La caja


El timbre de la puerta sonó cuando ella estaba en la cocina. Le sorprendió escucharlo porque a esas horas no la visitaba nunca nadie, y hoy tampoco lo esperaba. Pensó en no abrir la puerta. Fuera quien fuera, seguramente se habría equivocado y ella no tenía ninguna gana de empezar una conversación sobre si era o no era esa la casa o en qué piso podía vivir la persona a quien se pretendía visitar. No, esa noche, no. Era su momento de soledad después de la ducha al volver del trabajo y uno de los momentos principales del día. Ese en que dejaba de ser Nathalie Martín la eficiente y estricta directora comercial, para comenzar a ser Nath, esa gata estilizada y perezosa que buscaba su primer gin.tonic de la noche y la tibieza de la contraluz del sofá.

El timbre no volvió a sonar. No hubo un segundo sonido que insistiera. Quien fuera, quizá se había dado cuenta del error y, en cambio, eso le llamó mucho más la atención y le hizo mirar de nuevo en dirección a la entrada.

La curiosidad, le pudo, al final y no se resistió a abrir. No era tan imprudente como para no mirar antes por la mirilla para ver quién estaba al otro lado, pero al ver libre el rellano de la escalera, con un impulso de curiosidad abrió la puerta lentamente.

No vio nada, pero sólo fue el momento en que miró al frente. Al bajar la mirada, descubrió a sus pies una caja de un tamaño mediano, de colores lisos y sin marcas externas que la identificaran. No llevaba tarjeta ni nombre escrito, sólo un pequeño lazo dorado sujeto con una pegatina dorada de esas que se utilizan en las tiendas de regalos y que contenía un escueto: “para tí”. Levantó de nuevo la mirada y la dirigió a ambos lados del descansillo. Parecía evidente que alguien la había dejado allí a propósito para ella. No podía adivinar qué podía contener aquella caja ni quien la había llevado hasta allí, y tampoco tenía claro que tuviera que cojerla y quedársela. La teoría del error, volvía a su cabeza. Quien fuera, podía haberse equivocado y desear volver a por ella para llevarla al lugar correcto.

El teléfono sonó de repente a sus espaldas. Su móvil recibiendo una llamada, brillaba con la luz de su pantalla en la penumbra del salón. El sonido no era ninguno de los que ella tenía clasificado para identificar a familia, amigos o antiguos amantes. Sonaba con el tono de llamada general. Fuera quien fuera, no pertenecía al círculo de los más allegados. En una decisión súbita, cogió la caja del suelo antes de cerrar la puerta y, con ella en las manos se dirigió a descubrir quien la llamaba. El número no estaba oculto, pero no correspondía a ninguno de los que ella tenía anotados en la agenda. la pantalla sólo mostraba un número sin asociarlo a nadie. No podía saber de quién se trataba. Descolgó.

-Hola Nath. Buenas noches- dijo un hombre al otro lado de la conversación.

– Buenas noches- dijo Nath intentando reconocer la voz -¿Quién llama?

– ¿no me reconoces?- contestó él sin sorprenderse

-No. en este momento, no sé quién eres- Siguió ella intentando que el tiempo y la conversación le llevaran a un nombre -¿me lo puedes decir?- insistió

-Sin embargo- dijo él sin contestar directamente -Ya ves que yo si sé quién eres, que conozco tu número de teléfono y que  sé dónde vives. Eso me coloca en una posición de ventaja en estos momentos. Algo de lo que me alegro porque era justamente lo que esperaba aunque no estaba muy seguro de poder conseguirlo- concluyó.

Nath se sintió repentinamente molesta. El tipo parecía dispuesto a mantener el anonimato y a ella nunca le había gustado jugar en desventaja. La voz era agradable, melodiosa, no demasiado grave y en un tono que se notaba despreocupado, casi dirá con un punto de disfrute.

-Eso no te coloca en ningún punto- añadió contundente. -Si no te identificas de inmediato, colgeré el teléfono y me olvidaré de ti treinta segundos más tarde. Estoy ocupada y no estoy dispuesta a perder mi tiempo con sandeces- amenazó

-¡Espera!, no cuelgues- intentó apacigar él. -No voy a decirte quién soy. A estas alturas, ya has interpretado que se trata de un pequeño juego. Este juego tiene muchas partes. Una de ellas es tratar de saber quién soy, pero esa es sólo una de las partes, quizá la más pequeña y fácil. Hay otras. Y esta noche las irás viviendo una a una.-

-¡No voy a vivir esos juegos! Ni siquiera el primero. Me importa una mierda quién eres ni de qué me conoces. Esta conversación se acaba ahora mismo y aquí. ¡Adiós!- Colgó.

Enfurecida tiró su móvil contra el sofá. Valiente imbécil hijo de puta. ¿qué podía creerse? Había conseguido joder su principio de tarde de relax. Era su momento, ese que le permitía recuperar fuerzas perdidas a lo largo de su jornada laboral y recuperarlas junto a su tranquilidad y equilbrio para afrontar el día siguiente. Y eso era algo que no le permitía a nadie. Era uno de los puntos fundamentales en su vida. A menudo había atrasado incluso una cita que sabía le conduciría a la gloria sexual de una noche intensa donde el objetivo era destrozarse follando, por disfrutar de aquella primera relajada copa en su casa, a solas, al terminar el trabajo.  Era sagrado. Y si el imbécil de la llamada la conocía de algo, tenía que saberlo de sobra. Pero, pensó, ¿y si lo sabía? ¿y si la había llamado a esas horas precisamente para molestarla? ¿qué podía querer? ¿quién podía ser?

Con los últimos restos del cabreo se dirigió al mueble bar a preparar la bebida. Cubitos grandes en una copa tipo balón, Una dosis abundante de Botanic gin un par de almedras y algo de angostura para dar un toque que refuerce el aroma, una piel de naranja que bordee el contorno de la copa y una tónica suave que no enmascare el sabor del conjunto. Su copa preferida de la tarde

.

Retomado el rumbo normal de la tarde. Se dió media vuelta para acudir a su rito de tumbarse en el sofá. Fue entonces, cuando, de nuevo, se encontró frente a frente con la caja. Después de la llamada, después de la discusión con el desconocido, la había olvidado por completo. Y ahora, con la copa en la mano, volvía a tenerla delante. La tarde se empeñaba en no ser igual a las demás. ¿Qué hacer ahora? ¿obviarla?. No. Nath no era curiosa con las cosas evidentes, pero desde hacía media hora, todo se había complicado lo suficiente como para que no pudiera resitir la tentación. Dió un largo trago al gin tonic que le llenó la boca de sabores intensos y sensoriales, un ligero temblor de placer le recorrió el cuerpo, y sus pezones, siempre receptivos, se marcaron duros contra la camiseta. Tiró de la cinta suavemente, y deshizo el paquete, abrió la tapa y atentamente miró al interior.

Lo que encontró adentro la dejó con la mirada clavada y la boca abierta. La sorpresa le impedía identificar qué había allí adentro. Fue lentamente cuando empezó a identificar las prendas que podía descubrir allí adentro. Un conjunto de corsé y faja en cuero negro formaban todo el ajuar. Volvió a dar un largo trago a su copa y la dejó, apartada en la mesilla del salón, mientras iba sacando, una a una, las piezas que contenía la caja, las elevaba para examinarlas con detalle y, probándolas por delante de su pecho, pudo deducir que eran exactamente de su talla. Una a una las extendió sobre la mesa y siguió buscando nuevos secretos en el interior del recipiente. Fue entonces cuando encontró una suave bolsa de terciopelo azúl que, al tomarla, tintineo suavemente en su interior. Tiró de las cintas y volcó sobre su mano unas esposas de hierro cromado sin otro adorno. Las manillas estaban abiertas, pero por mucho que buscó dentro de la bolsa y luego en la caja, no pudo dar con la llave que permitía abrirlas una vez cerradas.

Y allí estaba, absorta por el tesoro descubierto, descolocada por el curso tan diferente que había tomado la tarde, que no pudo identificar un sonido que debía haberle sido muy familiar. Trato de volver en sí, recuperarse de su ensimismamiento y reaccionar.x

Sobre el sofá, su teléfono móvil, volvía a sonar….

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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