cincuenta y uno


Hoy hace 51 años, una pareja, casada apenas hacía trece meses, se había decidido a celebrar por primera vez la nochevieja cenando fuera de casa con unos amigos. Él, el hijo mayor de madre viuda y padre perdido en la guerra y la escuela de la vida a sus espaldas, barbero como su abuelo, resuelto y con los pies en el suelo. Ella, también huérfana de padre, con madre empezando una prematura demencia senil, trabajadora y sacrificada, cambiada su vida por la entrada en la nueva familia, y adaptada a su marido y su suegra.

Hoy hace 51 años, como se nacía antes, en la cama de la casa paterna, sólo con una comadrona, nació casi una inocentada.

Han sucedido muchas historias en este tiempo. Secuencias ya relatadas, escritas, contadas, algunas. Otras han permanecido en silencio siempre o se han escapadado en momentos de retorcido dolor, intensas borracheras o intercambio de sinceridades dentadas como llaves que abrían puertas mutuas de confianza y secreto. La vida de este hijo de tienda de ultramarinos y barbería, que comenzó jugando en calles aún de tierra en un pueblo de alpargateros y creció con la suerte que se hace con la responsabilidad y las decisiones, con la capacidad de aprender y mejorar, con la determinación de quien sabe que sólo obtendrá lo que sus manos hagan, sus pies caminen o su mente comprenda.

Y es en días como hoy en los que la mirada se echa hacia atrás y se repasan los mapas con las rutas viajadas, con los destinos alcanzados, con las idas y venidas, con las vueltas de partidas que no llevaron a ningún lugar y las distancias recorridas en caminos que nunca resultaron ser rectos.

No quiero hacer resúmenes. Ya no me gustan los esquemas. La vida son detalles que hay que desgranar y largas historias que contar a la luz de una hoguera y el calor de un buen té. No hace muchos días, sentado en una piedra en las puertas del desierto un joven berebere todavía me enseñaba que hay tierras donde se tiene tiempo,

-Tenemos- decía -Tenemos todo el tiempo-

Y ese es un buen punto de partida para estos cincuenta y uno. Tener todo el tiempo. Sonreir ante todo lo conseguido. Disfrutar de que no haya malos recuerdos, Contemplar complacido como lo que he construído a mi alrededor es, en la medida de lo posible, placentero y sólido. Llamar y que acudan, invitar y ser halagado como anfitrión, ofrecer y aceptar lo ofrecido.

Hace poco, alguien cercano me preguntó ¿por qué me resultaba tan dificil utilizar la palabra feliz?. Quizá la respuesta no sea sencilla, pero está cercana a la sensación de que la felicidad es un espacio de acomodo, de descuido, de final del esfuerzo. Y yo no creo en ello. Dicen que lo dificil no es llegar, si no mantenerse. Y así, habiendo llegado, no quiero caer en la distracción de dejar que todo se diluya, que se debilite, que se agriete y se derrumbe.

Estos últimos trescientos sesenta y cinco días han sido muy buenos, quizá uno de los mejores años de mi vida.

Será dificil repetirlos, pero tengo la seguridad de que lo voy a intentar.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

4 comentarios en “cincuenta y uno”

  1. Y ten por cierto que conseguirás mantenerte en ese camino que te has ido preparando, porque intuyo que tienes claro que no existe la meta, tan solo el camino.
    Feliz vida y un abrazo…

    1. Es una buena definición que recuerdo haber utilizado otras veces. El camino es importante. Y uno no debe cansarse nunca, porque siempre hay una estación más allá. Gracias y felicidades

  2. Felicidades. Por delante todo un año, Trecientos sesenta y cinco días llenos de oportunidades para mantener y luchar por esa vida que has conseguido.
    Desde el recuerdo, mis votos para que sea así.

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