El río de la luna


Cuando llegó al local, se asomó tímidamente desde la puerta, para comprobar si ella le esperaba dentro. Su mirada recorrió tímidamente las mesas, pero la única mujer sentada que estaba sola, leía con fijeza un libro y no parecía esperar a nadie. Supuso que ella no había llegado aún y le entraron las dudas de si ese era el día, esa era la hora y aquél era el lugar correcto de la cita. No había por qué dudar de su memoria, pero sin duda fue el helado vacío de la vacilación lo que le alcanzó de lleno.

Habían iniciado un juego hacía un mes cuando se conocieron en el chat que frecuentaban. Comenzaron con una conversación intrascendente que llenaba la noche de un punto de intención que no llegaba a concretarse. Las palabras eran vagas, pero pronto se declaró un juego de poder que comenzó de forma sutil. Desde el primer momento parecía que se conocían de toda la vida, Enlazaron charla con facilidad y comenzaron a descubrirse el uno al otro. Él buscaba traspasar las barreras que ella imponía y a su vez esquivar los intentos que ella construía para  desnudar su mente, para captar las ténues líneas de su personalidad que de forma evidente él ocultaba. La noche fue ganando en intensidad y se fue convirtiendo en una partida de ajedrez donde cada palabra movía ficha, donde cada frase era una amenaza al rey y dónde el rey se defendía buscando las camufladas formas de dar jaque a la reina.

Rivalizaban en seducción, en ironía, en hacer dobles mortales con piruetas para retorcer las palabras y buscar el desconcierto en el opuesto. Porque la desorientación abre muchas puertas cuando has de jugar rápido y no perder turno por exceder el tiempo de respuesta. En eso los dos se declararon maestros. Usaban todos sus trucos envueltos con delicados gestos de dulzura, entregaban sus cebos ornamentados con frases, tan largas y enrevesadas, que había que deletrear para descubrir la trampa que escondían, la llave que buscaba abrir las cerraduras de todas las puertas que se entrecruzaban con laberintos sabiamente urdidos, con el fin de proteger tesoros tan valiosos como frágiles, tan secretos como delicados.

En los muchos temas de los que se hablaba cada noche, él se defendía mejor en los que se relacionaban con ciencia o con tecnología, sin embargo, su seguridad se vio seriamente amenazada la noche en que ella le habló sobre un estudio realizado sobre la luz y los balances de blancos en la fotografía de paisajes con luz natural, o cuando le describió las características de su telescopio reflector con espejo de 150 mm y montura ecuatorial con la que la noche anterior había podido observar con claridad el cúmulo NGC 2547 en la constelación de la Vela.

Fue en una noche de verano cuando, conversando sobre los placeres musicales y sus preferencias sobre el jazz y el blues, ella le contó que en los proximos días se celebraba la semana de conciertos que anualmente llenaba su ciudad de grupos y solistas con actuaciones en directo. Y de como, habitual como era, ya disponía del abono para todos los conciertos. Iba a pasar un tiempo, dijo, alejada de aquellas conversaciones y confiaba, subrayó, que él tuviera la paciencia de espera, a que sus horarios se normalizaran para volver a tan gratas horas y conversaciones. Él se deshizo en un discurso de fidelidad y le aseguró que la esperaría, con ansia de volver a retomar el contacto tan deseado.

Pero mientras así la tranquilizaba, su mente se había iluminado con la agudeza que da el descubrimiento de la jugada maestra. Mientras matenía el diálogo tan animado, divertido e inteligente, abría una segunda pantalla del explorador para encontrar la dirección del festival de jazz y elegir, una entrada para el que le pareció el mejor de los conciertos. Sabía que ella estaría allí, la tenía localizada en un día y una hora concreta. Y ella estaría ignorante de la sorpresa de su presencia.  Presentarse y sorprenderla, ganarle la partida de una forma definitiva y comenzar de la mejor manera lo que, el deseaba, fuera, la mejor de las historias de amor nunca contadas. Sí, el plan era propio de él, y ella sabría apreciarlo como el mejor de los regalos. Reconocía que también había por debajo el brillo que le da, al jugador, el sabor a victoria definitiva en la partida que nunca parece desequilibrarse.

A pesar de las dudas, sus pasos lo llevaron al interior del local. Un coqueto café con mesas y sillas de madera oscura, que habían sido situadas en torno a un escenario dónde los instrumentos yacían inermes en espera de los dedos que les tenían que dar vida. Su mirada, la de él, recorria el local en una mezcla de buscar el mejor sitio para dominar con la mirada el escenario y el resto de la sala, así como para intentar descubrirla a ella en cuanto entrara en esa sala. El público iba entrando cada vez más numeroso e iban llenado poco a poco sillas y mesas. Él intentó descubrirla entre los asistentes. Siempre pensó que, aunque no habían intercambiado fotografías, él la encontraría entre cualquier multitud, en cualquier universo, y bajo cualquier luz. Y no. ella no estaba allí. Y él no sabía por qué.

Llegó el momento y los músicos aparecieron sobre el escenario. El saxofonista solista, negro, rechoncho con papada, entonó un Solo de presentación al cual se iban sumando por tiempos los músicos componentes del cuarteto que lo acompañaba: el flauta travesera, alto, desgarbado, huesudo, la chica de la batería, pelo caoba, elegante manos finas que manejaban las baquetas con destreza y una mezcla de suavidad y contundencia,  el tipo del contrabajo, orondo, compitiendo en talla de pantalones con el negro del saxofón, lentes redondas de sapioncillo y dedos ágiles al tocar las cuerdas, y por último el pianista, y al parecer, director del grupo, hombre de edad con barba y pelo cano. elegancia natural y dotes de ritmo capaces de contagiar a todo el salón.  La música lo llenó todo y empezo a mover al ritmo las manos, los pies y las cabezas de los asistentes. Los sonidos nítidos y calientes envolvían la noche y la llenaban de la espectacularidad que todos sabían que venían a buscar.

Pero ella seguían sin llegar

Y eso lo enturbiaba todo.

Él ya no esperaba, había fracasado y no llegaba a comprender dónde había estado el error. Estaba convencido de que ella no fallarían precisamente a ese concierto. Pero lo hizo. Y ahora él no sabía si se atrevería a confesarle en la siguiente noche de conversación que había estado allí, que la había ido a buscar, que la esperaba y que volvió a su casa con la sensación de no haber sido capaz de encontrarla. No estaba seguro de si sería capaz de reconocerlo, o bien lo callaría para siempre, como un secreto, como un silencio más que llenara su interior almacenado junto a tantos otros que nadie nunca sabría descubrir. Y así, en esos pensamientos, escuchaba los aplausos que daban paso a la última pieza de la noche, a la canción con la que ponían punto final al concierto.

Y entonces, el negro del saxofón, se acercó a la esquina del escenario y, aunque hablaba en general, su mirada, se fijó directamente en él. En su mal castellano, empezó su discurso de despedida y agradecimiento  y, mientras seguía mirando sólo a él, anunció la sopresa de la noche.

-Esta noche, -dijo-, nos ha acompañado a la batería, una dama a la que pocos de Vds conocen. En realidad, sólo una persona de entre este público sabe de ella lo suficiente. y esa persona que hoy nos acompaña, está aquí porque, sin saberlo, fue invitado expresamente a una cita. Una cita en la que pensó que sólo él conocía el encuentro, y en la que, sin embargo, habrá de reconocer que no hay mejor tesoro que la humildad, ni mayor felicidad que encontrar como final de la noche, la declaración de amor de la persona a la que él ama, hecha a modo de final de velada  y comienzo de una vida. Como última pieza de la noche, dejemos que dos corazones encuentren el momento que tantas noches habían estado buscando.-

Y Marta se levantó de su banqueta, dejó los palillos a un lado, caminó unos pasos y, alargando su mano, tomó la de Carlos, invitándolo a subir a junto a ella. Los tambores de luz, enfocaron sus figuras, firmemente cogidos de las manos y con sus miradas clavadas intensamente en los ojos del otro…. Y envueltos en el río de la luna que ya los arrastraba a los dos, ella comenzó a cantar…

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s