Interiores y Exteriores


Dicen que hace aproximadamente dos milenios vivió, en la antigua Judea, un hombre que predicaba sus enseñanzas. Dicen que tuvo ciertos seguidores y que trató de convencerlos de que él era hijo de un Dios y que sus enseñanzas les harían ganar el Reino del Padre. Cuentan que no cumplió las espectativas y que el pueblo pidió a los gobernantes romanos su cabeza, Dice la Historia que murió martir y que sus apóstoles iniciaron caminos diferentes, capitaneados por un tal Pedro, con el fin de propagar las Reglas del Maestro. Dicen también, que no tuvieron grandes éxitos y que fueron muriendo en el martirio y el olvido.

Tiempo después, un ciudadano romano llamado Pablo de Tarso, recogió y reconvirtió las enseñanzas de Jesús de Nazaret y consiguió el éxito que hasta entonces no se había logrado. ¿Y cómo fue posible? Un mensaje así, caló hondo entre los esclavos de Roma. Gentes que no tenían derechos, condenados de por vida a una vida de miserias y sufrimientos, sin capacidad ninguna de libertad, ni de promoción, sometidos a la inquebrantable voluntad de sus amos, abusados, humillados, agredidos, torturados y violados. Ellos no podían esperar nada de esta vida. ¿Qué podía hacerles desear vivir? El premio de La Vida Eterna. “Mi Reino no es de este mundo””Estaréis a la derecha del Padre” Tan sólo eso podría insuflar esperanza e ilusión en tanta desesperanza y tanta desilusión. Por eso se cogregaron y se aferraron a una forma de vida que les proporcionaba una forma de vida para lograr el premio que se merecían. La felicidad prometida no cuestionaba el mensaje. Nadie podía comprobar su veracidad porque nadie vuelve de la muerte. Era mejor creer en el Cielo. Porque no creer significaba la pérdida de la ilusión por algo que era lo único que sus amos no les podían negar. Y creyeron. Y siguen creyendo hoy los hijos de sus hijos.

No es el único ejemplo. En el mundo árabe de Mahoma, ¿quién podía convencer a un campesino, a un pastor, a un artesano, de abandonar tierras y casas, familia y amigos para participar en la Guerra Santa? ¿Cómo conseguir que una persona luche por algo que no le importa en absoluto? Por eso se inventó el Jardín de las Huries dónde los muertos por su luca por Alá y Mahoma entrarían directamente

“tan amplio como el cielo y la tierra y en cuyas tierras bajas fluyen riachuelos”; en donde hay “árboles sin pinchos que dan sombra” con “frutas que cuelgan a ras de suelo”, y en el que “creyentes vestidos ricamente yacen sobre lechos que parecen de oro”. Es un jardín con muchas fuentes y ríos que llevan agua, leche, miel o vino “que no emborracha” Algunas fuentes están aromatizadas con alcanfor y jengibre, y sus aguas, mezcladas con vino, son ofrecidas a los creyentes por “los adolescentes eternamente jóvenes” y por “huris de grandes ojos virginales; las vírgenes del paraíso “con pechos henchidos, comparables a perlas bien guardadas”

Se engaña el ser humano, pues, con facilidad. Nos creemos aquello que conviene a nuestra comodidad. Intentamos complacer nuestra vida inventando razones para hacer aquello que hacemos.

Vivimos hoy en un tiempo de gurús, de coachers, de maestros, que nos dictan las nuevas enseñanzas: No hay que desear, hay que disfrutar lo que se posee, no ser ambiciosos, no ser materialistas, no ser exigentes. El disfrute y el crecimiento está en nuestro interior, todo lo que necesitamos lo tiene nuestro propio yo y cualquier tentación de crecimiento hacia el exterior será catalogado de avaricia y de desequilibrio.

Si vivimos en una habitación pintada de azul y resulta más sencillo convencernos de que nos encanta el color, de que nos da paz, de que nos recuerda el cielo de que es el color de nuestra estabilidad espiritual, que salir a la calle, entrar en una tienda de pinturas y decidir si nos gusta más el rojo, el verde o el amarillo. Podríamos pintar incluso de algún otro color y, si nos equivocamos, aceptar el error y pintar de nuevo. El ser humano es por naturaleza, voraz, indagador, aventurero, probador, arriegado. El Homo sapiens surgió de un punto concreto de África y allí pudo haberse quedado, feliz y tranquilo en su hábitat natural. Sin embargo, partió en sucesivas oleadas y se expandió por toda la Tierra conocida. Afrontó ríos, mares, climas cálidos, desiertos, montañas. No hubo conformismo, no hubo paz interior que cubriera sus espectativas. Igual que no la hay ahora.

Vivimos tiempos de enseñanzas de vidas eternas que se muestran como zanahorias para los que se cansaron de luchar, para los que decidieron, como la zorra, que las uvas fuera de su alcance estarían verdes. Lemas cansinos que ofenden a la lógica y nos engañan diciendo que “todo ocurre por algún motivo”, “sólo encuentras cuando no buscas”, “si no se ha quedado, es que no era para tí” nos amodorran en el determinismo y falsean la realidad asegurando que no podía habernos pasado más que lo que ha sucedido. Sabios profetas a toro pasado que promueven el inmovilismo y el conformismo.

Rebelémonos contra la quietud, vivamos, ambicionemos, luchemos, busquemos, exploremos…. Sólo de esa forma sabremos cuáles son nuestros límites.

Luego, podremos mirar desde las cumbres escaladas al vasto horizonte que se nos ofrece y dedicar un segundo al que se quedó abajo para, con una media sonrisa, decirle:

¡No sabes lo que te estás perdiendo!

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

12 comentarios en “Interiores y Exteriores”

  1. Me cansan las personas que piensan que con tener fe, es suficiente. Creo que, más bien, es la comodidad de no tener que pensar, ni decidir por sí mismos. Opino que todo lo que existe, se puso ahí para que lo disfrutáramos y que decidir, pensar, descubrir, es nuestro mayor patrimonio.
    ¿Sigues con ese café al alba?

  2. Veo las fotos que publicas en El café perverso… muy atrayentes, pero no conocía este otro blog. A partir de ahora lo seguiré. El escrito es bueno… pero largo de comentar…. soy agnóstica.
    Me siento mediterránea por los cuatro costados.

  3. ¿sabes? no hay techo para la gente voraz, indagadora, probadora, arriesgada. Después de las cumbres está el cielo, luego el espacio.
    Solo un peligro, lo que se pierde en el camino.

      1. La caja, no es más que orro dilema, ¿qué sacas? dejar espacio para lo nuevo, impkica abandonar lo viejo?

  4. De toda esta lectura extraigo dos puntos: 1.- Jesus jamás trato de convencer que era hijo de Dios ( cuando sabes quien eres no intentas convencer a nadie) que lo acusaron de hacerse llamar hijo de Dios es distinto.
    2. Si buscamos en las tumbas de todos estos maestros, iluminados, líderes etc encontramos los restos humanos, mientras que la de Jesus está vacía.

    1. O quizá sólo fue un hombre más, como tantos que se declararon dioses o hijos de dioses como él. Lo único que lo diferencia es que sus seguidores florecieron entre los sin esperanza. Creyeron en algo que nadie les podía negar ni desmentir. Cada quien, se engaña como prefiere. Si no puedo luchar por la liberación, mejor inventarme otro mundo feliz después de la muerte.

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