Permanencias y novedades


No caemos en la cuenta de cómo funcionan nuestros sentidos.
Si pensamos en el olfato, detectamos los olores cuando llegan por primera vez, nos deleitamos con un perfume, con el aroma de la flor o percibimos una esencia fétida tan sólo cuando nos llega la primera bocanada. Luego, las mucosas de la nariz se saturan y dejan de ser sensibles a lo que permanece. Es una ventaja, ya que nos permite prestar atención a los nuevos aromas que, de otra manera permanecerían escondidos detrás de los antiguos.
Si es la vista lo que nos ocupa, acapara nuestra atención aquello que se mueve, lo que cambia, eso que aparece o desaparece ante nuestros ojos. Apenas nos fijamos en la figura que siempre ha presidido nuestro salón, o en la fotografía permanente de un ser querido en la misma pared, pasaríamos cien veces por su lado y sólo repararíamos el día en que nos sorprenda su ausencia.
Cualquier sonido por rotundo o intenso que sea desaparece de nuestra atención cuando es repetitivo y constante, nuestros oídos sólo detectan el susurro permanente cuando se apaga y deja paso a un silencio distinto al que hasta entonces habíamos percibido.
Y así todo es percibido cuando se modifica y se diluye cuando es constante.

Quizá sea por eso que en el amor sucede lo mismo. Puede que sea por eso que dejamos de ver aquello que permanece constante a nuestro lado y percibimos intensidades en aquello que aparece como novedad en nuestras vidas. Quizá por eso, nos olvidemos de lo que nos ha gustado, porque sigue siendo igual cada mañana, tarde y noche, y nos apetezca más una mañana, una tarde y una noche novedosa de la que seremos plenamente conscientes. Adoramos la sorpresa, vivimos en la novedad, modificamos colores, sabores, olores, sonidos y tantos sólo por sentirnos nuevos en medio de la uniformidad. Vivimos sabiendo que lo único que es constante es el cambio.

Quizá en lo único en lo que nos equivocamos es en pensar que la novedad siempre está en otra persona, en cambiar pieles y miradas, en empezar una aventura en un nuevo lugar, un nuevo tiempo y otras palabras. Quizá no hemos pensado que dos seres humanos, los mismos, pueden ser distintos cada día, cada hora, cada segundo. Puede que no hayamos sido capaces de disfrutar de la diversidad que podemos ofrecer y nos puede ofrecer esa misma persona que, sin embargo es una diferente cada día y que cada mañana espera que le presentemos un planteamiento distinto.
Habrá quién confunda los términos o considere que es un esfuerzo agotador, incluso quien se reivindique como árbol de hoja peremne.

Y eso está bien y es respetable, siempre que acepte el riesgo de que el aburrimiento y la monotonía se instale para siempre y pudra todas las ilusiones

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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