Sesión de cine para uno más uno


-¡Quiero hacerte una propuesta!-

La voz sonó convincente al otro lado del aparato telefónico, como si el juego hubiera estado pensado de antemano.

-Cuéntame- contesté intentando no aparentar expectante.

-¿Vamos al cine?-

ahora la sopresa sí impactó de pleno en mi estudiado sosiego. Aunque hacía meses que habíamos empezado a conversar, aunque ya habíamos lamido las mieles de la atracción y las hieles de guerras a muerte en breve espacio de tiempo, no habíamos llegado a encontrarnos, ni siquiera lo habíamos planteado hasta este momento. Y ahora, de pronto, ella proponía, no sólo una cita, si no un encuentro cercano de más de hora y media.

-De acuerdo- La respuesta buscó en la rapidez, la seguridad que yo no tenía.

-Hay una condición- continuó ella como si ya hubiera estado segura de que yo aceptaría.

-Continúa-

-Iremos por separado a la sesión. Cada uno entrará y elegirá asiento y veremos la película. Cuando termine, cada uno saldrá y volverá a su casa. Sólo sabremos que el otro está en esa misma sala, pero no estaremos juntos-

Mi cerebro funcionaba cada vez más deprisa. Buscaba razones para la propuesta, quería encontrar dónde estaba el truco, cómo podría desarrollarse el juego y dónde estaban las posibilidades de perder. Debía tener en cuenta que ella llevaba ventaja. Ella había pensado en lo que deseaba, las intenciones y las consecuencias del mismo. Yo debía decidir en pocos segundos tan sólo después de la propuesta. No estaba dispuesto a rechazar el reto ni a caer en una trampa.

-No nos buscaremos- Remarqué, más por poner una condición que por aceptar lo que se me ofrecía. Quise ver la firmeza de la proposición, quisé lanzar un órdago para saber si iba de farol, si el ofrecimiento se hacía con la endeble intención de que yo protestara y así aceptar el cambio de reglas propuesto e inducir un encuentro donde presentarnos bajo la etiqueta de que habría sido yo quien lo pidiera.

Me gustaba mucho, desde que la conocí. Desde sus primeras palabras escritas. Me había calado hondo su manera de hacer planteamientos, su inteligencia, su atrevimiento, su determinación. Más aún, la verdadera atracción residía en que tenía una soltura semejante para inventar situaciones insospechadas, ofertas fuera de las líneas regulares. Esta situación era un ejemplo claro.

-No nos buscaremos- Confirmó ella

-Entonces de acuerdo. Hay una sesión dentro de una hora. ¡Ojalá nos guste la película!-

-No creo ni que me fije de que va- Dijo antes de colgar.

Llegué a las puertas del cine caminando lentamente con las manos en los bolsillos. No había cola, así que me fuí directo a la taquilla. Mis ojos recorrían disimuladamente a las personas que me rodeaban. Buscaba, pero no quería parecer que lo hacía. De ella sólo sabía que era rubia, que tenía una melena corta de pelo liso. Luego caí en la cuenta de que no sabía de cuándo era la fotografía que yo había visto y que podía haber cambiado el peinado. También podía ser mucho más mayor, o incluso no ser su imagen.

Me dirigí a la sala y entré. Había como media entrada y busqué entre todas las butacas dónde situarme. Mis deseos de identificarla crecían a la misma velocidad que mi ansiedad, pero no quería que ella pudiera notarlo. Calculé la probabilidad de que ya hubiera llegado y, desde dónde estaba sentada, fiscalizara a todos los hombres que entraban. Localizarme era muy fácil. Aunque no me reconociera en mi fisonomía, no hay tantos hombres que vayan sólos al cine. Seguramente a esas horas, sólo yo. Elegí una butaca hacia la mitad de filas y hacia el centro, me senté, respirando agitadamente, dirigí la mirada a los asientos que quedaban por delante. Nadie parecía parecerse a ella. Me pensé dos segundos mirar hacia atrás. En realidad, estaba convencido de que ella se sentaría muy al final. Era el lugar ideal para ver. Pensé en por qué no haberlo hecho yo y encontré con rapidez la respuesta. En realidad, yo estaba allí para que ella me viera a mí.

Porque yo ya sabía que me gustaba mucho y que estaba dispuesto a seguir adelante, a seguir un camino que nos cruzara algún día y, a partir de ahí, descubrir todo lo que hasta ahora tan solo intuía. Porque si ella había de rechazarme, tenía ahora una oportunidad de hacerlo elegantemente, de mirar, de sopesar, de sentir, de decidir. Si yo no era de su interés, simplemente dejaría languidecer el contacto hasta que despareciera. Yo no preguntaría más,  solamente entendería el no que significaría su silencio, y dejaría que volviera a su nido sin reclamarla. O bien, si me veía y me aceptaba, entendería el sí, tan sólo por su intención de continuar.

Era como preguntar sin hacer preguntas.

Se apagaron las luces de la sala y empezó la proyección. Las oportunidades se habían acabado. Ahora no había más que ver la película.  Horrible, aburrida, previsible desde la primera media hora. Sólo y rodeado de compulsivos comedores de palomitas. Todo lo que yo odiaba en un cine estaba a mi alrededor. Todo, menos alguien a quién yo buscaba con mi mente sin mover los ojos de la pantalla.

Recuerdo que, como siempre ocurre, en los primeros minutos de la película, llegan los espectadores rezagados. Esos que entran ya a oscuras y van a tientas contando filas y butacas para buscar la suya. Yo, desde mi asiento, miraba de vez en cuando al pasillo cercano a la entrada y me centraba en quienes subían. Una mujer rubia se paró justo en mi fila mirando hacia adentro. Parecía imposible hacía unos minutos cuando me preguntaba si, aún viéndola, la reconocería. Ahora estaba seguro. Era ella.

Por un instante estuve convencido de que sabía dónde yo estaba e iba a acercarse. Pero la vi girarse y continuar escaleras arriba. La perdí de vista.

Ahora yo sabía dos cosas: Que no me había visto hasta ahora y que podía verme si me localizaba, a partir de ese momento.

El film, a partir de ahí, sólo fueron nervios y ella, ella y nervios, nervios y nervios, ella y ella.

Hasta que acabó.

Encendieron las luces y yo era consciente de mi desventaja. No pensaba girarme. El pacto había encubierto mis verderas intenciones. No podía saber si ya me había identificado. Si no había sido así, mala suerte. Me levanté y fui saliendo enmascarado entre los demás.

Yo no esperaba que ella me reclamase.

Llegué a la puerta sin volverme, salí, caminé por la calle hasta el coche aparcado, lentamente abrí la puerta y me senté adentro.

Y entonces mi nerviosismo me traicionó.

Me derrumbé, me llené de preguntas, pensé en la oportunidad perdida, pensé en que ya se había ido, pensé que me había equivocado, pensé en si no volvía a saber más de ella. Parado dentro del coche no dejaba de pensarla.

Fue cuando sonó el teléfono.

-Hola-

¡Cuánto me han gustado siempre sus holas!

No recuerdo el resto de la conversación.

Pero sí sabía, que habría una nueva película. Y que en esa, estaríamos juntos.

Uno al lado del otro.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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