Una película de fantasía


El martes por la tarde no debía ser mala elección. Es un día anodino en el transcurrir de la semana, un tiempo anónimo en el cada cada quién recorre su vida, un lapso ignorado que no deja huella ni despierta interés, un intervalo que no deja recuerdos ni pasados.

Cogidos de la mano llegaron a las puertas del cine y se situaron delante de las carteleras. Nunca habían escogido la peor película y descubrieron que la decisión no era sencilla. No se trataba de elegir la que menos les gustara. Probablemente esa sería la sala que más espectadores tuviera incluso a esa hora de la tarde. Y lo que buscaban era la dificil posibilidad de estar solos. Se preguntaron qué tipo de público podía decidir ir a ver un film a esa hora tan de modorra en la que uno prefiere dormir la siesta o masturbarse en casa antes que ir a llenarse de palomitas y coca-cola en una sala oscura y vacía. Eliminadas las de estreno de esa semana, los superhéroes y las infantiles, encontraron un título de un director polaco que versaba sobre una historia oscura en en Berlín de la caída del muro. No parecía ser de mucho interés, por eso debía ser la elección adecuada.

Dos entradas sin chocolatinas ni bebidas con pajitas. Todo sobraba cuando la más importante era tener las manos libres. Sala 4, al fondo de un largo pasillo que, a medida que lo caminaban, les iba apartando del gentío que se desviaba hacia los otros itinerarios. La llegada a la sala les descubrió un mar azul de butacas vacías en la penumbra aún iluminada de un salón deshabitado. Subieron las escaleras buscando un lugar muy arriba. No esperaban a nadie pero consideraban esa posibilidad y no querían tener espectadores. Encontraron la fila y se situaron en el centro. Desde allí dominaban con comodidad el resto del espacio y, aunque la pantalla estaba lejana, sabían ellos no notarían esa incomodidad. Se sentaron a esperar la oscuridad.

Ella vestía una blusa fina sin mangas con botones. Había dejado sueltos los tres primeros, lo que permitía una visión disimulada de su escote que, mirado desde el lateral, con los plieges de la tela al sentarse aún acrecentaba la profundidad del camino hasta su sujetador. Una falda a media pierna dejaba libre un camino que esa tarde iba a ser recorrido en toda su extensión. No llevaba bragas y eso le proporcionaba esa sensación de libertad y morbo que tanto disfrutaba.

Él se había puesto unos pantalones chinos en los que, a propósito, la bragueta se abría con unos botones grandes y fáciles de soltar. En la sensualidad los detalles son importantes y la cremallera en la entrepierna es un dificil sustituto para la sensualidad. Camisa holgada sin cuello de esas que hacen buena combinación con los faldones por fuera. Todo previsto para que fuera accesible con relativa facilidad.

Los planes empezaron a cambiar cuando vieron entrar a otro perdido espectador en una tarde de cine anodina. Los dos pensaron ¡Mierda! en silencio, aunque ni se miraron ni intercambiaron palabra. Tampoco debía tener mucha importancia porque, situado siete filas más adelante, estaría pendiente de la pantalla y no tendría ninguna necesidad de volver la vista para fijarse en sus compañeros de sesión.

El hombre era de complexión media y unos cuarenta y cinco años, Su atractivo quedaba disimulado por la distancia. Los saludó formalmente con un gesto indefinido al sentarse y ellos respondieron con un leve movimiento de la cabeza. Hechas las formalidades, cada quien volvió a lo suyo.

Fue entonces cuando él decidió cambiarlo todo.

Lentamente inclinó su cabeza sobre el hombro de ella y le susurró al oído

-Quiero que te lo comas a él-

Ella no pareció entenderlo y giró la mirada para verle la cara. Se encontró con que la de él no tenía ninguna duda, así que volvió sus ojos hacia las filas donde aquel tipo estaba situado y empezó a hacer sus cálculos. Fue entonces cuando las luces de la pantalla se apagaron.

Transcurrieron los primeros minutos de la película y ninguno de los dos hizo ningún gesto. Los dos esperaban. Él no sabía aún cuál era la decisión de ella. Si pasar por alto su petición y empezar con lo que tenían previsto o si, enfadada, se levantaría y se iría. Eso fue lo que hizo.

La contempló mientras bajaba las escaleras en la oscuridad iluminada por la luz de la pantalla y la miró mientras se alejaba. Fue cuando estuvo a la altura de la fila del extraño espectador cuando sonrió al descubrir que ella desviaba su camino por las butacas en esa dirección. La vio sentarse al lado del hombre y el gesto inesperado de él la girarse y descubrirla a su lado. Ahora estaban sentados juntos.

Ella se sentó a su lado y permaneció en silencio. Lentamente, movió su mano sobre el reposabrazos y encontró el brazo del desconocido. Un brazo firme y fuerte que le resultó muy agradable. Sin preguntar nada, tiró de él y lo acercó a su pecho. Sintió el contacto inesperado y el hombre empezó a entender la oportunidad que se le había presentado.

La mano no tardó en entender lo que se esperaba de ella. Lentamente empezó a restregar la teta y el pezón salío, erecto, disparado a su encuentro. La mujer sintió el placer aparecer desde adentro, como la lava de un volcan, asomando por la punta del pezón. Gimió y comenzó a entregarse. El extraño ya completamente situado se giró para besarla y ella lo evitó con agilidad retirando la cabeza. Su mirada de firmeza no dejaba duda, sólo entregaba su cuerpo, no sus sentimientos. La boca extraña se dirigió entonces hacia su cuello y la nariz sintió los aromas del perfume correctamente dosificado.

La mano comenzó a buscar otros tesoros. La mirada del hombre quiso asegurarse de que seguían solos en la sala y la recorrió en un instante a su alrededor una vez más. Lentamente recorrió pecho, vientre y cintura. Buscaba una joya bajo las faldas y la encontró libre de ropa interior. Brusco, metió dos dedos con fuerza para comprobar lo mojada que estaba. Y lo estaba mucho. Ella dió un salto sobre el asiento y el gemido retumbó en todo el habitáculo. Tanto, que su acompañante, aún sentado en las filas altas, fue perfectamente consciente de lo que estaba pasando.

Los dedos comenzaron un movimiento de mete y saca mientras los besos y mordiscos en el cuellos se sucedían. Ella jadeaba sintiendo crecer su excitación. Cada vez que esos dedos la follaban una bocanada de placer recorría su cuerpo. Su acompañante, desde lejos la veía con la cabeza levantada jadear bocanadas de aire. La imagen del hombre recostado sobre ella no le dejaba dudas de lo que estaba sucediendo. El dedo corazón y el índice salieron de su coño buscando otro objetivo. El clítoris los esperaba grande, erecto, mojado, como un anfitrión deseoso de agasajar a sus invitados. Dos dedos aterrizaron poderosos comenzando un movimiento circular que alternaba la suavidad con un roce fuerte y lento que la volvía loca. La respiración agitada anunciaba lo inevitable, la mano era experta y se manejaba bien, los dejos, puntualmente volvían a penetrarla para recuperar humedad y volvían al centro de placer para arrancarle otro grito ahogado. No pudo soportarlo más. Ella tembló con temblores apasionados. Sus propias manos agarraron al extraño que la hacía gozar y buscando esta vez su cuello mordió con fuerza sin importarle llegar a perforar la piel buscando su sangre. El orgasmo sacudió todo el cine. La película transcurría ajena a todos los espectadores. Ella, lentamente fue recuperándose.

Cuando se tranquilizó comenzó la segunda parte. Era de ley corresponder y ella estaba allí para cumplir. Retiró al hombre y se levantó del asiento para agacharse en el suelo. Su hombre, el que aún estaba lejos, la vio desaparecer en las filas de butacas. Justo a la vez, descubrió el gesto de placer del desconocido cuando se abrió su bragueta y su polla se disparó liberada. Las manos de ella la recorrieron para reconocerla. Del tamaño justo más gorda que larga, apropiada para que sus labios la abarcaran en un primer contacto. Sabía a salado y limpio y, mentalmente, agradeció que se hubiera duchado. Reconocido el instrumento, la lengua tomo la dirección. Lentamente arriba y abajo, toda ella extendida recorrió el pene para humedecerlo. Una, dos, tres veces. Lo sintió duro y palpitante, tal y como ella lo deseaba. Vuelta a la punta para saborear el glande ya muy mojado. Los labios lo rodearon. Ella sabía lo que quería. Cinco movimientos de ida y vuelta. Uno, entró la punta. Dos, se comió el glande. Tres, un tercio de verga le hizo saborear la dulzura. Cuatro el falo encontró el tope de su garganta y le hizo controlar la arcada. Cinco, los labios tropezaron con los testículos y la polla abrió su laringe para sentirse aprisionada por la abertura. Sosteniendo la arcada la mantuvo allí, sin capacidad de respirar y sintiendo el grito del hombre sorprendido y atacado por un placer que no conocía. las manos del extraño agarraron con fuerza su cuello y empujo la cintura como si quisiera llegar hasta su estómago. Tan fuerte que ella tuvo que utilizar todo su esfuerzo para soltarse y emanar una bocanada de aire que la librara de su asfixia. Volvió a repetir el juego  sintiendo que era la dueña de todo, que aquella herramienta estaba rendida a sus intenciones.  Ahora había que terminar, arriba y abajo, adentro y afuera, la intensidad y la velocidad aumentaban. El extraño acompasaba su cintura como follándole la boca, sexo oral en su intensidad elegida. Ella también se sentía mojada, empapada, estaba a punto de correrse aunque nadie la tocara. Se comía la polla como si estuvieran follándola, pero estaba empezando a echar de menos sentir un trozo caliente de carne enterrado en su coño.

Fue como si hubiera pedido un deseo al genio de la lámpara. mientras engullía una vez más la polla del visitante buscando que se corriera por fin, notó como su falda se levantaba y su culo sentía el frescor de la desnudez. La polla que atravesó sus labios mayores y se enterró en su vagina hubiera sido reconocida hasta en el fin del mundo. La oleada de placer y el empujón hicieron que su garganta se clavara de nuevo en la verga que se estaba comiendo. Se sintió emparedada de placer y se dejó hacer. Dos hombres empujando desde dos extremos de su cuerpo. Todo estaba a full. Tres excitaciones en busca de un final, movimientos descoordinados y ya salvajes, empellones buscando una corrida salvaje que ya estaba suficientemente cocinada. Casi a la vez su coño se inundó y su boca se llenó. Casi a la vez dos gritos de placer con voces diferentes, casi a la vez se corrió de tal forma que nunca en sus vidas posteriores conseguiría olvidarlo. Casi a la vez se derribaron sobre los asientos desfallecidos y agitados.

Apenas si recuerdan nada más. Ellos dos abandonaron el patio de butacas sin esperar a que la película terminara. El extraño quedó allí sentado. No se preguntaron qué pensaría. Le habían regalado un presente inesperado y no querían pensar más en ello. Había sido un mero instrumento para sus fantasías. Cogidos de la mano, abandonaron el cine con las ropas arrugadas y en silencio.

-¿te ha gustado la película?- susurró él.

– Tiene buen argumento y los actores han estado bien en su papel. Pero el guión necesita un buen repaso-

-Le daremos una segunda lectura para corregir detalles- aceptó él.

Y se besaron con intensidad y pasión, entregando las lenguas en un juego de arrebato que nacía de sus propios deseos.

Habían encontrado un camino que enganchaba sus deseos perversos con el entusiasmo, la imaginación con la capacidad de hacer real todo aquello que los hiciera felices.

Eso era lo que les había entregado las llaves de su futuro.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s