El fin


-Todos sabemos que vamos a morir- Dijo un médico a un enfermo terminal. -Lo que la mayoría no sabemos es cuándo sucederá-

La vida es eso que tiene un principio, un final y un demasiados asuntos en medio. Un camino que recorremos y del que nos empeñamos en trascender con miles de creencias, fe y viajes intrapersonales y extrauniversales. Pero que se acaba en un minuto de mala suerte, en una cuesta abajo que no elegiste o un deshacerse poco a poco sin que llegues a darte cuenta.

Cuando era pequeño, yo miraba con atención a mi abuela. Ella vivía en un barrio de lo que empezaba a ser una ciudad grande, donde todos se conocían todavía por el apodo, rodeados de personas que habían vivido en el vecindario durante toda su vida y se habían hecho ancianos, junto con ella, con el trato de los que acudían a su tienda de ultramarinos para la compra diaria. Ella vió como uno detrás de otro, sus conocidos iban falleciendo. Mi abuela también formaba parte de una familia de siete hermanos. No era la mayor ni tampoco la más joven. pero también los fue sobreviviendo a todos. A su alrededor, los demás iban muriendo conforme pasaba el tiempo y ella envejecía. Yo la miraba y, en mi mente juvenil, me preguntaba ¿cómo te sientes cuando sabes que se va acercando tu hora?

El tiempo ha ido transcurriendo y hoy soy yo quién ha ido cumpliendo años. Confieso que la muerte, que antes quedaba lejos, ahora se hace más habitual. Empezamos a estar en este tiempo en el que otros, más lejanos o más cercanos, sufren un accidente repentino, son diagnosticados de una grave enfermedad o simplemente caen fulminados por la mala fortuna de un error que fue determinante. No se trata de ser obsesivos con un hecho que no puede ser en modo alguno controlado. No puedes soportar una preocupación o un miedo incesante. Nuestra mente física con su instinto de supervivencia, nos diluye los pensamientos y los aleja. Hasta que un nuevo hecho nos hace tenerlo presente otra vez.

Incluso puede que no nos asuste nuestra propia muerte. Quizá nos consolemos pensando en que, al menos, pueda ser instantánea y sin sufrimiento. Tal vez, seamos más capaces de aceptar que mañana no estemos aquí, pero nos resultará sin duda increiblemente doloroso que eso suceda con alguno de nuestros seres queridos. Pensamos en la persona a la que amamos, ¿qué sucedería si un día nos llamarán para darnos la noticia de su muerte? Pensamos en nuestros hijos. Dicen que estamos preparados para asumir la muerte de nuestros padres pero que nos resultaría insuperable que viéramos morir a uno de nuestros descendientes. Sería un golpe muy duro, que sin embargo no podemos evitar ni prever.

La muerte como fin es algo que pocas personas se plantean. Sería como apagar un interruptor de luz y que ya no hubiera nada. Los que se quedan prefieren pensar que el ser querido habita ahora en otro lugar, en otra dimensión desde donde recoge nuestras ofrendas nuestos pensamientos o plegarias y desde donde nos acompaña y nos ayuda. Los que vivimos, queremos creer que trascendemos más allá de cuando el corazón deja de latir o el cerebro transmite un encefalograma plano. Y, aunque nadie sabe a qué lugar nos dirigimos, ni nadie conoce qué energía mantiene, almas, mentes o espíritus, ni como funcionan o como ven, oyen o se alimentan, pero todos están seguros de que siguen siendo.

Por mucho que nos lo digamos, nadie construye su día como si fuera el último. Más bien al contrario, todos vivimos como si fueramos a ser eternos. Vemos el futuro como quien contempla el horizonte, está allí, sí, pero por mucho que nos acerquemos nunca llegaremos a atraversarlo.

Durante los días en que un acontecimiento me acerca a la muerte de una persona cercana, me resulta imposible soportar la simplicidad de las conversaciones sobre el difunto y sobre la defunción. Tengo la impresión de que más que compartir el dolor, queremos compartir el protagonismo. Organizamos tertulias en donde opinamos si era bueno o malo, si tuvo mala suerte y si ya lo sabíamos todos, sobre la soledad de sus familiares. Nos acercamos a dar el pésame para dejar sentado que estuvimos allí, para que los demás vean que hemos estado, por si alguien nos critica por haber faltado al rito del duelo. Una sesión de pésame a la familia convierte cada saludo en una cuchillada de dolor que se hunde cada vez más en la herida. Doscientas personas queriendo consolar es demasiado consuelo para padres, viudos, o hijos. Y no lo queremos reconocer.

De pequeño, tenía el extraño convencimiento de que moriría de un tiro en la cabeza. No preguntéis por qué, ya que ni siquera entonces tenía una respuesta. Hoy, creo que tengo más posibilidades de morir de otra manera más común. O quizá, al final, eso también sea una sopresa para todos. Realmente ¿cómo lo puedo saber?

Lo que sí sé es que no quiero ninguna ceremonia, ninguna visita, ningún aviso a nadie. Me gustaría ser considerado como un desaparecido, como alguien que se fue y nunca más volvió, de quien se desconoce el paradero o, tal vez, de quien todavía cabe la esperanza de que vuelva. Mi abuelo desapareció en la guerra civil. Nadie tuvo nunca noticias sobre su destino. Cuando mi padre, cuarenta años más tarde, inició los trámites para su declaración oficial de muerte y tuvo que recabar ante el juez, testimonios de quienes, en su día, lo vieron por última vez, descubrió que. quizá, pudo haber embarcado con destino a Sudamerica. Yo, en mi fantasía juvenil, siempre soñé ser nieto de un gran terrateniente en las selvas de Venezuela o Colombia.

Así quiero yo. Y que mis cenizas queden repartidas en cualquier lugar. Tan divididas, que nadie pueda identificar un sitio en el que decir, aquí está él.

Cuando me vaya, sólo quiero ser el mejor recuerdo que alguien haya podido tener

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

3 comentarios en “El fin”

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