Una cena vibrante


Sentada en el restaurante tomaba con tranquilidad el martini blanco que se había pedido para el aperitivo. Mujer bordeando los cincuenta con un cuerpo todavía apetecible vestía la madurez que su inteligencia, su tesón y su lucha había conquistado para su vida. Lucía un vestido rojo de finos tirantes y amplio escote, que bajaba hasta las rodillas y se ajustaba a su figura lo suficiente como para resaltar la mujer apetecible que ella quería ser. Sus acompañantes conversaban amigablemente mientras miraban la carta y trataban de elegir los entrantes. Ella también la tenía en sus manos pero no lograba concentrarse en la lista de platos. A su lado, su marido la miraba de cuando en cuando con disimulo aunque ella lo conocía lo suficiente como para adivinar ese atisbo de sonrisa que asomaba en sus labios y que, estaba segura, en su interior era amplia y diáfana. Ella sabía que la mente de él se movía a la velocidad de la luz y que ya anticipaba y disfrutaba de lo que la noche podía acontecer. Enfrente, la otra pareja, elegía los canelones de bonito y el rape en tempura como delicias para abrir boca, ajenos a que ella no les prestaba ninguna atención.

Habían elegido esta noche para uno de sus juegos. Éste era la primera vez que lo jugaban y eso añadía un toque de incertidumbre a la partida. La idea surgió un par de días antes en una de sus visitas al sex shop. Fue al pasar por delante de la vitrina de los vibradores cuando se fijaron en uno que tan solo parecía una bola un tanto alargada, casi como un óvulo medicinal de los que se utilizan para curar infecciones pero lo suficientemente grande como para que se ajustara a la vagina presionando ostensiblemente las paredes. Él lo cogio y lo miró atentamente mientras ella volvía sobre sus pasos al verlo detenerse.

-¿un consolador?. Ya tenemos unos cuantos.-

-Pero ninguno con mando a distancia-

Era por eso que esta noche ella se había puesto braguitas. Normalmente le gustaba salir sin ellas de casa porque sabía, que en algún momento de la noche, en la cena, durante la copa o dentro del coche, él recorrería con un dedo la piel de sus muslos y se adentraría por debajo de la falda hasta encontrar su coño absolutamente desnudo y mojado.

Pero esa noche ella llevaba dentro el consolador recien comprado.

Y así, callada, intentando concentrarse en el martini y en la carta, ella no podía sino sentir ese contacto en su vagina que le recordaba que la verdadera fiesta aún no había comenzado y que ni siquiera estaba en sus manos el empezarla o controlar como se desarrollaría. Apuró un trago más de su vaso y decidió seguir adelante. Al fin y al cabo no podía elegir los tiempos así que se dedicaría a disfrutarlos. Eligió como plato una lubina a la sal que la ayudaría a hacer más templada la digestión y cerró la carta a la espera del maitre que tomara la comanda.

Sirvieron el vino que había elegido su marido. Un Azpilicueta Reserva del año 2007 que él sabía que ella disfrutaba en su suave sabor en boca y sus tonos de especias en la nariz. Ella agradecía cada elección del tinto porque sabía que era la puerta de entrada que él preparaba para el transcurrir de la noche. Y ésta empezaba con un leve toque de sensualidad en la copa.

Los entrantes llegaron con su apariencia de emplatado elegante y ligero. Apetecían en su presentación y sumaban puntos a un restaurante pequeño y coqueto que conocían por primera vez y que contaba con buenas recomendaciones. Pocas mesas y espaciadas lo que le otorgaba mucha comodida e intimidad. Tampoco estaba lleno del todo y el servicio atendía las comandas con agilidad y atención. Los platos eran presentados sin agobios y con el tiempo suficiente para paladearlos en medio de una conversación amena dos parejas amigas.

Llegaron los primeros platos al centro de la mesa para compartir. Se hablaba de lo que siempre se comenta en las cenas de amigos, trabajo, política, anécdotas familiares. Nada problemático. La amistad era antigua pero no íntima y, seguramente ambas parejas se sorprenderían si hablaran con franqueza de lo que solían cocer en las camas cuando acaban esas ligeras veladas de sábado por la noche. Ella no podía imaginar la cara de su amiga si supiera lo que esta noche llevaba entre las piernas. Pero tampoco podía imaginar si su amiga llevaría algo igual o algún otro juguete que estimulara los preámbulos para otra noche intensa al volver a casa.

Pensaba en ellas cuando sintió el primer latido del vibrador en su vientre.

Tan distraía había estado que no había visto la mano de su marido deslizarse hacia el bolsillo de su chaqueta donde guardaría el mando que todo lo gobernaba. Sintío una velocidad lenta y repetitiva que empezó como cosquillas y empezó a subirle el rubor. La mano de él continuaba en el bolsillo y ella sintió que el ritmo de la bolita cambiaba dentro de su coño. Ahora eran pulsos largos alternos con dos pulsos cortos e intensos. La sorpresa la hizo dar un respingo de placer que intentó disimular alargando su mano hasta el vino para apurarla. Fue breve y, de nuevo, el silencio. Él se acercó a su cuello para besarla levemente y susurrarle al oído

-Era una prueba-

El muy cabrón disfrutaba con la situación y tan sólo había querido ver cual era el nivel de control que su mujer podía ejercer. Ella sentía que tenía ya las bragas mojadas por el placer.

La noche transcurria tranquila y hasta parecía que su marido había perdido el interés por el juego, tan divertido como estaba, escuchando de su amigo las defensas habituales entre los trabajos públicos y los privados, entre funcionarios y empresas, en los que nunca estaban de acuerdo pero de lo que no les importaba hablar horas y horas. Ella había entablado una conversación con su amiga sobre la educación en los niños y ambas discutían sobre los proyectos elaborados por los centros en los que ambas trabajaban. El tema la apasionaba y ella siempre alargaba las veladas en su intensidad por sus trabajos y las aplicaciones que sacaba de ellos. Se entusiasmaba tanto que los minutos corrían cortos mientras se servía el Pedro Ximenez dulce que apuntalaba el postre,unas frambuesas en jengibre que prometían cerrar la velada con un placer de dioses.

Fue entonces cuando comenzó todo.

Ella discutía sobre las nuevas tecnologías aplicadas a los trabajos de grupo en los niños cuando empezó a sentir las pulsaciones. Éstas eran completamente desconocidas. Cortas, intensas, pausadas, como golpes en las paredes de su coño que la hicieron detener su charla ante la mirada sorprendida de su amiga. El placer llegaba a oleadas combinado con su sopresa. Intentó seguir hablando pero la vibración iba llenando toda su vagina y, como una ola, subía cada vez más arriba, alcanzando su útero. Su voz empezaba a balbucear cuando el ritmo cambió de nuevo. Pulsaciones que subían de ritmo. Empezaban lentas y se aceleraban hasta alcanzar el contínuo, para detenerse y empezar de nuevo. Su coño ahora sí completamente húmedo, conseguía que la bola se moviera a medida que ella apretaba las piernas y se introducía más arriba en su interior. Intentaba que su cara no la delatara y que sus ojos no cedieran a la tentación de cerrarse y dejarse llevar por aquél placer que le llevaba a todos los cielos. Su marido, con la mano disimulada en el bolsillo de su chaqueta ni siquiera la miraba y continuaba la conversación de hombres que lo tenía, aparentemente ajeno a lo que ella sentía. El placer la recomía en todos sus poros y sus pezones se pusieron duros dentro del sujetador. Tan duros que amenazaban perforar incluso la tela del vestido, tan sensibles que también le daban, con el roce de su respiración, un placer que ya no podía controlar. Intentaba respirar profundo, pero el nuevo cambio de ritmo la dejó sin aire El consolador ya habitaba en la boca del útero y allí se hizo rey de su placer. Ahora no existía nada en el restaurante que le quitara las ganas de correrse, ahora ya nada podía pararla y tan sólo el sitio público impedía que se echara encima de su marido para pedirle que completara el juego follándola el culo como a ambos tanto les gustaba.

-¿sucede algo?-

La voz de su amiga sonó lejana y la sacó levemente de su ensimismamiento para darse cuenta de que ya no podría controlarse. Tan lentamente como pudo dejó su servilleta sobre la mesa y pidió disculpas mientras se levantaba.

-No pasa nada, pero tengo que ir un momento al baño-

Intentó que sus tacones mantuvieran su dignidad al caminar y que sus manos no cedieran a la tentación de levantar su falda y meter sus dedos dentro de la braguita para atender la urgencia que su clítoris le demandaba. LLegó al baño y se encerró por dentro mordiéndose los labios por la cercanía del primer orgasmo. Necesitaba correrse y sacar aquél juguete de dentro de sí misma. Si no lo hacía ya, tendría que llamar a su marido para que viniera a dónde estaba y la follara con la pasión que ahora mismo ya era imprescindible. Se sentó en la taza y bajó sus bragas, su coño hinchado, sus pezones en punta, y empezó a masturbarse con locura apretando los labios para no gritar. Ahora entendía por qué un restaurante tan pequeño era el elegido. La distancia desde la mesa a los servicios era tan pequeña que el mando a distancia aún tenía cobertura. Hubo un último cambio de ritmo y aquella bola endiablada parecía aumentar de tamaño. Ahora llenaba completamente su coño. Parecía una polla moviéndose adentro y afuera. Aquél aparato del demonio la estaba follando. Su marido la estaba follando a distancia y sin tocarla. Su placer aumentaba y aumentaba. Ella ya ni siquiera podía estar sentada, se puso de pié, metió sus dedos en el coño intentando alcanzar el consolador y fue enton,ces cuando sintió todo el placer que la noche le estaba guardando.

Se corrió como la mejor de sus noches, como esos orgasmos que suben in crescendo en una larga noche, se corrió llena de una polla de silicona que la follaba como muchos hombres nunca habrían sabido hacerlo. Tuvo un orgasmo que apretó su espalda contra la pared y con la boca abierta a bocanadas y los ojos apretados, la dejó deslizarse hacia el suelo cuando sus piernas ya no pudieron soportarla. Sentada en el suelo y, como si su marido midiera los tiempos desde lejos todo movimiento del vibrador cesó.

Le costó, levantarse y apoyó las dos manos para poder hacerlo. Se miró al espejo y encontró su cara desencajada todavía por los templores del placer. Recogió sus bragas del suelo y se las llevó a la cara para oler el fruto de su excitación. Estaban tan mojadas que optó por no volver a ponérselas. Con sus dedos, tiró del hilo del consolador y lo sacó lentamente empapado en sus flujos. Lo envolvió en las bragas y lo guardó en el bolso con la sonrisa que se le dedica a un buen amante al finalizar el polvo. Perfiló de nuevo sus labios, retocó el maquillaje y el rimel y, abriendo la puerta, volvió a la mesa.

Se sentó y bebió un sorbo de su vino dulce, paladeó el postre y escuchó la sonriente pregunta de su marido

-¿Todo bien cariño?-

Ella pensó la respuesta con intención.

-Todo bien mi amor.-

-Pero la próxima vez, seré yo quién conduzca. Creo que también has de tener la oportunidad de disfrutar de una velada tan vibrante.-

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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