Hay días en que una sensación concreta atropella mi mente. Una idea, un concepto se instala y hace un campamento en mi cerebro con la firme decisión de sitiarlo y ponerlo a la defensiva. Es entonces cuando se levantan de nuevo todas las murallas y el interior queda aislado y envuelto en un estado de guerra.

Siempre me han gustado la velocidad, el riesgo, encontrar los límites, los caminos difíciles, los senderos apartados que llevan a nuevos destinos. Pero también he sido consciente de que es un viaje que conduce sin remedio a la soledad. Durante mucho tiempo no importaba correr, tensar la cuerda hasta romperla. Lo que se iba perdiendo en el camino permutaba su dolor por la confianza y el ansia de encontrar nuevas ilusiones más allá. Pero a veces sientes que cuando el avión supera las nubes lo que hay por encima empieza a ser un limpio, frío y lejano azul. Y entonces sientes miedo.

El miedo es un amigo raro. Cuando te toca en el hombro, te paraliza, te ralentiza, hace temblar todos tus cimientos. Tu sólido edificio construido con todo cuidado se ha convertido en tenue papel y tú te llenas de dudas que te sientes incapaz de resolver.

¿qué precio hemos de pagar por mantener nuestra identidad? ¿hasta que punto hemos de negociar un punto intermedio entre todo lo que queremos obtener. Hay opciones contradictorias y no por eso dejan de gustarnos ambas ¿se hace necesario elegir, prescindir de una de ellas para que pase a formar parte de nuestros deseos insatisfechos? ¿hemos de limitarnos a ser lo que es posible y dejar para los sueños aquello que es más difícil?

La vacilación te invade de repente, al torcer una esquina y encontrarte solo, cuando de pronto sientes el temor a perder a alguien a quien quieres, cuando te miran a los ojos y te dicen “me haces daño”, cuando te miras al espejo y te preguntas si deberías dejar de preguntar si encontrarás  alguien como tú, para descubrir que ya encontraste a la persona perfecta y te la estás jugando a la ruleta cada noche. Y con esa incertidumbre echas el freno porque el vértigo te asalta, te das cuenta de tantas cosas como has conseguido y que subastas con la lotería del siempre más, y que nunca deseaste perder.

No piensas que eres mejor ni peor, sólo quieres estar seguro de que esta vez sabrás echar raices

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

3 comentarios en “”

  1. Me gusta ser un soñador. Y buscar caminos sólidos para alcanzar los sueños.

    ¿y esta no es una gran respuesta para alguna de tus preguntas?.

    No se puede renunciar a lo que uno es, eso no tiene nada de camino sólido.

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