Acuarela


Cuando decidieron el fin de semana, lo hicieron sin pensar mucho. Estaban acostumbrados a que las ideas se acompasaran sin ninguna señal que las anticipara, pero no por ello dejaban de soprenderse cada vez que sucedía. Por eso, aunque los planes iban por otros lados, ella no se sorprendió cuando recibió un mensaje que le daba la vuelta a todo. Tampoco lo discutió. Sencillamente sabía que nunca le había salido mal dejarse llevar, así que  acogió la idea y, quizá, sonrió al descubrir que, de nuevo, la decisión había sido acertada.

Él no había calculado la envergadura de lo que se venía encima. Tan sólo fue un ramalazo de deseo el que le recordó que hacía tiempo que no visitaba aquella ciudad, que le apetecía volver a un sitio qué, hace mucho, había sido habitual en su vida. y quería descubrir ahora desde otra perspectiva.

Desde que llegaron, se dieron cuenta de que acaban de dar un paso importante. Entrar en las calles tan conocidas fue abrir un album de fotografías que, a fuerza de revisarlas, se habían quedado ajadas y de color sepia. Las ciudades tienen una característica fundamental en los recuerdos: cambian pero no se modifican. Son las mismas en lo general aunque alteran los detalles. Por eso les encantaba volver a ellas, porque allí delante estaban sus vivencias, en lo que continuaba intacto, en lo que había sido modificado y en lo que no estaba ya porque en su ausencia habia desaparecido.

Para ella había sido su juventud, su primera salida de casa, su vida de adolescente salida del pueblo. Fue la sorpresa de no pasar por la ciudad y de aterrizar sin preparación alguna en la metrópoli, el tener todo y no poder disfrutarlo, ver  la cultura a su alcance y apenas aprovecharla, la fiesta nocturna a su alrededor, envuelta en la carencia que no le permitió estar.. Volver allí fue pasear en coche por lugares por los que había recorrido en largas caminatas,y vivir en primera persona lo que antes había hecho para otros. Pudo disfrutar de hoteles elegidos para su disfrute, de encontrarse en las salas de pintura con aquellos cuadros que admiraba y tuvo tan poco tiempo para contemplar, encontrar el restaurante adecuado a cada sensación y el plato deseado en cada momento, descubrir los rincones escondidos junto a las grandes avenidas y que se camuflaban entre calles estrechas y barrios prohibidos. caminar por ellos a las horas en que se abren a la noche como los Galanes en los jardines y emanan sus colores, sus sabores y olores a la vista del paseante.

Para él, en cambio, la ciudad era flor de madurez. La había conocido cuando su vida abrió una brecha que amenazaba con ser abismo. Para él, cada rincón olía a una fecha, cada calle estaba anotada con un recuerdo, cada barrio con momentos de su vida que se amontonaban en un baile de nostalgia y duda. Conocía la mayor parte de los rincones pero no por sus nombres  si no, más bien por su instinto. Viajaba a través de los edificios como el sabueso que va recordando los olores conocidos y ellos le llevan hasta el lugar en dónde enterró el hueso. Habían pasado muchos años, pero todo seguía allí, los bares, los cines, las cafeterías, las esquinas, las plazas, los bancos y las farolas, las puertas y los timbres, las referencias exactas. Incluso cuando algo había desaparecido, su huella quedaba como una cicatriz, incluso cuando algo había cambiado, el recuerdo afloraba con su estado antiguo para volver a vivir el momento en que había descubierto aquel rincón.

Sólo que esta vez no lo callaron, sólo que esta vez decidieron compartirlo. Sus vidas, tenían un camino definido. Había un acuerdo no discutido, y en ese convenio se iba a apoyar lo que habían construido. Hacían suyo el poema de Gibrán en lo que recitaba que las cuerdas del laud están separadas aunque vibran con la misma música. Y así,, él descubrió una ciudad nueva bajo la luz de los ojos que ella llenaba de futuro. Y ella encontró un fondo profundo y lleno de matices en cada uno de los adoquines que juntos pisaban.

Y alli, sentados en una vieja acuarela  con sabor a batido de frutas  o frente al final de una noche envuelta en tazas de chocolate, o ante el más rancio son cubano sentado en una silla de ruedas, rodeados de ambientes, y miradas de  presentes y de recuerdos, de oscuros callejones  y  jardines soleados, alli, caminando de la mano, supieron lo que siempre habían sabido.

Que  basta un presente para disolver todos los pasados Que siempre hay un futuro, cuando puede apoyarse en  dos buenos presentes

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse