Despertar


Carina despertó sin apercibirse de que no estaba sola en la cama. Sus pensamientos regresaron de un sueño profundo tan planos como una playa en el amanecer. Abrió los ojos lentamente en la oscuridad intentando tantear cuál era su sitio, qué tiempo era este y cómo había llegado hasta allí. Para su sorpresa, reconoció que era su propia cama la que la sostenía, y era su dormitorio la que la envolvía. La primera pregunta estaba resuelta. Cuando trataba de saber cómo y cuándo había llegado hasta allí fue cuando sintió que no estaba sola. Había una respiración acompasada que sonaba plácidamente dormida a su lado. No quiso moverse, no le gustaba la idea de que, quien fuera, se despertara antes de que ella recordara su nombre y las razones de haberle invitado a compartir el sueño. No recordaba nada y empezaba a ponerla nerviosa no encontrar el hilo conductor que había desembocada en aquella situación. Siguió quieta en aquella posición en la que toda la realidad que la inquietaba estaba situada a su espalda. Las bocanadas de aire del dormido, ya había decidido que con seguridad se trataba de un hombre, parecían profundas y acompasadas. No había ningún movimiento, ni siquiera aquellos que podrían deberse a un sueño inquieto. Al parecer, el amigo no extrañaba la cama ni el cuerpo de ella a su lado.

Carina comenzaba a desesperarse. No era posible recordar dónde había empezado lo que ahora acontecía. Lo que sí era seguro es que su boca pastosa y su dolor de cabeza le garantizaban unos cuantos gin tonics de más. No era extraño que ella alcanzara en sus salidas nocturas un punto de alcohol que la terminara de desinhibir. No era corta ni mojigata pero en ocasiones, la belleza del adonis, había que suplementarla con algo más fuerte que escondiera el bajo nivel intelectual del acompañante. Perderse un cuerpo apetecible por la falta de una conversación interesante le había parecido siempre como intentar mezclar el tocino con la velocidad. El tío era para lo que era y la lengua sólo la tenía que poner en ciertos lugares escogidos de su cuerpo.

La jaqueca tampoco ayudaba para aclarar la situación. Trato de buscar más sensaciones en su cuerpo. Lo de la boca ardiendo también era evidente pero no sentía nada extraño más allá. Pensó del cuello para abajo. No le dolían los pezones ni sentía sus pechos magullados, su vientre no estaba empapado ni su entrepierna pegajosa de fluídos mezclados. Parecía claro que la noche no había sido muy pasional. O él era un amante pésimo o la carga de bebida había imposibilitado consumar nada.

Comenzaba a sentirse, además de la resaca y la incertidumbre, un punto patética que la sacaba de sus casillas.

Se lo había repetido a si misma tantas veces. No se puede ir así por la vida. No hay camino en la búsqueda constante de aquello que no está en los lugares dónde tanteamos. No encontraremos soluciones dónde sólo existen problemas, ni tablas de salvación dónde sólo hay personas que no saben nadar. Se lo había repetido tantas veces, que le dolía recordarlo más que esas sienes que, ahora, retumbaban con las palpitaciones. Ella era inteligente, al menos lo suficiente como para distinguir errores de aciertos, y saber cuál era su camino a elegir. También era guapa, resultonamente atractiva. Esa era la trampa, la puerta abierta hacia el camino de salida del verdadero problema: Su miedo a la soledad.

Todos sus argumentos para construirse, toda argumentación reiterada mil veces para cimentar su futuro, para levantar una sólida torre de los pilares derruídos que habían quedado como único testigo de sus decisiones pasadas, todas las argumentaciones planteadas, quedaban rotas en una triste tarde de sábado que dejaba caer la amenaza de horas de sofá y televisión. Una fuerza irresistible para ella nublaba su convicción y la levantaba en dirección a una caja de maquillaje y un vestidor que la transformaban, de nuevo, en una reina de la noche.

En definitiva ¿para qué? para despertar en la madrugada aún oscura, con mal sabor en su autoestima, para combinar malestar y además, como esta noche, ni siquiera con un sexo aceptable. Para discernir, una vez resuelto el enigma del acompañante, de cual de las mil maneras posibles, lo empujaba con determinación fuera de su cama de su casa y de sus recuerdos….. Se daba asco, ahora como tantas veces, se autodestruía, se consideraba adicta, mentirosa, automentirosa. Vuelta otra vez al comienzo, vuelta a flagelarse, vuelta a la pérdida de confianza, vuelta al miedo a recaer. Descomposición, dolor, desconfianza….. Miserias.

Esto había que solucionarlo…. si ella no podía sola, tendría que pedir ayuda, saber por qué su fuerza de voluntad la dejaba tirada y era vencida por su ego, por su fuerza de seducción, por ser la reina de la pasarela de buscones, aprovechados, pavos reales, y fantasmas en que cada noche se convierte la ciudad. No necesitaba encontrar las soluciones que ya estaban delante de sus narices. Sólo encontrar el placer de recorrer esos pasos que tanto miedo le daban.

Pero antes había que solucionar algo.

Se dió la vuelta en la oscuridad con determinación y se encontró con el bulto desconocido frente a frente. Con una mano en su pecho lo zarándeo con rabia.

-¡Eh! ¡Tú! ¡Despierta|. Tienes que irte ¡Ya!

El hombre, sobresaltado, abrió los ojos sorprendido y tratando de comprender

-¡Carina!

-¿Enrique?

Encender la luz no fue necesario porque la claridad llegó a su mente como un fogonazo. Su hermano, Enrique, con problemas en su matrimonio, había venido a cenar a casa. Hablaron durante horas con vino en la mesa y tantos gin tonics en el sofá que agotaron la botella de ginebra que empezaron. El sueño, la borrachera y los problemas llenaron la conversación hasta vencerlos. Aquella era la cama más cercana y amplia de la casa. De cómo y cuando llegaron a ella, ninguno de los dos consiguió recordarlo nunca.

El silencio de Carina, se vistión de olor a cafetera recien puesta y el primer cigarrillo de la mañana. Mientras Enrique se duchaba, ella ensayaba su mejor sonrisa matutina. La vida estaba ahí afuera de nuevo.

El verdadero problema, una mañana más, era saber hasta cuando le iba a durar su propio convencimiento

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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