Una breve lección de amor


La mirada en sus ojos no tenía un destino determinado. Más bien luchaba por encontrar un punto lo suficientemente lejano, un lugar en el que se pudiera traspasar el horizonte y perderse en el  oscuro infinito que buscaba más allá. El problema no era la distancia, quizá su vida no había sido tan extensa en el espacio como en el tiempo, ese tiempo que se había convertido en ola sobre la orilla, rompiendo y retrocediendo una y mil veces, arrastrando de nuevo todas los naufragios que había recogido en todos los momentos y en todos los lugares. La mirada en sus ojos no tenía una intención clara. Más bien era la senda por la que había jurado no volver a caminar y que de nuevo se abría bajando sinuosamente de nuevo a las profundidades.

No dejar que la verdad impida hacer aquello que está bien, es una frase que resumía fielmente su convicción de que no siempre la franqueza es el camino más directo a la autenticidad,. Pero nunca, hasta aquella noche, había sentido ese hierro al rojo cebarse en sus carnes. Siempre creyó que no erea necesario saberlo todo, aún más, cuando los detalles ya carecían de importancia. La curiosidad mató al gato, por eso el gato no pregunta más que por aquello que aún puede cambiar y deja que el río deje fluir aquellas aguas de las que ya no es posible beber.

Alguien, en una larga conversación, le contaba que las confesiones, en ocasiones, buscan compartir el dolor o la culpa, depositar en el otro la propia conciencia, diluir el peso de una responsabilidad que no se quiere en exclusiva. Quizá fuera, por lo tanto, mejor no habrir una herida cuando ya ha cicatrizado la propia. Es posible que hablar no sea mejor que olvidar y siempre es más fácil hacerlo cuando es sólo uno el que recuerda y el otro nunca conoció.

Los secretos sólo existen cuando se mantienen vigentes, cuando se ejercen en el presente. La reserva, lo encubierto, lo silenciado, no existen cuando ya se ha olvidado, cuando ya ha desaparecido. Servir en bandeja de penitencia, expiar la culpa hincando rodilla en tierra no hace más leve la herida ni atenúa el dolor ocasionado.

Callar no siempre es mentir, Hablar no siempre es generosidad.

 

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

5 comentarios en “Una breve lección de amor”

  1. Una buena lección tambien es poner en la balanza al menos lo mismo que la otra persona, sólo así se puede jugar al mismo juego en igualdad de condiciones, bsis

  2. No creo que haya verdades a medias, hay verdades o mentiras, y el tiempo hará que se alejen los fantasmas y se mitigue el dolor, pero lo silenciado pernamecerá ahí.

  3. Completamente de acuerdo con el comentario. Si una lección de amor es no dañar a la persona amada, otra es la sinceridad, construir algo con secretos, (si se construye), siempre estará en la mente del que guardó silencio sin dar la oportunidad de decidir con todos los datos. Es jugar con ventaja.

  4. O simplemente no puedes dejar que la persona que amas, la persona con la que estás construyendo algo importante, no tenga todos los datos necesarios, no tenga todas las llaves necesarias que le permitan saber sobre qué material está construyendo. Más allá del propio dolor, más allá de los propios fantasmas hay mucha información, necesaria para conocer a las personas, en cualquier confesión.

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