Menstruación


El hecho de estar casado no suponía para él más allá de una mera condición social. No afectaba a sus actuaciones y mucho menos sus deseos y pasiones. Encontrar fuera no suponía echar en falta lo que no tenía en casa. Gozaba de un matrimonio feliz, con una vida amorosa plena, enamorado hasta las trancas de una mujer inteligente, guapa y que no tenía malas maneras con el sexo. Y sin embargo, gozaba de un elenco de amistades femeninas con las que podía satisfacer experiencias frescas y variadas, incluso incluir probaturas antes de llevarlas a la cama matrimonial.

F. era una de ellas. Antigua y permanente amiga de quien la vida lo había separdo tras una bonita relación en la que ambos crecieron y aprendieron mucho. Sinceros e intensos, habían descubiertos en aquel periodo antiguo de amor, que se compenetraban bien en la cama yí que el nivel de descubrimiento de intensidades se había incrementado en ambos. Con ella él había descubierto que el sexo era comunicación y que la diferencia entre un orgasmo con un desconocido y otro con un amigo era la intensidad que provoca la conexión emocional entre ambos. Comer un coño, meter la polla hasta las entrañas a una u otra velocidad, con una u otra fuerza no es plenamente satisfactorio si no sabes con quién estás y lo que espera de ti.

Aunque hacía tiempo que no se veían y aunque F. se sintió enfadada cuando él la informó de que se iba a casar, el deseo mútuo seguía latente y el intercambio de mensajes aún era provocador. El intercambio de fotografías, el recuento de las imaginadas escenas, la invención de futuros encuentros llenaba sus teléfonos de sexo incompleto y deseo derramado. Él incluso a veces había puesto el coño de ella en su imaginación mientras follaba a su esposa con empuje y fuerzas un punto más intensas.

Deseaban ese encuentro.

Los horarios de un hombre casado son muy limitados. Salvo que dispongas de una profesión liberal con horarios flexibles o un hobby que te aleje unas horas de casa, no es posible justificar ausencias. Decir que vuelves tarde cuando tienes horario de oficina, siempre conlleva un por qué. Las coartadas son fáciles de desmontar cuando hay una persona inteligente que conoce el mundo en el que vive. Y la mujer de él lo conocía a la perfección. Pero él no dejaba que en su vida cupieran deseos sin cumplir. Lo posible sólo es cuestión de una búsqueda activa del momento y una decisión firme de acometerlo. Y él tenía de sobra de ambas.

Fue una mañana la acordada. F. tenía libre la casa hasta primera hora de la tarde en que volvía su hijo de unos días fuera. Él había pedido una mañana libre en el trabajo sin haberlo comunicado en casa. Su esposa nunca había llamado a la faena y allí tenían cómo localizarlo si surgía un imprevisto sin tener que llamar a casa. De hecho en el trabajo no tenían el teléfono del domicilio.

Recordaba perfectamente la forma de llegar a casa de F. Un apartamento en las afueras de su ciudad. Aparcó sin problemas y sonrió al volver a pisar aquel portal. Al sonido del timbre respondió directamente el interruptor de la puerta. Era claro quien llegaba. No hacía falta preguntar.

F. Abrio la puerta vestida con un albornoz de baño. No dijo nada y sólo sonrió y se apartó a un lado. Él dio dos pasos para entrar y cerrar la puerta, pero no siguió adelante. se giró para atraparla contra la pared y estrelló sus labios en los de ella para comerse toda las ganas que había acumulado hasta ese momento. Los besos de ella correspondían en la misma medida y se desplazaban desde la boca a la mejilla y desde allí al cuello para volver a la boca. Las incontroladas manos de él comenzaron a recorrer su cuerpo, tantearon el cinturón del albornoz y, de un tirón seco, deshicieron el nudo.

-Tengo la regla- Susurró ella

Él no supo por qué lo decía, Ella sabía de sobra que eso a él nunca le había importado. No había sido la primera vez que se comía un coño húmedo y rojo o metía la polla aprovechando la lubricación de la menstruación. De hecho le provocaba más excitación si cabe. Desde los tiempos de su primer matrimonio en los que no usaba ningún tipo de anticonceptivo y la falta de apetito sexual de su mujer hacía innecesario cualquier prevención, se acostumbró a que tocara follar cuando era menos probable que quedara embarazada. Y eso contemplaba el periodo de sangrado. Así pues en muchas ocasiones había tenido la polla manchada de sangre, había probado su sabor mientras lamía un clítoris ansioso y había cambiado sábanas que parecían la mortaja de un asesinado a puñaladas. De hecho, era más que nada un problema convencer a la amante de turno de que no sintiera asco ni pudor cuando él metía la cabeza entre sus piernas. Descubríó ese pudor femenino incomprensible en tanto para ellas no suponía nada más que sentir placer y era él quien, en todo caso, se impregnaba de fluidos.

Olvidando el comentario, bajó la mano a las bragas mientras restregaba su vientre sobre el de ella y la besaba metiendo la lengua más adentro. Sentía los pezones duros y erectos chocar sobre su camisa y su polla hincharse dentro del pantalón pegada al vientre que lo reclamaba.

-Ven, vamos a ponernos cómodos- requiríó F.

y con un leve empujón lo apartó para iniciar el camino hasta la habitación. Él ansioso dejó las sutilezas para otro momento y comenzó a desabotonar la camisa, aflojó su cinturón y bajó sus pantalones dejando que su erección marcara la dirección en que seguía el culo desnudo de ella. Al atravesar la puerta del dormitorio F se sentó en la cama y él dejó toda la ropa tirada al descuido en el pasillo. Se acercó con la verga apuntando a la cara y la metíó lentamente en la boca. Sintió como una ola de placer recorría todo su cuerpo desde el vientre a la cabeza. Lentamente la fue metiendo toda hasta chocar con la garganta. La sacó un poco para dejarla respirar y sentir como la lengua se enroscaba en ella. Así, lentamente, con todo el detalle del mundo, empezó a follar su boca. A cada embestida su pene crecía, se ponía más duro y llegaba más adentro. No tardaron en llegar las primeras arcadas y, eso le hizo moderar su apremio.

Pero tenía ganas de más y la posición le favorecía. Sacó la polla de la boca y la sustituyó con un beso. Lentamente y empujando sobre los hombros dejó que ella se recostara en el colchón sobre su espalda. Con sus brazos, levantó las piernas y las colocó sobre los hombros, sujetó la polla con la mano y comenzó a pasearla por el coño de ella que ya comenzaba a morder sus labios por el placer sentido. En un último roce, dejó la punta apretando la entrada de la vagina y empujó lento y sin pausa.

Hasta el fondo

F. suspiró en un primer orgasmo con tan sólo sentir que la polla tocaba su útero. Él recordaba perfectamente su comportamiento y sabía que aún quedaba para llegar al climax. Acaban de comenzar y no había prisa. Empezó a bombear despacio, dejando que sus venas rozaran cada milímetro de la pared de una vagina completamente empapada. Entrar salir, volver a hacerlo y con cada empuje aumentar la velocidad. El choque de vientres comenzó a sonar como a pisadas sobre los charcos y el segundo orgasmo de ella llegó agarrándo las sábanas con los puños crispados y girando la cabeza en un grito imposible de retener.

Era el momento de darle la vuelta y ponerla mirando al colchón. las piernas recogidas, las rodillas en el suelo. El agujero trasero presentando su propuesta para la indecencia. No hizo falta lubricar. Los fluidos de la vagina ya habían dejado la verga suficientemente mojada. Apretó sobre el ano que no mostró resistencia y fue entrando poco a poco. Ahora el placer para él fue tan intenso que súbitamente deseo correrse allí adentro. La fue metiendo despacito para ahormar el agujero y cuando llegó al fondo y se perdió todo ápice de dolor, dejó que le invadiera todo el deseo acumulado durante tanto tiempo. Cada empujón era un grito, cada penetración F. gritaba que se corría y eso lo encendía a él un poco más.

¡-Fóllame!¡Rómpeme!¡No pares que me corro!-

Ella gritaba ya con desesperación y él no quería que se corriera sola, su cintura ya parecía un muelle y no quería parar hasta que todo su semen llenara ese culo. Fue cuando ella empezó a correrse de nuevo cuando él sintió que llegaba el suyo. Uno, dos, tres empujones y todo se llenó de un intenso espasmo, de un escalofrío que lo envolvió y que parecia escaparse por su polla intestino adentro. La enterró hasta el fondo y se dejó caer sobre su espalda

-¡Diosssssss!

Permanecieron así, jadeando e inertes encima el uno de la otra, mientras recuperaban las fuerzas. Él aprovechó para acariciar un pelo corto frondoso y negro y ella con una media sonrisa agradeció con los ojos cerrados.

-sigues follando bien, cabron-

-Y tú me sigues poniendo igual de caliente.Pero esto no ha terminado todavía-

Se incorporó con lentitud y sintió como la flacidez de su polla salía lentamente del agujero que la contenía. Se puso de nuevo de pie y volvió a darle la vuelta al cuerpo de ella. Ahora tocaba mirar al techo. Se arrodiló delante y separó las rodillas. Allí había una mata de pelos enamarañados, pegados a mechones con la sangre y el flujo. En medio de todo unos labios brillantes y aún muy húmedos. Acercó su cabeza y besó.

F. dio un respingo y se incorporó de pronto sentándose sobre la cama. Al chocar la lengua sobre su clítoris todo el cuerpo se había encendido de nuevo. Sentía cada trayecto de la boca sobre su coño de abajo a arriba y terminar en el botón que la llevaba al cielo. Con la excitación que tenía y tres orgasmos previos, ya no tenía límite, ya no tenía espera todo era subir…. subir… subir……

Fue entonces cuando lo empapó todo.

Borbotones de flujo, ríos de agua mezclada con sangre, una catarata sobre la cara de él que no se apartó sin embargo. Un pulso, otro pulso, otro, otro, las convulsiones de F ya eran ya incontrolabes y, con ellas, las pulsaciones de humedad que caían sobre el colchón sobre el suelo y sobre la cara divertida de él que todavía se recreaba en los últimos lametazos.

Se levantó del suelo y se tiró de espaldas junto a ella. Silencio de jadeos intentando recuperar la respiración.

-¡Ostia, puta. Ya no me acordaba de esto!

Se cogieron las manos y apretaron fuerte. El sexo con pasión siempre es más sexo. Sobre todo después de terminar.

-Tengo que irme, susurró él. No tengo mucho más tiempo. No te muevas, descansa, conozco la salida.-

Se levantó  y recogió su ropa del suelo para vestirse. Fue entonces cuando ocurrió el desastre.

Sus pantalones y su camisa estaban manchadas de sangre. Los restregones de los prolegómenos habían impregnado de rojo. -Joder- Todo un mundo de infierno pasó por su mente. No tenía más ropa que en su casa, la que compartía con su mujer. No podía volver allí manchado como iba, y, aunque comprara ropa nueva ¿cómo justificar salir al trabajo con pantalones azules y volver con unos vaqueros….

Con el corazón acelerado se giró y los mostró a F.

-¡Mira!-

La carcajada de ella resonó en toda la casa. Tardó medio segundo en hacerse cargo de la situación

-Pondré la lavadora. Así no te puedes ir-

¿sabes algún hombre lo que dura el programa de una lavadora y el de una secadora? A él no se le olvidaría nunca contemplándose en calzoncillos en el salón fumando un cigarrilo junto a F. Agravaba la situación la prevista llegada del hijo, que no podía suponer el espectáculo que le esperaba si entraba. Los labios consumieron esos dos cigarrillos con presteza.

Aprovecharon para matar la intranquilidad hablando de pasados presentes y futuros. Procuraron evitar el tema del matrimonio de él y se centraron en las respectivas familas que sí conocían. mientras los electrodomésticos borraban las huellas de la infidelidad, ellos se ponían al día de las distancias y las ausencias.

Cuando todo hubo terminado, se despidieron en la puerta con un beso y una sonrisa incómodos y con la sensación de que lo escondido siempre se paga de alguna manera. Él bajó las escaleras mirando y remirando camisa y pantalón, buscando resquicios inadvertidos, manchas resistentes. No dejó de hacerlo incluso mientras conducía.

Cuando llegó a casa y abrió la puerta, no besó a su mujer. Era una mezcla de vergüenza, de culpabilidad y de miedo a que ella oliera el resíduo de lo que acababa de suceder.

-Pareces preocupado cariño-

-No es nada, amor. Tan sólo un día lleno de imprevistos y ganas de volver a la normalidad-

 

 

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

2 comentarios en “Menstruación”

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