Domingo por la tarde


Caminas despacio por los rincones, buscando un hueco donde acurrucarte. No es melancolía lo que sientes, más bien un dulzor amargo semejante a la tónica. Recuerdas que esta mañana no estaba ahí, tampoco anoche ni el día anterior. Es algo que sólo aparece los domingos por la tarde y nunca has podido definir muy bien. Es parecido al otoño. Al acortar de los días, al frío y la humedad que te inunda al ponerse el sol, es como si se te cayeran todas las hojas y volvieras a quedarte desnudo. Y sería otoño si no sucediera sólo los domingos y únicamente en las tardes. Y sería otoño si no sucediera también con los calores estivales o los fríos del invierno.
Así que he renunciado a definirlo, porque ya me he puesto muchos nombres y ninguno le ha sentado bien, y ninguno de ellos me ha servido, tampoco, para llamarlo y ausentarlo. Así que he decidido soportarlo, dejarlo ahí, sentado, como mi perro, recostado en una alfombra a mis pies, mientras yo trato de componer una forma de dejar pasar el tiempo y que llegue el sueño.
Porque mañana, al despertar, eso también lo sé cierto, ya se habrá ido de nuevo. No estará a mis pies cuando me levante ni seguirá mis pasos mientras camino por la casa como hace esta tarde.
Mañana habrá desaparecido y me habrá dejado libre una semana más.
Hasta que, de nuevo, vuelva puntual a nuestra cita de domingo por la tarde

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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