Primer encuentro.


Caminaron lentamente por la arena. La noche era cálida y la brisa del mar acariciaba lentamente su rostro en aquél ocaso que les brindaba una paleta de anaranjados, rojos y violetas sobre el lienzo del cielo del atardecer.

No habían llegado allí por casualidad, porque no creían en el azar. Podría ser el espisodio de una novela por capítulos que ambos trataban, al tiempo, de leer y escribir. Su historia en común era reciente. No habían vivido más que unos pocos capítulos y eso no había descubierto más que unos trazos de la fachada del castillo que cada uno habitaba.

Se diria que más que atracción, sentían curiosidad. Esa intriga que siembra una semilla de la que no consigues adivinar qué flor crecerá.

Ella había encontrado en él, inteligencia, temple e ingenio. Un hombre capaz de penetrar desde su silencio en todos los variopintos mundos que ella habitaba. Un ser que, más que invadirla, la bordeaba con paciencia buscando los espacios adecuados para desarmar sus defensas. Y eso le gustaba. No había conocido a nadie que se mostrara tan poco invasivo como lo hacía aquél hombre.  Y no era desinterés lo que manifestaba aquella mirada tan aparentemente tranquila. Eran cientos de preguntas las que cruzaban por aquellas pupilas antes de que sus labios formularan una tan sólo, pero, tan certera, que ella no podia dejar de admirar la aparente facilidad con la que él había encontrado el camino directo a sus emociones.

Él estaba acostumbrado a la soledad. Tanto, que la sentía incluso cuando estaba acompañado. Un eterno buscador de un tesoro que un día tuvo entre sus manos y que otro día desapareció sin dejar rastro. Un caminante en busca de un camino, un lobo de mar con cien cicatrices, un ermitaño encerrado en un pozo del que se negaba a salir mientras pedía ayuda a gritos de su garganta muda. Encontró en ella un oasis de sosiego en un agreste desierto, el ojo de huracán en medio de la tormenta perfecta, una isla en medio de un océano embravecido, un tiempo de serenidad en el devenir de los años tumultuosos, un amarre al abrigo de un puerto seguro, un lar con un fuego cálido y crepitante en el centro de la tundra helada que era su vida.

Caminaban lentamente por la arena con más silencios que palabras. No eran los discursos los que les había conducido hasta allí si no, más bien,  el espacio en sí. Un sitio lejos de luces y ruídos, ajeno a personas y desocupado de construcciones, distante de todo lo que pudiera enturbiar su propio acercamiento.

Él se detuvo por sorpresa y se giró despacio ante ella. Sus ojos se descubrieron de nuevo y se leyeron con rapidez. Un abrazo era el mensaje y fue el resultado. Los cuerpos se acercaron y se pegaron tan intensamente que no corría el aire entre ellos. Los brazos entrecruzados, sobre sus hombros, los de él, en la cintura los de ella. Tan fuertes que todas las emociones iniciaron una carrera veloz del uno al otro, del otro al uno, en un círculo que las alimentaba y las hacía crecer. Las manos de él recorrían la espalda de la mujer que acurrucaba su ternura escondiendo su cara en el pecho del hombre. Todo el tiempo se paró en aquél abrazo y todo el espacio se deshizo a su alrededor. No quedaba nada más que el tacto que se procuraban.

La intensidad crecía en sus cuerpos. Era como combustible que ponía en marcha la maquinaria. las mejillas se movían lentamente en dirección a los labios para encontrarse en el primer beso. Unos labios desconocidos presentaron sus credenciales y se unieron en un contacto tímido e inexperto. Bocas entrecerradas que se abren como cálices de flor, lenguas retraías que asoman la punta con modestia y encuentran en la aceptación, la fuerza que necesitan, para buscar los adentros del otro. Besos que mudan en apasionados comebocas que repasan de una comisura a la otra todas las intensidades.

Las manos, antes exiliadas, ahora se suman al baile. Bajan desde la espalda hasta la cintura y encuentran un resquicio entre la ropa para llegar a la piel. Parece que hubiera sido la llave que abre el recorrido. Suben cintura arriba buscando las telas del sujetador, jugando con las copas y encontrando erecto y prominente el pezón excitado que agradece la caricia con un suspiro que silbea en la boca de ella. Los dedos pellizcan, retuercen con suavidad el pecho, levantan la tela y el aro y desnudan la teta bajo el jersey. El beso de ella se hace, justo en ese instante, infinitamenete apasionado, como si el placer no tuviera un espacio definido y habitara, desde ese momento, en todo su cuerpo. La mano tampoco se detiene y busca caminos en el sur. Abandona el sueter y encuentra la holgura del pantalón que da paso al territorio de sus bragas. Le bastan dos dedos para descubrir, que hay poco pelo en el lugar que busca.

-¿depilada?- pregunta él.

-Te esperaba- responde ella.

La humedad moja la yema de los dedos que él intruduce en el coño. Ella, se soprende a sí misma con un gemido largo y apretando con fuerza su cintura a aquella mano que ha empezado lo que hace tanto tiempo esperaba. Completamente mojada, acompaña el lento vaivén de placer que la empapa todavía más. Los dedos sin conocerla, saben buscar y encontrar los lugares más profundos de su deleite. Imposible esconder su clítoris erecto que recibe al visitante con el ansia del que tanto ha esperado este momento. Ahora sí, el movimiento es frenético.

-Si no paras, me voy a correr- susurra en una súplica.

-Es lo que pretendo- impone él con seguridad.

El dedo se fija con fuerza en su objetivo, pocos movimientos, uno…. dos… tres… cuatro…. El orgasmo llega en una oleada que llena de espasmos su cuerpo. Tan fuerte y contínuo que se agarra al cuerpo de su compañero para no caer al suelo. Tiembla, y en su temblor no deja de gozar. Poco a poco, desfallecida, trata de que la fuerza vuelva a sus piernas, que hubieran fallado completamente sin el abrazo de él.

-Nuestro primer orgasmo- seguía sonriendo él.

-¿Nuestro?. Tú no te has corrido conmigo.-

-Hoy era tu tiempo. Otro día será el mío. Y otro día el de los dos-

-No es justo- dijo ella mirando con firmeza a los ojos.

-La vida no es justa- asumió él, aceptando el reto.

-Quiero que te corras tú. Quiero sentir su placer-

-Y lo tendrás. Pero habrá de ser tu intención la que lo busque. No quiero un orgasmo de agradecimiento por el que has recibido. Lo que quiero es que me busques-

-Yo no te conozco. Tendrás que enseñarme- Dudó ella

-Nadie te va a enseñar lo que no quieras aprender. Intenta y observa. Busca y encuentra. Comete errores y aprende, acierta y experimenta. Igual que hice yo ahora-

-No sé si sabré. No sé si quiero así-

-Entonces tendrás que acostumbrarte a disfrutar de tus orgasmos y a añorar los míos-

-¿no hay otro camino?-

-Puede que lo haya. Sí. Pero habremos de inventarlo-

Y así fue como encontraron el primer cruce de vías en el que habría que tomar el tren adecuado

Imagenes de enamorados besandose en la playa

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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