conduciendo


-¿sabes cuál es el plan de esta noche?-

casi siempre las preguntas de él eran igual de abruptas. Ella ya estaba acostumbrada

-Sabes que lo he dejado todo a tu imaginación- Asumió ella con rapidez, recostandose despreocupádamente en el asiento del coche.

Él apenas giró la cabeza mientras conducía para mirarla de reojo y sonrío

-Es un buen principio-susurró él apretando el acelerador.

Su mano abandonó el volante para posarse suavemente sobre lel muslo. Su dedo se deslizó sobre el camino del buscando respuesta a la primera pregunta de la tarde y la respuesta llegó sin tardanza cuando la seda dejó libre el camino a la piel. Había elegido medias y no panty para vestir sus piernas. El dedo que acariciaba creció hasta convertirse en una mano que, conquistadora, se apoderó de toda la piel con un suave apretón que a ella, mientras miraba distraída por el cristal de la ventanilla, le arrancó el primer suspiro.

sus piernas se abrieron lentamente y él percibió el gesto .

La carretera era recta y el tráfico fluido. Adelante, había distancia suficiente para evitar sobresaltos. Pensó en el coche de atrás y miró por el espejo retrovisor. La lentitud de su marcha lo acercaba suficientemente como para que los pudieran ver con claridad.

-te vas a llevar un bonito espectáculo- pensó en dirección a quienes le seguían.

La mano abierta siguíó muslo arriba bajando por la parte interior para llegar al lugar dónde esperaba tela y dónde no había nada.

Sólo había humedad.

Ahora ella gimió.

Y abrió de par en par las puertas de sus piernas mientras tiraba hacia arriba de los pliegues de su falda.

Él mantenía la mirada en la carretera, pero ahora la que veía era su mano. Se movía con calidez en un dibujo en uve. Como una montaña rusa que bajaba por la izquierda, hasta llegar al vértice y, casi sin detenerse, continuaba hacia la derecha alejándose de nuevo. Luego retomaba el mismo camino a la inversa. La veía sin mirarla, las piernas desparramadas en el habitáculo y la cabeza recostada sobre el asiento con los ojos entrecerrados.

Porque ella también había decidido que fuera su piel la que mirara.

Cada paso fugaz encendía un punto el horno que bullía entre sus piernas. Con cada roce de esos dedos viajeros, sus labios húmedos se adelantaban buscando atraparlos, llamandolos con apremio para que se detuvieran, persiguiéndolos cuando se alejaban con un movimiento adelante de su vientre, esperandolos en su nuevo trayecto de vuelta.

Y por fin llegaron para quedarse

La mano izquierda de él apretó fuerte el volante para controlar el coche cuando la mano derecha se estremeció al detenerse sobre el punto erecto, delicado y suave, de su clítoris.

El gemido de ella, esta vez, llegó nítido a los oídos rebotando en cada rincón de la cabina

El camino ahora se convirtió en un espaciado círculo. quizá a veces una espiral que abría y cerraba el recorrido a veces en un sólo punto, otras abarcadolo  todo.

Pero también existían las líneas rectas.

Y ellas se desplazaban labios abajo buscando la fuente de ese rocío que fluía desde el interior. Los labios mayores, dejaron paso a sus hermanos menores. Dos dedos llamaron a la puerta.

Y en esa puerta los estaban esperando

Fue ella la que empujó con fuerza, fue ella la que se penetró, fue ella la que deseaba ser follada.

Él solo tubo que seguirla.

Su vientre, se llenó y ella lo quiso todo. El culo se despegó del asiento buscando el más adentro todavía. Él puso toda su fuerza en su mano para mantener la presión. Ella empujaba con golpes cortos y secos, con recorridos bruscos y potentes. uno, dos tres cuatro …..

El orgasmo convitió su coño en una fuente de flujo, en una explosión de líquido que envolvíó la mano y se llevó toda la fuerza del cuerpo de ella, derribándola, derrengada sobre el sillón del coche. Los dedos la acompañaron en su derrumbe y ella los apretó fuerte para seguir sintiéndolos mientras la intensidad la abandonaba. La boca abierta y jadeante, el pecho cabalgando arriba y abajo al ritmo de su respiración.

Él sacó los dedos lentamente y retiró la mano mientras seguía conduciendo.

-Algún día nos mataremos- gimió ella.

Por toda respuesta él se llevó los dedos a la boca y bebió del nectar de su placer.

La noche acababa de comenzar

 

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Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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