El portal


La acompañó paseando de vuelta a casa. Caminaban uno junto al otro con paso lento mientras mantenían una conversación desinteresada. No había un tema concreto ni un asunto de interés en aquél regreso, sólo llenar el aire con palabras mientras los pensamientos volaban en secreto en otras direcciones más inconfesables.

Se estaba excitando mientras caminaba. Sentía su erección chocar contra los botones de la bragueta de su pantalón. Su polla comenzaba a sentirse incómoda encerrada en la carcel de sus calzoncillos y él sentía los borbotones de sangre que hinchaban su pene por momentos.

Esta mujer siempre le provocaba lo mismo.

Disimuladamente agachó la mirada sobre el presumible bulto del pantalón. Agradeció la soledad de las calles en esas altas horas de la madrugada, porque estaba seguro de que cualquiera que se hubiera cruzado con ellos habría diigido la mirada a la entrepierna para fijarse en aquello que comenzaba a marcarse sin reparos. Al levantar la vista, giró lentamente la cabeza hacia ella. Le parecía imposible que no se diera cuenta, que pudiera mantenerse ajena y siguiera con aquel discurso que él ya hacía rato que no conseguía escuchar.

Bajó la mano al girar la oscuridad de la última esquina y procuró aliviar un punto la presión de la ropa sobre el glande a la vez que una oleada de placer le recorria de abajo a arriba cada por de su piel. Si nada lo remediaba, iba a tener que masturbarse cuando regresaba a casa. Igual que cada vez que había tenido una cita con ella.

Se sentía incapaz de decirle cuan grande era su deseo de follarla.

Cuando llegaron al portal de la casa de ella, la conversación terminó, pero la erección continuaba dando aldabonazos, llamando a su satisfacción, como si fuera un ente independiente rebelado, clamando por sus derechos desatendidos. Ella, se dió media vuelta para iniciar la despedida cordial.

-Bueno. Ya hemos llegado-

-Sí….-

-Ha sido una veladad muy agradable. Como siempre-

-Sí, Yo también he disfrutado mucho-

-Venga. Dame dos besos-…

Y cuando él se inciinó sobre su mejilla, fue cuando ella giró el rostro y le ofreció sus labios. El beso lo pilló por sorpresa, tanto más porque le habían tomado, también la iniciativa. La boca de ella se abrió como el cáliz de una flor, la lengua busco perforar sus labios y seguir más adentro. El beso se hizo, grande, envolvente, interminable, como sacando de la nada nuevos humores y diferentes sabores. Apasionado, sensual, apetente, un iris de sensaciones en diferentes tonos de un placer inesperado.

Fue entonces cuando sintió la mano apretando la polla.

-¡Cuánto tiempo he deseado tenerla!-

La apretó fuerte agarrando con todos los dedos el pantalón. Empezó a masajearla de arriba a abajo llenándolo de un placer desmedido. No acertaba a creer que aquello era posible, pero también sabía que no iba a hacer nada por detenerlo. Más bien al contrario. Todas las barreras habían saltado y la calle desierta levantaba muros que dejaban afuera al resto del mundo.

Menos a la vecina del primer piso del edificio de enfrente.

Ella le susurró al oído:

-la vecina está asomada al balcón y nos mira. Ven, vamos adentro del portal-

Él se colocó detrás mientras ella se inclinaba para introducir la llave en la cerradura. La puerta se abrió con facilidad y, ella, lo atrajo cogiendo su mano al interior, mientras volvía a cerrar la puerta.

Fue ese minuto de pausa el que le devolvió el gobierno de la situación. Por eso, ahora fue él quien se acercó a devorarla a besos, a comerle los labios mientras sus manos invadían sus pechos buscando la erección de los pezones. Seguía besándola cuando deslizo abajo su brazo para levantar una tenue falda de vuelo y meter dos dedos entre sus bragas.

-Estás chorreando-

Y sin dejarla responder, se incorporó y, tomándola de los hombros, le dio la vuelta sobre la pared, haciendo que apoyara sus manos sobre ella y empinara el culo a su altura.

Fue rápido en desabrochar dos botones, suficientes para que su polla saltara buscando la libertad. Salió apuntando recto, en dirección a un coño tan deseado como ansioso. Con dos dedos apartó el tanga a un lado y la introdujo de un empujón lento, pero contínuo. El pene entró empapado en un mar de flujo que lo envolvieron y lubricaron. No era tiempo de sutilezas ni dulzuras, no eran momentos de caricias o ternuras, Más fuerza, más empujones, más rapidez en las embestidas. Ella sostenida sobre las palmas de las manos, manteniendose para no ceder contra la pared en cada golpe de cintura.  Agarrada por la cintura su ingle chocaba contra el culo de ella. El placer era infinito, cada vez mayor, cada vez más vivo, agudo, revolucionando sus puntos más internos de placer.

Follaron como amantes furtivos, y descubrieron el placer del riesgo a ser descubierto. El semen inundó sus prisas llenándolos de gritos ahogados entre dientes apretados y labios sellados. Fueron los gemidos del silencio.

Lentamente, ahora sí, se separaron y arreglaron sus ropas. Se miraron y eligieron despedirse sin palabras, con tan solo un abrazo y un largo beso. Luego tomaron direcciones opuestas, hacial el ascensor ella, a la calle él.

Abrió la puerta mirando desafiante a la vecina. Hubiera querido gritarle lo que acababa de suceder, pero quedó tan sólo en una sornisa descarada y un gesto leve con la mano.

Haber tenido que esperar cincuenta años para follar como dos adolescentes en el portal de casa.

Ciertamente, se sentía rejuvenecido.

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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