Él


“…Era él, ellos quienes tenían miedo. Un temor ancestral a la mujer, de ahí esa obsesión por las ataduras, por tenerlas dominadas, sujetas. En el juego o mecanismo del sexo, los hombres ruegan o exigen y las mujeres niegan. Atadas, incapaces de ejercer su propia voluntad, nada pueden negar, tienen que consertirlo todo”

José Luis Rodríguez del Corral

Llámalo deseo

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

1 comentario en “Él”

  1. La dominación consiste en una transformación (teorías sitúan su origen en la infancia) de la relación entre uno mismo y el otro. Dominación y sumisión resultan de una ruptura de la tensión necesaria entre la autoafirmación y el mutuo reconocimiento, una tensión que permite que el sí mismo y el otro se encuentren como iguales. La afirmación de uno mismo y el reconocimiento del otro constituyen los polos de un delicado equilibrio difícil de mantener. El reconocimiento es la respuesta del otro que hace significativos los sentimientos, intenciones y las acciones.
    La dominación, pues, comienza con el intento de negar la dependencia. Nadie puede substraerse verdaderamente a su dependencia respecto de otros, y a la necesidad de reconocimiento. Éste es una condición de nuestra propia existencia independiente. La verdadera independencia supone mantener la tensión esencial de estos impulsos contradictorios, tanto afirmar al sí mismo como reconocer al otro. El dominio es la consecuencia de rechazar esta condición.

    Psicoanalistas opinan que en la fantasía de dominación erótica se produce una fractura de la realidad, una escisión en la que los dos lados aparecen representados como tendencias opuestas, en la que el sujeto sólo puede asumir un aspecto cada vez, proyectando el opuesto en el otro. Para Bataille, por ejemplo, la existencia individual es un estado de separación: somos como islas, conectadas pero separadas por un océano de muerte. El erotismo es el cruce peligroso de ese mar, permite salir del aislamiento, exponiéndonos a “la muerte”. La ruptura nunca debe disolver realmente los límites pues de ello resulta la muerte. La excitación reside en el riesgo de muerte, no en la muerte en sí. Cuando ambos disuelven el límite, en lugar de la conexión con otro se produce un vacío. El deseo de infligir dolor o experimentarlo, aunque se haga rompiendo los límites, es un deseo de encontrarlos. Para los dos, el placer está en el dominio.

    P.D.: Building a mystery. Sara mclanahan.

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