Mar y/o montaña


Recuerdo una conversación reciente sobre las relaciones personales. A menudo, hablar de relación nos lleva directamente a la pareja sentimental y es una asociación de la que huyo inmediatamente porque signfica que nos ceñimos a una parte particular de un todo mucho más genérico. Y eso nos limita en las argumentaciones. Pero a menudo no hay más remedio

Hablábamos del cariño, de la unión, de la cercanía, del contacto…. Últimamente he añadido unos post que hacían referencia velada a estos temas. Siempre me ha soprendido la respuesta a la pregunta de “al mar o a la montaña”. Son muchos los que apuestan por la más evidente: Unas veces mar, otras montaña. Eso quiere decir que priman la unión permanente por encima del sacrificio. -Amar es ceder-, continúan con su argumentación,-Si te unes a alguien no tiene que ser siempre lo que tú quieres. Alguna vez habrás de ceder y que sea lo que ella quiere- y añaden para equilibrar la balanza y que no se les note tendenciosos -Y al contrario también, por supuesto-

Entonces mi mente recuerda situaciones contadas y vividas que no concuerdan con esa gratificación por el sacrificio. Vienen a mi memoria relatos de discusiones del tipo

-¡Pues siempre hemos ido a la montaña!-

-¿cómo puedes decir eso? Llevamos tres semanas yendo al puto mar y yo no me he quejado?

-¿tres semana? ¿ni de coña? ¿no recuerdas que hace quince días fuimos a aquella ruta en los acantilados?

-Si ¡Pero allí había mar!…..

La memoria de los seres humanos es selectiva. Sobre todo en recontar aquellas situaciones que nos son adversas y beneficiosas. Siempre salen más de las primeras que de las otras y eso pasa en ambos contendientes.

Es entonces cuando pongo encima de la mesa mi base argumental

¿Y por qué no uno al mar y el otro a la montaña?

¿por qué no dejarlos disfrutar de sus deseos, de sus aficiones, de ser ellos mismos, con la total confianza de que hay un tiempo para dos y un tiempo para uno? ¿por qué no dejar de imponer gustos y planteamientos para aceptar la libertad de decisión de cada cuál?

Entonces llega el primer contraargumento :

¿y si no quieren estar juntos por qué no se separan directamente?

Es que negamos la mayor: Sí quieren estar jutos. Lo que no quieren es convertirse en un apéndice del otro y a regañadientes ceder en una situación que te llevará a una mañana nefasta de la que muchas veces no saldrá nada bueno.  Es claro que hay mucho tiempo para ambos, es claro que ambos se buscan. Y es claro que, en muchas ocasiones uno de los dos decide libremente que es mayor el disfrute del otro que el suyo personal con un plan en solitario. Y lo hará, con seguridad, porque podrá comprobar, que, sin obligaciones, el otro se comporta de igual forma.

Y, si esto no es así, lo que se está viviendo lleva a situaciones tan claras y tan vividas que las soluciones pasan únicamente por dos opciones: Separarse para ser de nuevo libre y disfrutar de una vida tal y como se desea. O bien someterse a una vida sin voluntad ni criterio por salvar unos muebles que se pudren por dentro.

 

Pero esto sólo nos lleva al nivel uno de dificultad.

Hay relaciones a las que ambas personas llegan con estos planteamientos. Naturalidad en el trato, vidas unidas en un camino que sin haberlo convertido en un contrato, se apoyan en el poemas de Gibrán sobre el amor y el matrimonio. Es entonces cuando todo funciona desde la cercanía que da la lejanía, desde el compromiso que aporta el que estés aunque no te vea. desde la tranquilidad de que estoy a tu lado porque disfruto esta vida.

Y si en la primera fase estás alerta, atento, vigilante y desconfiante. Si en ese punto no terminas de convencerte de que los planteamientos que defiendes y has explicado hasta el cansancio como base del entendimiento de lo que describes como vida, Si en ese punto aún esperas la decepción y la protesta, en el segundo el golpe de llega a traición, y por sorpresa.

Hay un post en este blog con una pequeña obra maestra de la simplicidad. En una primera visión, una mujer llama en sucesivas ocasiones a un hombre sin que este responda al teléfono, únicamente le puede dejar mensajes en el contestador. Quien lo visualiza, sólo ve la desesperación de una mujer pidiendo, suplicando, que contesten a sus peticiones. Nos duele la desatención del hombre que, apartentemente, no atiende y desdeña sus súplicas. Nos reconocemos en ella en nuestros ruegos e identificamos en él a aquél que nos despreció y nos arrinconó. Pero nadie puede entender que una llamada no atendida ya es una respuesta, que uno ya tiene constancia de que le buscaban. Una llamada perdida en el móvil o, aún más, un mensaje en el contestador dejan claras las intenciones: llámame, quiero hablar. Pero la falta de respuesta aún lo deja más claro: No lo he visto aún, No te puedo llamar ahora, lo haré cuando pueda, no quiero llamarte, no estoy en condiciones o no me apetece. Pero esta parte del mensaje no se recibe. Nos obcecamos en nuestro derecho, no a ser respondido, si no a ser respondido tal y como yo deseo. Y como no se produce, volvemos a llamar, y volvemos a llamar, y ponemos un mensaje y enviamos un correo.

El silencio como mensaje no se entiende bien en la mayor parte de las ocasiones.  El silencio nos abre un vacío donde volcamos nuestros propios miedos. No son las amenazas del otro las que nos invaden, son nuestras viejas herencias la que regresan y llenan de barricadas los campos hasta entonces verdes. Y nos volvemos con rabia hacia la mano que solicitábamos para volver las tornas y hacer saltar los acuerdos.

Pero no podemos responsabilizar al otro de nuestras dependencias. Cada uno de nosotros es responsable de sus propias decisiones y es norma de obligado cumplimiento aceptar las de cualquier otro.

Porque nadie nos obliga a estar en ningún lugar, porque siempre tenemos abierta la puerta de salida y es precisamente por ello, porque no es una carcel, por lo que hemos decidido vivir allí

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

2 comentarios en “Mar y/o montaña”

  1. ¿y la confianza de que puedes contar con esa persona en tu vida? ¿y saber que cuándo llamas porque TU NECESIDAD, requiere la ayuda de esa persona tan importante para tí?
    Difícil de compaginar, difícil de esperar la mano tendida de quien amas, si suena tu número y se queda en la lista de espera.

    1. ¿Infarto, depresión, accidente de coche, graves problemas económicos? Esos son los asuntos que no pueden esperar
      ¿Y la situación de aquél a quién se llama y que no conocemos? ¿Priorizamos la llamada porque alguien siente una angustia que no deja de ser un “me siento mal” que pasará en un rato? ¿Nos volvemos niños caprichosos reclamando a mamá y papá?
      Un alto porcentaje de esas llamadas no son más que mimos solicitados que sólo contemplan inmediatez.
      Si la consideración de tener o no a esta persona en tu vida pasa por un momento puntual, es una buena ocasión para dejarlo

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