Reacciona


Eres joven y apenas empiezas a despertar a la vida. Todo tu camino ha sido un campo de rosas y cesped cuidado por tus mayores. No conoces los tropiezos ni los sufrimientos, no has tenido necesidad de añorar nada ni de construirlo con tus manos. Vives en castillos, paseas por palacios, vuelas en nubes de algodón prestado que consideras de tu propiedad, navegas en mares calmos sobre un bajel, gobernado por un capitán que conoce las mejores rutas, para que ningún peligro te sorprenda. Vives, en fin, en jaulas de vapor de agua, en el ojo de un huracán que arremolina sus destructores vientos a tu alrededor pero que no se atreve a tocarte. Crees, más bien, que saber manejar tu vida con la facilidad con la que conduces la motocicleta que te regalaron y con la que, sin embargo, alguna vez te empotraste contra un muro, o el monopatín con el que te partiste los labios en otras ocasiones.

Te ves como el clown de los payasos, con tu cara blanca y tu saber estar y no adviertes la nariz roja que llevas puesta ni la tarta que estás a punto de recibir en tu cara. Crees que eres un trapecista realizando volteretas con la protección de la eterna red y no te das cuenta de que trabajas en el funanbulismo caminando sobre un fino alambre encima de la jaula de los leones. Viajas cuesta abajo y crees estar en la montaña rusa que, en la bajada, coge impulso para la subida, y no ves que el curso de la corriente del agua, te lleva hacia las, cercanas ya, cataratas. Crees que tienes un motor para remontar el río y desoyes los gritos desde la orilla que te dicen que es tiempo de tomar los remos. Que hace ya mucho tiempo que lo es.

Eres deportista. y conoces el sabor del descanso en el primer cuarto en el que ya vas perdiendo el partido y en el que sin embargo, la arenga del entrenador os dice que ¡vamos! ¡somos capaces de remontar esto! Frases que pudieron servir de algo pero que te llevan al descanso con una mayor diferencia abajo en marcador. El tercer cuarto todavía peor, lo recuerdas ¿verdad? Y mientras sigues pensando que en el cuarto tiempo conseguirás lo que no has hecho en los tres primeros cuartos, te llevas a la ducha la paliza de tu vida y la decepción de no haber sabido cambiar el juego a tiempo. ¿Recuerdas ese partido?. Sí, seguro que sí.

Y mientras te cuento esto, me sigues diciendo que no me preocupe, que lo tienes todo controlado. Te mientes cuando me mientes, porque a mí no me engañas. Conozco tus debilidades, las entiendo, incluso puede que las viviera con tu misma edad. Pero tú no quieres aceptar que tú te das excusas y yo te digo la verdad. Conozco tus espacios muertos, tus “ya me lo sé” cuando lo único que sabes es que te faltan dos horas más de trabajo. Tus encierros en tu cuarto para escapar de la vigilancia. Vigilancia que no quiero que tengas, porque confío en ti y sé de tus potencialidades y tus fortalezas. Yo las conozco. Tú, todavía no.

Cuando te cuento lo dura que es la vida ahí afuera, no trato de asustarte. Empieza el tiempo de que tú, polluelo, rompas el cascarón que incuban tus padres. El mundo está ahí afuera y, valiéndote por ti mismo pasarás frío y hambre, te preocuparás por no tener lo necesario y descubrirás que las tarjetas de crédito no tienen tapones rellenables. Descubrirás que tus padres son las únicas personas que no te van a comparar con otros ni te dejarán fuera, para que otro ocupe tu lugar, porque consideren que está más preparado o tiene más capacidades que tú. Tus padres no, pero ellos son los únicos. Los demás sí lo harán. Mira a tu alrededor. Abre bien los ojos y observa la vida que te rodea. La tienes cerca. Puedes conocer con facilidad el éxito y el fracaso. No te pedimos que seas el número uno. Sólo queremos que no sufras, que sepas defenderte y que valores que nada, absolutamente nada, de lo que tienes se ha conseguido sin el esfuerzo de alguien. ¿Ha sido el tuyo? ¿no? Entonces, amigo mío, algo tienes que cambiar.

Un día recibiste una carta que te decía. “Si tienes que hacerlo. Hazlo ya” Sé que te gustó, incluso durante unos minutos pensaste que tenía razón quien la escribió. Pero como siempre, volvió a dormir en el cajón de los recuerdos. Ese donde se guardan las cosas que nunca más se rebuscan.

Aquí tienes otra carta. Como ves, dice lo mismo. ¿Qué otra cosa podía decir si sigues en el mismo lugar? Anclado, varado, al pairo. Sin aire en las velas ¿Cuándo vas a empezar a soplar?

Hablaremos frente a frente. Leerás esto en voz alta delante de nosotros. Quiero ver tus ojos mientras lo vocalizas. Quiero saber si lo entiendes, quiero saber ¿qué es lo que vas a hacer? Quiero entender por qué no lo has empezado ya.

Y quiero que me cuentes la verdad, así, en voz alta, mirandome a los ojos. Y no porque yo no la sepa….

Lo que de verdad quiero. es que, de una puta vez, seas sincero contigo mismo. Reacciona

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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