cambio


Tumbados en la cama ella se incorporó levemente y lo miró en la semioscuridad del cuarto. Él estaba tumbado con la mirada perdida en los objetos que colgaban de la pared. El último orgasmo los había apaciguado y consiguió disolver el hambre que habían acumulado después de tanto tiempo de no verse.

Ella se levantó lentamente y él desvió su mirada hacia aquel culo que acababa de vibrar con sus caricias y al que, con suavidad, acercó una mano que ella reitiró.- ¿Te vas?- le preguntó. -Claro que no- respondió.

Sólo puso un pié sobre la alfombra y alargó su brazo hasta una repisa. Fuera lo que fuera que iba a tomar, pensó él, lo había preparado antes.

No le quitaba la vista de encima pero no supo adivinar en la penumbra, que era lo que había cogido, pero ella estaba dispuesta a que las dudas estuvieran muy poco tiempo en sus mentes. Su mano agarró la muñeca de él y la levantó hacia atrás, situando el brazo por encima de su cabeza. Él no se resistió y lo mantuvo en alto mientras sentía una fina tira de tela anudarse con suavidad en su muñeca. El primer nudo le pareció demasiado laxo, pero el segúndo llegó con gesto brusco, con fuerza, y sintió el tejido agarrarse a su piel. Sacudió el brazo y supo que el otro extremo ya estaba anudado al cabezal de la cama.

El ritual se repitió con su mano izquierda con exactitud, como si ambos hubieran memorizado el proceso. La sacudida final que él utilizó para confirmar que esa muñeca también estaba fijada, fue la señal de que se podía comenzar con la segunda parte.

Había una tercera banda, un tanto más ancha. Ella la extendió entre sus dos brazos abiertos en cruz y el la vió avanzando directamente hacia sus ojos. No hizo falta adivinar más. Ella tampoco quería que el mirara todo lo que iba a acontecer.

Sentir cuando no están los sentidos, o al menos cuando se les priva du sus funciones. Inmovil, ciego, sin apenas murmullos entre ambos, sólo existe el tacto.

Ella se sentó a horcajadas sobre su vientre y se inclinó sobre él. Él la buscó con sus labios pero sólo encontró una mano que los cerraba. -Shssst. Sólo siente-  Los labios surcando su cuello y los pezones rozando su pecho se sincronizaron en el comienzo del baile. Tetas y lengua recorrian su piel hacia abajo con exagerada lentitud, las primeras iban anticipando camino, abriendo el deseo, surcando terrenos inexplorados, la segunda, se detenía en ellos, los recreaba y llenaba de espasmos del más absoluto placer, cada rincón de su cuerpo.

Pezones, pecho, estómago, ombligo, vientre, el gozo más absoluto. Tantas veces el había sacudido sus brazos para intentar alcanzar la cabeza de ella, dirigirla, acelerarla, detenerla. Pero seguían prisioneras de su ama, rendidas a ser obedientes y esperar  la desesperación.

Sentir como la boca envuelve su polla y construye una funda que la rodea lo hizo retorcerse. Su inmovilidad sólo le permitió girar su cintura para que el placer fluyera por cada poro. Ella siguió avanzando lentamente hasta sentir que la punta abría su garganta. Entonces se detuvo y la mantuvo allí. Notaba los templores, los espasmos, la suave secrección que rebosaba su boca y dejaba escapar por los labios mientras contenía la respiración hasta que no pudo más. Buscó aire retroceciendo el camino andado, dejando salir parte de ese miembro para que dejar espacio por el que hacer una inspiración rápida y profunda que llenara sus pulmones. Volvío a tragarla lentamete, de nuevo hasta las puertas de la garganta. El gemido de él llenó la habitación y rebotó en todas las paredes buscando una salida que no había.

El juego estaba sentenciado y ella era la dueña. No hizo caso de sus ruegos de que acelerara, de que lo hiciera terminar. En esta partida, él no tenía derechos, sólo el de disfrutar y sufrir, sólo el de observar y sentir. Él juró que nunca más se dejaría atar, que no volvería a permitirse el no gobernar la situación, no estaba acostumbrado no elegir. Pero ella estaba dispuesta a que eso cambiara esta noche. Después, ya se vería…

Aceleró el ritmo y la violencia. Afuera hasta la punta, adentro hasta la garganta. Él la seguia con su vientre, intentando compensar, intentando forzar, pero ella lo adivinaba, y no estaba dispuesta a abandonar su puesto de comandante. Ya todo era un placer, ya todo era un penar. Todos los músculos en tensión, todos los sentidos concentrados en aquella polla, en aquella boca en aquella lengua….

Todo estaba tan a punto, que él no tuvo tiempo de sorprenderse cuando un dedo buscó con rapidez el agujero de su culo y lo penetró sin apenas dificultad. El corazón entró hasta la última falange y apretó con fuerza. Él soprendido elevó su cintura intentado escapar de aquella extraña sensación que había creado un placer desnudo, desconocido, inidentificable. Ese movimiento hundió inesperadamente la polla en la garganta de ella que sintió como la atravesaba y trató de contener una arcada. No se rindió y apretó aún más el dedo que llenaba sus profundidades.

Todo sucedió así de rápido, La explosión de semen lleno su boca de ese líquido espeso. Las convusiones de él recorrian la boca de ella y apretaban los dedos sepultados. Mientras él se movía arriba y abajo, sujeto de sacudidas irrefenables. los brazos en alto, heridos en su libertad, el culo desvirgado y descubierto para el placer, la garganta como una nueva puerta traspasada. El cambio de papeles como contrato redactado con nuevo condicionado, la complicidad aleada con lo dominante y lo sometido.

Ella se tumbó de nuevo a su lado. No lo desató y no descubrió sus ojos. También estaba desconcertada por la nueva vivencia.

Se despreocupó de él. Salió de la cama y se fue al salón a fumar mientras lo dejaba allí inmovil e inutil, susurrando palabras inútiles

Además…. necesitaba su tiempo y un cigarrillo para saber cómo iba a continuar….

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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