café con aventura


La conoció igual que había conocido a otras mujeres. Un saludo, una fotografía, lo comenzó y noches de palabras salidas de un teclado le fueron dando forma. Era como otras veces, una casualidad que se convierte en una chispa encendiendo una mecha.

Cuando ella le confesó que seguía casada, él trató de sopesar a qué tipo de casada se podría asemejar. No tardó en darse cuenta de que ella misma no sabía qué era lo que hacía allí y de que llenaba de excusas sus propios motivos.

Ella contaba que no buscaba una aventura, que su belleza le había llenado el zurrón de ocasiones y, sin embargo, su condición ética las había rechazado todas. Tampoco era mujer buscando una salida a su relación de pareja. Su convicción de que su familia la necesitaba impedía que pudiera hacer prioritaria el comienzo de una ilusión nueva. Vivir su felicidad no pasaba por ser una de sus quimeras.

A pesar de ser consciente, él se fue enamorando. Le ganó su fuerza, su dulzura, su belleza, su ternura y esos ojos que desprendían un intenso brillo de sensualidad.

Y encontraron la forma de encontrarse.

Cada semana ella visitaba un lugar cercano a la casa de él. Bastó con alargar los tiempos de la gestión para encontrar la excusa perfecta. Primero fue una cafetería cercana la que los reunió. Minutos  que valían horas con una conversación acelrada en la que ella contaba mil días mientras él, memorizaba cada uno de sus gestos y aprendía cada detalle para recordarlo en las largas ausencias. Las manos apenas se rozaban en un lugar público donde cualquiera pudiera destapar una infidelidad, los besos eran tan raudos y fugaces que se disfrutaban más en la imaginación que en la piel.

Es cierto que, buscando más cercanía, llegaron a probar la intimidad del salón de su casa. Pero el tiempo era tan escaso y la vuelta tan presurosa, que ella entraba por la puerta señalando desde el primer segundo que tenía que marcharse inmediatamente. Caricias y sexo tan fugaz, con la ropa a medio desvestir, que era más deseo que placer, más comienzo que final.

Siempre hubo más voluntad que posibilidades, más ilusión que realidad, Horarios incompatibles, ventanas de tiempo que se abrían a destiempo, yo puedo pero tú no, tú podrías pero me vigilan, obligaciones, desapariciones, trabajos, viajes….

Poco a poco se fueron desapareciendo el uno al otro . Él siguió llenado los muros de te necesito’s y fue aplazando su ilusión a cada después de un nuevo viaje que ella tenía, a cada después de un nuevo cambio de planes, a cada después de un nuevo examen que estudiar.

Y poco a poco la dejó ir

No es la distancia si no el silencio lo que apaga las últimas brasas. Y así, sólo fue quedando el humeante final que da la aceptación de lo que no se quiere aceptar.

Pero cuentan que nada se concluye sin la palabra fin. Y él lo descubrió, cuando, en una mañana cualquiera, paseando por las mismas calles de antiguas citas furtivas, la encontró a través del cristal de otra cafetería, sentada junto a otro, tomado el mismo café con dos cucharadas de aventuras

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

2 comentarios en “café con aventura”

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