La princesa M.


El modo en como la vida me acercó a M se asemeja al recorrido de la bola de marfil en que busca de una carambola a tres bandas. En realidad yo nunca apunté directamente a ella. Era un tiempo de recorridos inconexos, de días a saltos, de oportunidades aprovechadas y vidas que se encuentran en una esquina que nunca llegaría a ser un cruce de caminos.

Hacía meses que A. era mi amante. Una de esas mujeres que se juramenta sobre las reglas pactadas pero no escritas y que, a escondidas, reescribe la letra pequeña del contrato de acuerdo a sus necesidades. Eramos libres y discontínuos. Planeábamos tardes inconexas que ni siquiera se planteaban noches y amaneceres, aunque ocurrieran en numerosas ocasiones. Sabía que me compartía y, aunque sabiéndolo, quiso probar las amargas mieles de los hechos consumados. Fue por eso que envió a M. a buscarme. A M. y a todas las demás amigas,  a jugar un juego de espionaje del que ya conocía el resultado y del que nunca pudo imaginar las consecuencias.

M.apareció una tarde en mi pantalla de chat y se presentó como la Viuda de Negro. Era una presunta desconocida más que se prestaba al juego de una pantalla de ordenador. Yo, por supuesto, acepté el reto y comenzamos a buscarnos. Sólo había una diferencia: M. era una mujer casada.

Los juegos de chat son “comme l’auberge espagnole, on y trouve que ce que chacun y apporte” (como la posada española. Encontramos lo que cada uno llevamos). Así, pues, un hábil conversador es capaz de desnudar almas atascadas de ropajes que aportan actitudes y comportamientos de personas opuestas a las que son. Siempre era divertido hablar con mujeres que chateaban y eran “felizmente casadas”, porque sus contradicciones son tan evidentes como sus ganas de salir del armario. M. pronto descubrió que yo era capaz de ser “infiel” a A. a poco que me lo propusieran, pero para cuando ya tenía la certeza, ese asunto había dejado de interesarle. Ahora era ella la que me buscaba en su propio interés, con su disfrute personal. Aquellas conversaciones, la llenaban de visiones diferentes, los problemas se abrían como melones, enseñaban sus rojos más sangrientos y sus podridas tripas tomaban contacto con el aire limpio que las refrescaba y anestesiaba sus dolores.

Y las palabras dejaron paso a los hechos. Recuerdo aquel aparcamiento de un centro comercial que nos citó la primera vez durante cinco minutos. Esperé poco rato a que apareciera aquél coche rojo con el que venía recién salida de su trabajo. Llegaba con los minutos contados, con el estrecho margen de quien durante toda su vida ha ido del trabajo a casa con los horarios controlados. No había más, pero fue suficiente para dos besos y un abrazo. No había más, pero lo habría Y yo no tenía prisa saber qué es lo que nos encontraríamos en aquel camino.

Fueron las conversaciones las que abrieron su camino, fueron las caricias las que hicieron realidad las teorías, fueron las valentías que llenaron de piedras blancas su camino de futuro. Y las conversaciones abrieron la puerta a las atracciones. Y las caricias buscaron un lugar común para compartirse. Y las valentías dieron los pasos decisivos que nos llevaron a aquella casa prestada, a la habitación dejada, a las sabanas con coartada de cine con amigas.

Así empezó la pareja que fue un trío, porque A. no había desaparecido. Y quizá ese fue el empiece de un camino desconocido. Y cuando A. me buscaba para cenar, telegrafiaba a M. sus intenciones y ella, discreta y cuidadora de su amiga, apretaba en su puño un silencio de agujas que se clavaban hasta sangrar. Y cuando por la mañana, A. se vanagloriaba de su autoengaño, M. bordaba su boca con una sonrisa de vehemencia y el mismo disimulo cuyos alfileres habián crecido en una noche larga de añoranza de esas caricias que debían haber estado en su cama y no en la de su amiga.

Creo que fue cuando empecé a entender que yo era un hijo de puta.

La vida sigue y nosotros viajamos irremediablemente con ella. Lo verdadero sobrevive a lo ficticio y fue por ello que A. desapareció disolviendose en los días en los que M. crecía. Creo que M. llegó a enamorarse. Con ese amor que se siente cuando sabes que no puedes tenerlo. Con ese goteo interminable de noquierovolveraverlo que se escapa del grifo del deseo callado, con esa ansia de recuperar lo que durante tantos años ha deseado tener y le ha sido esquivo. Tan imposible de soltar que sólo la verdad más abrupta pudo apagar ese fuego

Y eso fue cuando yo me enamoré de otra

La vida sigue y nosotros viajamos irremediablemente con ella. El resto fueron intermitencias. Y por esas luces y sombras supe de sus dragones y supe de sus mazmorras, conocí de sus momentos de rubia de negro y de sus momentos de rubia de bote. Corrió como los niños juegan al tejo, palante y patrás. Voló con alas de vuelo bajo en jaulas de plástico dorado donde le prometieron paraisos en dosis de alpiste de supervivencia. Coronó su corazón de falta de atención y su cabeza se definió como vikinga no sólo por el color de su pelo.

Siempre me pregunté si aprendería algún día a ser feliz. Y me lo volví a preguntar cuando me dijo que tenía un novio nacido en la montaña. Esos han sido los momentos más duros. Aquellos en los que yo rezaba por no tener razón, por no saber lo que sabía a ciencia cierta, por que, por una vez, sumar dos más dos no diera el resultado de siempre. Fueron cinco años de sumar cuatro y restregarse los ojos con un cinco pintado de lágrimas. Mierda de amor en una mierda de montaña. Más dragones y más mazmorras vestidos de palomas y palacios. Hasta que al final llego el final que Sabina había predicho.

La conocí bordeando los cuarenta, Dentro de nada hara una decena de años. Sigue teniendo los ojos azules más tristes que he conocido y la misma capacidad para confiar en los demás todo lo que no confía en ella misma, la misma pasión como hija y la misma hija como pasión, igual capacidad para confiar en los demás que para no confiar en ella misma.

Quiero creer que algún día la vida le devolverá lo que le debe. Y creo que no lo ha hecho todavía porque, en realidad, ella no sabría qué hacer con semejante tesoro.

Sigue siendo una princesa de cuentos de niños. En realidad. Nunca quiso dejar de serlo.

Y yo sólo quiero que aprenda a ser una Reina

 

 

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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