Deseos cumplidos


Llega a casa con el horario acostumbrado, subiendo las escaleras para evitar el ascensor, como si ese pequeño ejercicio aclarara su conciencia de haber comido un poco de más. Canturrea, mitad porque la comida con sus amigas ha sido agradable, mitad poque llega a casa y él la está esperando. Por lo menos eso decía el mensaje que recibió en sú teléfono: “Estaré en casa cuando llegues, pero trata de no hacer ruído al entrar” No termina de entender la especificación. No se considera especialmente escandalosa y, salvo que tenga que entrar de puntillas, no cree ser estridente. Si fuera por qué él pensaba echarse un sueñecito, sabe de sobra que no lo despierta ni un pelotón de militares entrando al asalto, mucho menos el sonido de una llave en la cerradura o el blando portazo al cerrar con suavidad.

Aún así, abre la puerta con cuidado y pasa adentro para cerrar. Da media vuelta y, mientras deja las llaves en la bandeja de la entrada, sigue pasillo adelante para llegar al salón. No, allí no hay nadie, por lo que supone que, efectivamente, se ha dormido, y se dirige al dormitorio para comprobarlo. Avanza tan sólo unos pasos cuando empieza a darse cuente de que hay algo que no es como debería ser. Camina mientras escucha y siente un sonido que, aún siendo familiar, no debería estar en este momento: la cama, su cama, hace sonar los muelles del colchón, un ñic-ñic persistente como de alguien haciendo movimientos sobre él. Se asoma lentamente a la puerta entreabierta…

Él estaba en la cama, sentado y con las piernas estiradas y abiertas, estaba desnudo igual que ella, otra ella, quién, de rodillas, también en la cama, e inclinada sobre su polla, subía y bajaba su boca sobre ella hasta hacerla desaparecer, tragada entera.

Él tenía las manos sobre su cabeza, como reteniéndola, como ralentizándola, como si estuviera esperando a que llegara la persona a la que esperaba. De hecho, la mirada de él se dirigía hacia la puerta. La había oído llegar desde que entró por la puerta y la esperaba.

Le hizo un gesto con la cabeza para que abriera la puerta del todo y pasara. La otra mujer no sé mostró sorprendida y continuó comiendo su polla, aumentando eso sí el ritmo.  Ella entró lentamente sin dejar de mirar la escena.

Cualquiera pensarían en montar en cólera, en gritar y golpear a ambos, en deshacer el numerito y abofetearlo mientras echaba a golpes por el pasillo a la tipa que se había atrevido a tocarlo. Sin embargo ella continuó acercándose lentamente, fascinada por la situación.

-Me preguntaste si admitiría que miraras mientras otra me comía- le dijo mirándola a los ojos. -Aquí me tienes-

Ella recorrió con la mirada su cuerpo. Vió como su pecho se movía y jadeaba por el placer recibido. Miró sus manos apoyadas en la cabeza de la otra mujer, empujando y levantando, marcando el ritmo y la profundidad, igual que había hecho con ella tantas veces. Bajó más la mirada y la vio a ella, a la otra. No era especialmente guapa, aunque su cara de placer, de vicio más bien, transmitió de inmediato la excitación que ya había en la habitacion. No era delgada pero tampoco gorda, las tetas aún bien puestas y la piel blanca y si defectos. Desde allí no pudo ver su coño que imaginó perfectamente depilado, como a él le gustaba.

No la chupaba como lo hacía ella misma. se recreaba más recorriendo el exterior de la polla con su lengua, o hacía un canal con sus labios por el que subía o bajaba el miembro en erección. Sólo de vez en cuando, cuando la excitación del hombre lo pedía a gritos, la metía en su boca. La embestía lentamente, como a empujones, entrando y saliendo para volver a tragar cada vez más. La engullía así poco a poco hasta hacerla desaparecer, hasta que sus labios tocaban con las ingles. Se retenía sólo un instante, en el que él lanzaba un quejido y un hondo suspiro, y luego la sacaba, también lentamente, hasta mantenerla fuera, sujeta sólo con su mano. Después volvía a comenzar.

Ella dió dos pasos más y se puso delante de ellos. Se reconoció en un hilo de voz susurrandole a él al oido

-Me gusta. ¡dios, cómo me gusta!-

Y mientras seguía mirando cogió la mano de él y la llevó con fuerza hacia sus bragas mientras, con la otra mano, ella las bajaba. Dirigió los dedos de él hacia su coño empapado, eligió el índice y el corazón y comenzó a restregarlos por su vulva mojada, hasta su clítoris y los metió pènetrándose con desesperación. Él comenzó a moverlos con el ritmo que marcaba la boca que lo comía a la vez, buscaba dar el mismo placer que recibía, quería el mismo orgamo en los dos, mientras, inconscientemente ambos miraban a la extraña que seguía buscando que el hombre se corriera en su boca. La pasión les podía, la excitación era irrefrenable, ambos podrían resistir poco tiempo más.

Fue entonces cuando ella cambió de idea, sacó sus dedos de su propio placer y se dirigió a la cama. Agarró la cabeza de ella, la otra ella,  por los pelos y la separó violéntamente de lo que estaba deseando. Liberó la polla que quedó erecta, mirando arriba, tan sorprendida como su propietario que seguía sentado con las piernas estiradas. Con agilidad ella pasó una pierna a cada lado del hombre, se inclinó hasta quedar en cuclillas y agarró con su mano firmemente la polla.  Se dejó caer de un golpe

La percepción del placer fue como nunca lo habían sentido. La violencia de la entrada lo hizo llegar hasta la boca del útero, mientras sentía como se abría y abrazaba el miembro. Las dos bocas se abrieron y se comieron en un beso largo donde se enredaron las lenguas. Ella, como una continuación automática golpeó dos veces su vientre, como intentando que llegara más adentro, como queriendo llenarse más. Fue entonces cuando sintió temblar el pene y empezar a recibir todos sus jugos. Los sintió calientes muy adentro, golpeándola una y otra vez en cada temblor. Y explotó, también, en el que era el mejor orgasmo de toda su vida.

Permanecieron abrazados, silenciosos, agitados, con la respiración agitada y los ojos cerrados, No querían perderse cada segundo de ese gusto. Sentían cada palpitación del otro buscaban esos placeres que van y vuelven como pédulos y los golpean de nuevo como si no quisiera acabarse nunca. Estuvieron así durante mucho tiempo.

Despacio abrieron los ojos, despacio se besaron, despacio ella acarició sus mejillas, despacio, él, le recorría la espalda con sus manos, despacio se dijeron -Te quiero-

Y cayeron en la cuenta a la vez de que no estaban solos, y ambos volvieron la mirada…. para encontrar la nada.

No había nadie más en la habitación, la mujer, la otra mujer, había desparecido.

No estaba su ropa, no estaban sus zapatos. Simplemente, había hecho lo que consideró correcto. A partir de un momento concreto aquél había dejado de ser su juego, y humíldemente, sin hacer ruído, desapareció.

-¿la conocías?-

-Tan sólo de una conversación en internet. Le hablé de tu fantasía y se mostró dispuesta. No pidió dinero ni puso condiciones.-

-¿podrías volver a localizarla?-

-Depende de que, después de esto, ella quiera volver a contestarme. Puede que sí-

-Hazlo, Dile que venga otro día-

-Para qué-

-Quiero darle las gracias. Quiero decirlo que ha hecho realidad uno de mis deseos. Y quiero pedirle que ayude a cumplir otro más-

-¿Y cuál es?

-Esta vez quiero que sea ella quien te folle. Y quiero ver como te corres dentro del cuerpo de otra mujer-

-¿serás capaz de soportarlo?-

-Lo seré. Además, necesito saber que tendrás la boca callada cuando sea al revés. Cuando tú mires a otro hombre comiéndome y follándome a mi-

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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