Morder la mano que te alimenta


Cuando duele tan adentro, cuando es el alma la que se parte, cuando no existe química ni cirugía capaz de alcanzar ese sol ardiente que te retuerce en cada pensamiento, cuando sólo piensas en no latir, no sentir, no pensar, no respirar, para no sentir tanto dolor.

Es entonces cuando eres peligroso. Y el dolor que te retuerce se contagia al exterior, sin control, sin clemencia, sin mesura ni cálculo. Es el dolor del mordisco de un perro cuando le tocas la herida, el zarpazo de un león al que intentas liberar de su cepo, la mordedura de una víbora a la que intentas sacar de su cautiverio, es la agresión del miedo, el golpe de la desesperación, la picadura venenosa de ser asustado.

Y es también, cuando sabes que más ayuda necesitas, cuando la voz que debe salir de tu garganta se queda atascada, cuando quieres correr y no sabes en qué dirección, cuando huyes y, quizá, deberías correr a su encuentro.

No es la vida la que es puta, eres tú el cabrón que la transforma. Cuando sientes que los desprecias porque los necesitas es cuando descubres que no eres fuerte, que estás vencido.

Y que los echas porque sientes miedo a necesitarlos

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

1 comentario en “Morder la mano que te alimenta”

  1. Esas heridas, llenas de rabia, de miedo, son difìciles de curar. Han de tratarse con rapidez y tino para que no hayan cicatrices o incluso lleguen cangrenarse.

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