Lo que siempre había deseado


Acostada sobre su costado, había ofrecido su espalda al abrazo de cada noche en la que dormían juntos. Por eso se sorprendió cuando las manos empezaron a recorrer su dorso lentamente. Empezando por la cintura,sintió como  comenzaron a subir despacio por la columna. Giraban en círculos pequeños y espaciados, espirales que ascendían por la piel creando pequeñas olas de placer, acariciando los músculos, relajando las tensiones, hasta alcanzar la base de su cuello. Se asemejaban a pequeñas gotas de lluvia golpeando sobre su piel, salvo que no refrescaban, más bien al contrario, generaban un cálido temblor que recorría sus sentidos comenzando a llenarlos de deseo.

Algo le hizo cambiar de idea, porque notó que se retiraba un instante en busca de algo. Un sonido de tapón de botella y, al volver a notar los dedos sobre la piel., la sensación deslizante de un aceite aromático que, a la vez, llenaba el ambiente de un olor suave y cremoso.  Más caricias, más ternura, más mimos. Mientras ella mantenía la postura y sentía cada milímetro de su piel, él buscaba las fronteras de su espalda.

Sintió ganas de moverse, de darse la vuelta para corresponder al roce, pero sabía con certeza que no era lo apropiado. Él había decidido que ese era su momento y no iba a desaprovecharlo. Nunca lo hacía. En esas ocasiones, se adueñaba del tiempo, de la ternura, del deseo…. de la vida, y lo exprimía todo tan a fondo que no permitía que nada le estorbara. Así, pues, sólo le quedaba sentir, aceptar aquel regalo ofrecido y cerrar los ojos para vivirlo más intensamente.

Mientras la mano izquierda se mantenía en la búsqueda de los caminos cansados de sus hombros y su cuello, la derecha bordeaba su costado en busca de de nuevos destinos. Un poco más de aceite ayudó a sentir el roce sobre su pecho. La palma abierta acariciaba en una espiral incierta presionando suavemente sobre el pezón. El temblor llegó directo al centro del placer, con tal intensidad, que casi encendió el primer orgasmo de forma imprevista. Él lo sintió, y bajó la intensidad para no llegar antes de tiempo a lo que todavía no era su deseo.  Se separó un tanto, sólo para volver con nuevas ideas. Dos dedos, presionando su pezon, masajeándolo, aprentándolo con un firme pellizco. ¿Dolor? sintió ella. No. sólo una forma diferente de gusto que buscaba otros caminos para llegar a lugares más lejanos que los que nunca había vivido. Ahora las manos se movían por los pechos con maestría, con la certeza del camino conocido. Caricas, besos, apreturas. Intensidad y roce, aspereza y dulzura, mecha y combustible para un deseo, ya tan encendido que galopaba a lomos de un ansia infinita.

Lentamente pero con seguridad, él le dió la vuelta y se incorporó. Boca arriba sobre el lecho ella sintió que sus piernas se abrían lejos de su control. Su sexo quedaba aún más desnudo, desprotegido y consciente de lo que iba a suceder. Una bocanada de desesperación abrió también su boca para gritar en silencio cuanto lo deseaba. Tanto como lentos pasaban los pocos segundos que tardó en sentir la punta rozando sus labios. Sólo una palabra describía esa primera sensación, ese punto en que se mezcla el sentido con el deseo, la verdad con la esperanza, el roce con el tacto. Ella suspiró: -¡Dioossssssss! -mientras esa polla gorda y dura la atravesaba de fuera a dentro como un caliente proyectil.  Fue como sentirse llena de pronto, como colmar un espacio de deseo con un sol tan ardiente, tan pulsante, tan penetrante, que todas las dimensiones estallaron en ondas tan vigorosas que subian por todos sus poros hasta cualquiera de sus extremos y, allí, como ecos rebotados en las montañas, volvían de regreso sólo para cruzarse con las nuevas que nacían en cada empujón.

La pasión se había desatado, los vaivenes tornaban más rápidos y más fuertes, temblaba entera sin conocer fin, sin saber cuanto tiempo iba a soportar, sin dejar de respirar: -No quiero que se acabe, no quiero que se acabe-. El orgasmo bordeaba un punto en el que, sin embargo, ella lo detenía. No quería entrar sola en ese palacio, quería esperar para entrar juntos y sabía que él también lo deseaba. Retener un orgasmo significa sentirlo de manera infinita. El placer no te abandona y hace tales piruetas que te sumerje en un contina sensación de ingravidez. Ella está perdida en un universo de luz y gas que la agita y la lleva a la irrealidad. Quiere más y sabe que está a punto de llegar.

Sabe a la perfección cuando él está a punto. Siente en qué momento él pierde el control de sus movimientos cuando acelera en ese sprint en el que ya no es el dueño y sabe que su propio placer, el de ella, todavía la sorprende subiendo tres escalones más. Lo sabe incluso antes de sentirlo, se estremece en cuanto nota aquella bala temblar en espasmos y disparar su orgasmo  justo al centro del propio. Todo es temblor, todo es fuerza, todo es calor, todo es fundirse, nada existe afuera ni en el espacio ni en el tiempo. La fuerza del abrazo es la única fuerza que existe en el Universo.

Todo se apaga de pronto, todo sonido desaparece, todo color se funde en esa nada. No existe más olor que el de él, recostado, desplomado sobre ella. Siente como jadea su pecho liberado. Paz y vida encerrados en esos dos cuerpos, y su mente, sólo su mente, llena todas las dimensiones. No sólo en el umbral de la muerte, la vida pasa entera en un breve instante. Quizá por eso lo llaman la petite morte. Ella no alcanza a controlar tantas ideas, tantos recuerdos, tantos tiempos lejanos…. que la llevaron hasta aquí.

Es lo que siempre había deseado. Y ahora lo tiene.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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