La Princesa del Reino del Revés


Ella buscaba el amor como quien busca la Luna en el cielo del Novilunio. Con la impaciencia que produce saber que la primavera ya cumplió su ciclo y el jardín dejó de florecer hace mucho tiempo.

Su vida discurría en el goteo de sus obligaciones y el ascendente vapor de sus plegarias. Entre las dos aguas de sus pasos arrastrados sobre los asfaltos grises y ásperos de la realidad y las rápidas zancadas sobre los senderos que recorrían la umbría en los bosques de sus ilusiones.

Renacía alimentándose del suave deshielo de las nieves que, algún tibio sol, apenas tenía tiempo de fundir antes de volver a huir tras el horizonte. Su ilusión era la de Penélope esperando a un Ulises que nunca pensó en retornar a la isla, Su pasión se vendía en veladas con pase único en donde siempre se proyectaba la misma película.

No era Alicia, ni su espejo había devuelto más que un triste reflejo de su cruel soledad. Buscaba en su manual de hechizos las soluciones a los viejos enigmas de por qué, sus sapos, nunca habían resultado príncipes y ni tan siquiera se quedaban en la charca.

Quizá por eso decidió convertirse en la madrastra, en la reina de la manzana emponzoñada, en la cortadora de cabezas, en el ogro de los pantanos donde se extraviara algún Pulgarcito.

Y abrió sus piernas como trampa mortal, y vendió sus compañias a enanos del bosque, más solitarios y más tristes aún que ella, prometiéndoles una casita de chocolate y caramelo y tazones de leche y miel aunque sus rizos no fueran oro. Llenó de migas de pan el sendero, precediendo los pasos del pobre infeliz con la música hipnotizadora que salía de su flauta.

Y a falta de amor, que fuera el oro lo que luciera en su vida. Y que un Midas cualquiera convirtiera en tesoros todo lo que ella tocara. Y fuera su casa un palacio de cristal donde tejiera un traje invisible con el que su emperador se vistiera sin saber que poco a poco lo iba desnudando.

Pero ella olvida, que hay niños que escuchan los cuentos que les relatan cada noche. Y aunque callan y miran con ojos sorprendidos, piensan y recitan en silencio su moraleja. Y que esos niños, arropados bajo sus sábanas de seda al dormir, saben quien es la mala en el cuento y quien el pobre infeliz que desconoce y sufre mientras se narra la aventura.

Pero lo que la reina mala no sabe, es que, al final de todo cuento, siempre llegan los cazadores y liberan a Caperucito de las garras de una loba vestida de abuelita.

Y el cuento, el de verdad, comenzará a continuación

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

2 comentarios en “La Princesa del Reino del Revés”

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