Dos copas de realidad


Recuerdo esas noches de lunas abiertas y suaves brisas entre las ramas de las palmeras. Me mente se relaja envuelta en el terciopelo de una velada que empieza con dos copas de gin tonic sobre una mesa que nos separa.y una conversación apagada en la que parece que intentemos que los sentimientos tengan tan sólo el corto recorrido de la distancia que nos une.

Nos citamos a altas horas de una de esas noches en las que tú regresas de una fría aventura y yo arrastro mis pies por las arenas de mis contradicciones.  Es como un encuentro clandestino en el que, para llegar hasta tí, hay que cruzar una puerta que se abre sobre railes desde la distancia, avanzar sobre un pasillo flanqueado por el enemigo que, siempre atento, otea desde las ventanas, y llegar hasta otra cancela que sólo cede ante el empuje de las manos adecuadas. Entonces pensé que era como un refugio, o quizá una carcel. Aunque probablemente fuera ambas cosas. Lugar donde eras libre y aislada. Sitio en el que no podías salir sin ser controlada. Espacio de intimidad y prisión a la vez.

Y luego estaban los espacios abiertos, donde nuestras miradas se perdían para sentir las fuerzas necesarias para hablar de lo que duele. Aquellas luces de la ciudad, lejanas, que parecían estrellas tililando entre la humedad y el frío., Aquellos puntos del cielo despejado que se volvían azules, blancos o rojos según entornabas los ojos en la intensidad de la herida que repasabas.

Recuerdo aquellas noches en las que nos descubrimos y que forjaron una intimidad como forja el acero los martillazos del herrero. Fuego que templa, chispas que revolotean, aire agitado por el fuelle de quienes saben apurar los tragos amargos de una sóla vez.

Por eso, ahora, cuando nuestros problemas no son poesías, ni heridas en el corazón, ni soledades ni abandonos, ni intentos de poner puertas al campo. Cuando nuestro dolor, desasosiego y desconcierto es real y no desaparecerá con dos copas de más. Ahora es cuando hemos de estar juntos, cuando hemos de sacar todas las fuerzas que conseguimos no malgastar y empujar fuerte. Tan fuerte, que podamos darnos el lujo, cuando lleguemos al destino, de mirar atrás y, al mirar el camino recorrido. Podamos sentarnos de nuevo en aquella mesa, servir dos nuevos gin tonics y brindar por esta puta vida que se empeña en ponernos a prueba.

Yo pago las copas

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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