Danzas griegas


El caminante desanda un sendero otras veces recorrido. Sus pasos, aunque esquivos, llevan un rumbo cierto. La apetencia es sencilla: encontrar un rincón oscuro en el que reposar su cuerpo y apagar la mente. Camina y, mientras lo hace, cruza los dedos para desear que esa noche, el lugar elegido, goce de un ambiente adecuado a su búsqueda.

Abre la puerta de madera que da lugar a un zaguán. Con sólo dar el primer paso, el sonido que le alcanza lo hace sonreir de satisafacción. Esa entrada y esa música le basta para comprender que halló el rincón adecuado para su desconexión. Avanza un poco más y atraviesa una segunda puerta que da a la sala y, en ella, dirige su mirada al escenario donde cuatro músicos, violín, teclados, clarinete y acordeón, marcan ritmos de los Balcanes. La música es alegre y el canto invita a la fiesta. Los asistentes, pocos, aplauden con un ritmo lento de palmas que hace más intenso el ambiente. El caminante cruza toda la sala para sentarse, según es su costumbre, en una mesa alejada del centro y de las luces. Se sienta en la semipenumbra de un lugar desde el que se contempla cualquier detalle del ambiente. Le falta tan sólo una cerveza fría que le refresque la garganta y los segundos necesarios para vaciar su mente de su vida y sumergirse en esta fiesta en la que los que tocan, rememoran ritmos de sus lejanas tierras. Danzas gitanas de Serbia, folklore búlgaro, sirtaki, canciones de bodas…. que consiguen generar un ambiente de fiesta tradicional que nos envuelve y nos hace olvidar lo que hay en la calle. Nuestras vidas se han quedado más allá de las dos puertas que nos separan del mundo exterior.

El caminante se ha convertido ahora en un mirador. Y su mirada se pasea por cada una de las mesas que rodean el escenario. Jóvenes, menos jóvenes, heterosexuales, homosexuales, amigos, novios, conocidos… todos tienen una mirada de franca alegría y todos siguen ritmos con cada parte del cuerpo.

Pero es más allá del colectivo, donde se acaban las mesas y empiezas el territorio de la barra, donde la mirada se fija en un grupo de jóvenes que permanecen de pie mirando la actuación. Entre ellos, una mujer joven no puede detener sus pies y baila los pasos que la música brinda. No parece conocer las danzas con detalle, pero se mueve con soltura y marca con la punta de los pies unos pasos que se asemejan a lo común que pueden tener todas estas músicas mediterráneas. Podría ser una dazarina árabe con un baile sensual en sus caderas, o una gitana húngara con su movimiento de las manos. Podría ser aquello que ella deseara con sus ojos cerrados y sus brazos abiertos, con su cintura cimbreante y el pecho revolucionado. A veces hasta parece que los músicos tocan para ella y el mirado piensa lo fácil que parece bailar al lado de ella. Puede que bastara tan sólo con imitarla y hasta hay instantes en que le llega en una oleada eldeseo de acercarse y acompañarla. Pero sabe que no lo hará nunca y retira el pensamiento con un nuevo trago de la botella que ahoga su cobardía y limpia sus ojos para poder seguir disfrutando de lo que se le ofrecía.

Continuó la noche y cumplió con lo que se le pedía. El caminante pensó si no formamos parte de un mundo monotemático en donde cuando son Sevillanas, o Salsa,no existe otro son, no sabemos disfrutar de otra cosa y todo lo demás nos pasa desapercibido. Quizá sea entonces cuando hay que levantar la vista a la diversidad y volver a disfrutar de tantas otras culturas que merecen toda nuestra curiosidad.

Después se apagaron sones, instrumentos, voces y danzas. El mundo real volvía a llamar a la puerta y a reclamar el gobierno de su reino. Todos como vasallos obedientes a su señor comenzamos a retirarnos a nuestras posiciones.

Pero aún en esta mañana, cuando la mente se deshilacha, de tanto en tanto, aún me sorprendo tarareando entre dientes, un cierto sonsonete que invita a bailar

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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