Desayuno


En mañanas como ésta, ella solía despertar antes del amanecer. Eran los días después de la tormenta y el viento había azotado nuestras vidas como si deseara recordarnos que estamos ocupando un lugar que no nos pertenece, como reclamando su reino a unos vasallos que, rebeldes, han ocupado los espacios qué le nunca cedió.

-¿desayuno en la playa?-

Decía ella con ese tono saltarín que tiene cuando algo le apetece mucho y no quiere un no por respuesta. Entonces yo, dando media vuelta la cama, digo un -Vale- perezoso mientras me doy media vuelta con gesto de dormir un poco más.

El vaivén de los muelles de mi viejo colchón me chiva que ella se está levantando y camina hacia la cocina. Yo sé lo que eso significa y, mientras me levanto resignado, comienzo a escuchar los sonidos que reconozco. El desenroscar de la cafetera para echar los restos de último café y calentar uno nuevo, las tazas de porcelana, los platos, cucharillas y cubiertos que se van colocando ordenadamente en el capazo de esparto. Para entonces, mi cara de sueño llega hasta su cuello, y un primer beso pregunta

-¿dónde quieres ir?-

Ella está contenta y disfruta con los preparativos. Esa felicidad cristalina de la primera hora es tan contagiosa, que limpia las telarañas de mis párpados y me hce sonreir.

-Una de esas largas  playas de tu pueblo, será un buen lugar para desayunar-

Los preparativos siguen. Bizcocho de chocolate que ella mismo preparó ayer, pan tostado, botecitos con mermelada de naranja y de fresas que hizo hace unos días, en una tarde que pintaba aburrida y que luego repartió por amigos y familia

-le llevé un bote a tu madre- dijo mientras se burlaba de mi cara de fastidio.

el café ya salía a borbotones mientas lo apartaba del fuego y acercaba la tetera. Un buen té del color elegido, verde, rojo, blanco, con los aromas de frutas y esencias, canela, hierbabuena, naranja, menta…. había que probar la última recomendación de  la tienda donde cada compra era un mitin de nuevas infusiones cada vez más complicadas.

El capazo lleno de un desayuno completo en el que no falta el queso y las lonchas de fiambre, se encamina con nuestros pasos hacia el coche. Apenas clarea el alba cuando abrimos la puerta de la calle y arrancamos el motor. Conduzco en silencio hacia el mar, en dirección Este, lo que dibuja frente a nosotros un cielo que por minutos, se va tornando del violeta al rojizo cuando el alba clarea anunciando la salida del Sol. Una música ténue nos envuelve y ella en algún momento se recuesta sobre mi hombro eligiendo un suspiro que declara sus recuerdos. Me llega esa sensación de haber encontrado la vida que deseaba, de su satisfacción por la felicidad disfrutada y la confirmación de aquellos deseos, minúsculas aspiraciones, que, antes insatisfechos, ahora colman su vida y la llenan de regocijo.

La playa está solitaria cuando llegamos. Hace frío y un resto de viento desgajado de la tormenta, retrasado de los días anteriores, aún acaricia nuestras caras. Abrigados recorremos a pie el camino de arenaque nos llevará al otro lado de las dunas. Al llegar a la cima, el mar revoltoso se aparece por primera vez. La soledad de dos nos envuelve mientras descendemos hasta la playa encharcada por las olas de ayer. caminamos, en la mano izquierda el capazo con los avíos, en la derecha su mano apretada y caliente. No necesito mirarla para saber que sonríe.

-Este será un buen sitio. Deja el bolso en el suelo y demos un paseo-

Sugiere y acepto.

Nuestros pasos de dirigen a una orilla difusa, dónde las olas, de tanto en tanto invaden la arena y la inundan dejándola blanda y espesa. Nuestras huellas se marcan en ella dejando un sendero de pisadas que convierten la playa virgen en nuestro dominio. Caminamos en dirección al amanecer y ya el día está iluminado. Se han encendido los entorchados de mil reflejos en las nubes y todo espera a que el primer destello del astro rojo, salude a sus dos invitados. Con eso basta para que ella tome mis mejillas con sus frías manos y me bese un beso, tan cálido e intenso que disuelve todo lo que alguna vez ha existido, que me envuelve en todo lo que existe y que me ofrece todo lo que existirá.

No sólo amanece. Amanece con ella.

El capazo está cubierto con un mantel que desplegamos en la arena, Tazas, platos, cubiertos de metal, recipientes, botes y botellas ocupan su sitio. Los segundos visitantes, ajenos a nosotros, si apenas dirigen una mirada soprendida a nuestra parafernalia. Un desayuno continental a la orilla de un amanecer. Café con satisfacción, tostadas de felicidad, canapés de imaginación y ganas. Y un mar de azules triunfos que acarician nuestros pies con olas que firman los certificados de veracidad. No se puede pedir más. No lo hacemos.

Vencidas las ayunas en el estómago y el espíritu, recogidos sueños y deseos, saludamos al nuevo día y hacemos promesa de regresar.

Volvemos a casa.

Es sábado por la mañana. Y, con todo lo vivido ya, tenemos todo un día por delante para disfrutar.

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Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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