No volverá


Sentado en su sitio de siempre, en su sofá de siempre y en su casa de siempre, mirando la misma televisión frente a otra cerveza y con idéntica sensación de soledad, por una vez, su mente no funcionaba igual.

Tenía en sus ojos la expresión seria y triste de ella, tenía en sus oídos sus palabras apenas en un hilo de voz, tenía en su pecho el dolor del sonido de una puerta al cerrarse, el sordo golpe de una despedida definitiva.

Y seguía sin entenderlo.

Su vida era perfecta: Esposa, hijos, trabajo, amigos. Hijo de una ciudad que aún era un pueblo, había conseguido lo que siempre había buscado: estabilidad. Nada extraño en su entorno, ninguna sorpresa, todo lo previsible y nada inesperado. Había construido el control absoluto, echado las anclas en el puerto elegido, vaciado las alforjas y guardado las maletas. ¿Para qué viajar, si ya había llegado al destino elegido? ¿Por qué buscar lo que nunca había perdido?
Y en cambio ahora todo se había dado la vuelta.
¿Cómo pudo estar ciego tanto tiempo? Se sentía como esos peces abisales cuyos ojos habían dejado de funcionar de tanto no ver luz. Y de pronto se encendió un foco destelleante, una haz de claridad que iluminó tanta podredumbre, tanta mierda, tanto como se había podrido debajo de los años vividos.
Ahora ella no volvería.
Pensaba en las palabras y en el valor que tienen. Los para siempre que se convertían en nunca más, los avisos que no quiso escuchar, las conversaciones que eludió, las propuestas que deshechó, las ilusiones que perdió y, por encima de ellas, las que hizo perder.
Se reconoce cobarde mientras, inconscientemente, gira la cabeza hacia la habitación de los niños. Incluso en los momentos en que más cercano vio el peligro, los sintió como un seguro, dos rehenes que ella nunca abandonaría, dos vallas electrificadas que nunca se atrevería a saltar.
Y sin embargo lo había hecho.
Ha sido ahora cuando él se ha dado cuenta de su enorme error de cálculo, cuando ha comprendido que nunca tienes todas las posibilidades controladas que siempre hay soluciones diferentes y que éstas se alcanzan cuando se tiene el valor y la fuerza necesarios. Tan necesarios como los que ella tenía.
Y ahora todo están del revés. El control descontrolado, el todo en la nada, el poder en la sumisión, la certeza en la más absoluta duda.
¿Y qué hacer ahora?
La rabia a borbotones le grita venganza. El pueblo sabrá de su indignación, de su abandono, del abandono de sus hijos, del egoísmo de ella. No la saludara, le negará el pan y la sal y cerrará puertas y ventanas con cadenas y candados. ¿Ella se fue? Entonces nada existió, los pasados borrados, lo compartido es suyo, los derechos también, la venganza, plato caliente en cada sobremesa.
Pero el pueblo pequeño también la conoce a ella, y reconoce las verdades y rinde evidencias a las puertas abiertas frente a los muros, a quién se explica frente a quien condena a la hoguera con falsedades. Pero ¿qué saben ellos?
Mira hacia la casa y se le llenan los ojos de todo lo que ella construyó para los dos. Los recuerdos elegidos en cada viaje, los objetos que la imaginación desbordante de su mujer había colocado en el lugar adecuado, las intensidades que llevaba impregnadas en esa personalidad tan disparatada que él nunca había conseguido apreciar. ¿Quién le iba a servir la cerveza fría en aquella jarra alemana que él despreciaba para beber directo en el bote? ¿Quién iba a decorar la mesa en una cena de un miércoles cualquiera? ¿Quién iba a encender unas velas cuando los niños se acostaban? ¿Quién iba a besar su cuello demandando unas caricias que él tacañeaba?
La vida es muy hijadeputa. Tanto que, cuando uno se acomoda, pasa por encima de todas tus anclas, derriba los muros de las prisiones que has construido y, como la ola de un gigantesco tsunami, te deja el corazón lleno de escombros.
Y la necesidad de reconstruir con ellos lo que has de empezar a vivir.
De ti depende ahora elegir si será un palacio o una choza. Si entender o repetir errores, si aprender o rechazar, si comprender o despreciar. En ti está la capacidad reconocerte en la verdad o mantenerte en tu mentira.
Porque ella no volverá, pero habrá alguien, antes o después, que encontrará el camino que lleva a tu puerta, alguien con quién puedas reemprender viaje, alguien con quién descubras un nuevo futuro.
Y para entonces ojalá hayas aprendido que has de mantener viva las ilusiones en cada segundo.
Que sólo el agua que corre permanece cristalina

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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