Tu sexo arde


Sentada en el borde de la cama, en la semioscuridad de tu deseo, esperas una nueva ocasión.

Sentada en el borde de la cama, en el silencio de tu imaginación, escuchar pequeños ruídos que suenan a preparativos.

No sirve de nada anticiparte, no tratas de presentir, las fantasías, lo has sentido muchas veces, nunca hacen justicia a las realidades y los caminos que emprendes no siguen nunca la dirección que habías previsto.

Tu cerebro se desnuda de imágenes, así como tu cuerpo desnudo se ha preparado a recibir. No sientes frío, pero tus pezones ya está erectos y tu coño, perfectamente depilado, rezuma humedad que empieza a empapar la colcha.

La música ténue de fondo comienza a sonar. Todo acaba de comenzar. La luz que, desde afuera, trazaba una penumbra en la habitación, se apaga dejando todo a oscuras, la melodía suave y lejana, apaga cualquier otro sonido que te permita prever.

-¡Recuéstate y cierra los ojos!- La orden llega en el momento adecuado susurrando desde lejos y tu espalda, obedece con un gesto de acomodo sobre la sábana. Un primer suspiro llega a tu garganta, si no, del placer, si de la espera. -Y ahora ¿qué?- susurras para tí.

Lo primero que sientes te sorprende. Dos gotas mojan uno de tus pezones, el izquierdo, y resbalan lentamente por el pecho con un deje de frialdad. A continuación, dos dedos las recogen con su contraste de tibieza y las redirigen en su camino correcto, dibujando senderos en la teta. Suavemente impregan de aceite toda la piel y se deslizan a través de la aureola con la suavidad de quien pasea por terreno conocido. El placer que sientes, arquea ligeramente tu espalda, como queriendo acercar más tu pezón a la caricia, como consumiendo los tiempos con ansiedad.

La mano se retira por un instante, pero sólo para que de nuevo dos gotas caigan sobre el otro pezón, el derecho, y el juego vuelva a comenzar. Al rato, son ambas manos las que recorren al unísono los pechos, pero ahora sin tanta suavidad. Los acarician, los agarran, los amasan, los sueltan, los pellizan, para volver a acariciarlos y vuelta a empezar. Ahora ya todo empieza a ser locura, y todas las sensaciones nacen y mueren de unos pechos hechos carne viva, placer y fuego. El calor nace de la piel y penetra en el cuerpo hasta llegar a las entrañas, que te hacen saltar como muelles, gimiendo tus súplicas de que no se detenga.

¿Y ahora?. algo rodea tu pezón. Es como un hilo, pero se asemeja a un lazo. El nudo ciñe y aprieta lentamente como corredizo y la presión te hace sentir algo distinto. Otro hilo ata tu otro pezón y lo atrapa. Tus pechos son prisioneros. Ambos hilos deben estar unidos porque sientes que un sólo gesto tira de los dos a la vez y notas que se estiran tirando de ti en un gesto que te traspasa con un gozo que nunca habías sentido. Dolor y agrado en un solo sentimiento, placer y angustia, frío y calor a la vez.

De pronto de nuevo todo en calma. De nuevo todo es espera.

El centro de atención se ha desplazado. Ahora es en tu coño donde llueven gotas de aceite.

La mano ahora se desliza por tu entrepierna desplazando el óleo por la piel de tus ingles, los dedos juegan con tu vagina y se introducen lentamente añadiendo a tu humedad unas gotas que se mezclan con tu deseo hasta invadir tu vientre de ansiedad.

¿qué sientes? algo redondo, suave, firme, se desliza por tus labios. Ayudado por el acite unas protuberancias resbalan alimentando tu ansiedad. -¡Por dios! ¡Qué acabe esta tortura! ¡Dame placer y haz que me corra!- te atreves a decir comida por el deseo. Pero sabes que no te harán caso. Las bolas se deslizan arriba y abajo, recorren una a una tu coño y se mueven en conjunto, construyendo espasmos que te revuelcan de tal modo que te olvidas de tus pezones sujetos hasta que duelen con tu movimiento. Ahora una bola está entrando. es una de la pequeñas, se desliza lentamente buscando tu interior. Sientes desfallecer de placer, mientras una segunda la acompaña. Ahora ya todo da igual, ahora solo quieres morir de placer, correrte en un orgasmo que te invada y desmayarte allí mismo como nunca habías deseado. La tercera bola entra. la primera ya casi toca tu útero y la sensación es que empiezas a llenarte. Más bolas, una cuarta una quinta, sexta…. Ya estás llena. Pero el camino no es sólo de ida. ahora las bolas, salen hacia afuera y vuelven adentro. Es como si bucearan y necesitaran salir a respirar, es como si quisieran hacerte olvidar el placer, para volver a hacertelo sentir con más fuerza, es como si te follaran.

Y es que te están follando.

Mueres de placer. Hasta el dolor de tus pezones ahorcados participa en el orgasmo. las bolas rozan las paredes de tu coño y encienden hasta los rincones que nunca conociste, se apoderan de tí, se hacen tus dueñas, te gobiernan, te rozan, te matan,…..

El orgasmo resuena en todo un universo. Gritas con un grito agudo que sale de tu corazón y crece como un hermoso regalo.

Sabes que él te está mirando, sabes que es tu dueño, sabes que te ha gobernado, como tantas veces antes, como tantas veces, lo hará después. Y te preguntas cómo ha ganado ese poder, como ha sabido arrebatarte la voluntad, como puede obsequiarte con esa ofrenda. Pero también te preguntas, ¿cómo has llegado a esta parte del camino? ¿cuántas cosas descubriste de ti misma? ¿cuantos caminos has recorrido para encontrarte contigo, para desnudarte de cuerpo y mente?

Ninguna pregunta tiene más sentido que la respuesta que admitas. No tiene objeto cuestionarse lo recorrido cuando estás en el lugar elegido. No pienses en ello. El disfrute, está unido a tu crecimiento. Y nada nos hará deleitarnos más que la consciencia de ser, precisamente, lo que vivimos.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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