medias. Ella no dudó en decirl que sí, y se dispuso a elegir el vestuario más apropiado para entonar con lo que iba a comenzar.

Siempre le sucedía igual. Delante de las puertas del armario abiertas, se quedaba en blanco. ¿Qué ropa ponerse?  Él era impredecible. No conseguía nunca adivinar en qué plan iba a aparecer. Además, nunca anticipaba sus proyectos cuando le tocaba a él decidir, así que podía ser, tanto el lugar más convencional y lujoso, como el tugurio más informal y apretado de la noche en la ciudad. Ella pensó en elegir una falda corta y una camiseta con escote pensando en facilitar que la mano recorriera su piel como sucedía cada vez que se mostraba provocadora. A ella le gustaba que, de forma sorpresiva, él la buscara por debajo de la falda o el sujetador, que pellizcara sus pezones mientras conducía con la otra mano en el volante o colocara su mano en el muslo mientras subia lentamente hasta ponerla al límite de la excitación.

Pero al final se decidió por un pantalón ajustado y una camiseta de escote discreto y recto. No sería tan provocadora pero su culo apetecible quedaría enmarcado para sus ojos y a él nunca se le escapaban esos detalles. Sin maquillaje pero con los labios tocados de un discreto brillo, intentó sin éxito dejar sobre la colcha toda la debacle que la atenazaba. No quería amargar ni amargarse la noche pero era consciente de que las ofuscaciones volverían en cualquier momento a atenazarla aunque también sabía que él era de esas pocas personas que sabría elevarla tan arriba que nada pudiera alcanzarlos.

Y así fué como transcurrió una noche de sorpresas, calidez e intimidad. De conversación, de caricias que sorprendían e intensidades que dejaban sin respiración. La noche se prolongó hacia la madrugada y la pasión se hizo luz como paréntesis del sueño, precuela y secuela de un dormir desnudos, achuchados, y tan juntos como la fuerza de su abrazó les permitía.

Despertar era despedirse camino de, cada cuál, sus quehaceres. Él preparaba el desayuno mientras ella, fiel a su gusto, extendía de nuevo las sábanas y alisaba la colcha. Su mente discurría distendida en asuntos sin importancia, pensando en lo fácil que había sido olvidar y vaciar la presión que antes se había hecho invencible. La tuerca del pendiente apareció de forma inesperada.

Ella se sentó en el salón esperando que él apareciera con los cafés del desayuno. Su mano mantenía unidos los dedos índice y pulgar como si estuvieran pegados con el pegamento más poderoso. Su mente recorría a toda prisa, de nuevo, el pozo del que apenas la noche anterior acababa de salir y en el que había vuelto a hundirse sólo para descubrir que aún podía ser más hondo. Cuando él entro y se sentó a su lado, su mirada no pudo disimular lo que la quemaba.

-¡Y ahora qué hacemos! le dijo a él, mientras depositaba la diminuta pieza en su palma de la mano.

Él no dijo nada. Sólo la miró lentamente y luego fijó sus ojos en la ventana. Su silencio se hizo grueso y sus ojos se hicieron de granito y hielo.

No supo bien qué pensar. Su mente corría deprisa buscando razones para esa piececita que quemaba en su mano. No encontraba dolor en la herida abierta, sólo sentía la desolación mas honda y el desconsuelo más seco. No sabía bien si prefería que él la mintiera con cualquier historia barata que pretendiera justificar que aquello no estaba allí más que por casualidad, o que él reconociera que aquella cama en la que ella pensaba que era exclusiva, se había compartido, bien en un desliz o bien en una historia paralela.

Pero él seguía siendo un bloque impenetrable.

Ella no sentía el dolor punzante de la infidelidad tal y como siempre había pensado que sentiría, no era la herida del engaño o que él hubiera preferido a otra para algún momento reciente. Le dolía más pensar que iba a perderlo, que él no se retractaría, que asumiría su culpa y se daría por condenado y castigado, arrastrándola a ella a idéntica pena y castigo. Quería decirle que no, que no era necesario que tomaran ahora las decisiones, que mejor pensar un poco más tarde, que habría deseado guardar aquel descubrimiento para no levantar una cerca de espinos entre ambos. Intentó abrazarlo y sabía que él la rechazaría. Lo hizo.

La acompañó a su casa el silencio. Miradas mudas al frente y reflexión. Al despedirse él solo le dijo:

– Cuando quieras, llámame

Entró a su casa reprimiendo todas las dudas y las ganas de llorar. Fue directa al baño para lavarse la cara y refrescar las ideas con la humedad del agua fría de la mañana. Vio sus ojos tristes y el cabello alborotado e intentó buscar el cepillo para ordenar pelo e ideas. Sin saber cómo, la tuerca encontrada la había seguido pegada a su mano, apretada en la inconsciencia de una mente revuelta. Se peinaba con rabia, como queriendo hacer que el dolor de los mechones enredados la redimiera de sus sufrimientos, como si buscara deslabazar los tirabuzones de sus conflictos

Sonó como un clinc sobre la porcelana del lavabo. El pendiente cayó al compás de uno de los movmientos de la cabeza. la perla unida a un tornillo desnudo se mostraba delante de ella con la desvergüenza de una prueba. Ella la miraba como intentando entender…..

Lentamente cogió la tuerca y la unió al pendiente.

Cogió el teléfono y marcó

Él contestó

Lo siento. Lo siento mucho….

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

4 comentarios en “Las tuercas del destino”

  1. Aunque sea imposible estar juntos, nunca dejas de amar a la persona de la que has estado enamorado/a.
    En el caso de tu relato, el título no es lo de menos. Es perfecto.

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