Abanico


Pertenecemos a una generación que ha tenido que crecer muy deprisa. No tanto porque estar desadaptados como por haber sido sumamente descuidados.

Cuando hace unos días llegó a mis manos una fotografía de carnet en la que mi edad no debía ser más allá de alrededor de los treinta, no pude si no sonreir ante aquella cara seria enmarcada en un gafas de metal fino y enfundado en una camisa lisa de corte clásico. El gesto adusto no desentonaba en el conjunto. Semblaba lo que justamente no era físicamente pero si emocionalmente. Lo que se ve, era lo que era.

Y mi pensamiento voló de aquella fotografía al presente . Y traté de encontrar las diferencias, y saber cómo había llegado a ellas, y entender, por qué era el que fui y he llegado a este que soy ahora.

Pero no soy un tipo individualizado. Mi propia curiosidad me hace mirar por la calle a los tipos de mi generación. Aquellos que, probablemente, en la época de mi fotografía, también vestían exclusivamente deportivas, pantalón vaquero, y camisa de cuadros. Esos, que, cuándo se mudaban los domingos, sólo encontraban un pantalón de tergal y una camisa lisa con el cuello y los puños con un color diferenciado y tres botones desabotonados para dejar al airte un pecho velludo del que alardear.

Pero nos hemos transformado. Ahora se nos puede ver, sólos o acompañados en las tiendas de moda juvenil. Eligiendo unas sandalias para vestir junto a las bermudas adecuadas, este año preferentemente en colores vistosos, y combinados, haga el calor que haga, con una camisa siempre de manga larga a la que apenas le volveremos los puños. Piernas y brazos depilados, accesorios a juego, gafas de sol, incluso si son graduadas, y una gorra tipo Fito Cabrales o un sombrero  ligero que acentúe el gesto.

Preguntaba yo hace unas noches a una mujer cercana, alguien de quien tengo demostrado el placer por la belleza y la imaginación, por qué los hombres habíamos llegado a ese punto en el que valorábamos de tal forma la imagen. Ella me respondió con un dilema que yo aún no he resuelto.

-El hombre ha descubierto que le gusta gustarse.

-La mujer se ha vuelto mucho más exigente.

No tengo aún la respuesta a la pregunta, pero no me gusta dejar cuestiones sin resolver y sé que seguirá durante un tiempo en mi cabeza.

Mientras tanto, debo reconocer, que también me regalaron un abanico. Y qué me siento muy divertido cuando lo utilizo

IMG_2409

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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