Fellatio


La cintura se había situado justo delante de su rostro. Los pasos que él daba eran lentos y cortos, como si disfrutara del acercamiento. Los ojos de ella, se mantenían atentos a lo que estaba sucediendo. No era la primera vez pero ella siempre tenía la esperanza de que nunca volvería a suceder. Por supuesto se equivocaba.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella permaneció quieta mientras él bajaba la cremallera sin desabrochar el cinturón. Metió sus huesudos dedos por la abertura y sacó su polla de sus slips asomándola blanda y pegajosa. Desde el primer momento olía mal. Una mezcla de orín y semen pegado en la piel que había macerado desde su última paja de la mañana y se acentuaba con el sudor del día.

Acercó la polla a los labios apretados de ella cuyos ojos seguían manteniendose a a la altura de la cintura. No soportaba mirarlo a la cara.

-¡Abre la boca!-

Ella movió lentamente la mandíbula, igual que lo haría un robot. Sus ojos permanecían fijos al frente. No quería imaginar su expresión durante la escena y, para soportarla, su vista se concentraba en algún detalle del pantalón. Eso le permitía tener la mente ausente para soportar la humillación que estaba sufriendo.

Cuando la abertura fue suficiente, él puso el glande sobre la lengua, y empujo con su cintura hasta que ésta chocó con la cara de la chica. No era la primera vez que sucedía pero ella no conseguía recordar cuándo y cómo empezó. Su mente borraba las ocasiones anteriores como un elemento fundamental para no volverse loca. Sólo sabía que deseaba, cada vez, que fuera la última y que eso no sucedía nunca.

Lo conocía tanto, que habría podido hacer que se corriera en el primer minuto. Pero eso no era adecuado. Si era así, él se enfadaba y su malhumor lo convertía en agresivo. A él le gustaba combinar el placer de su miembro con la visión de la cara de ella mientras lo tragaba una y otra vez. Cinco minutos era el mix perfecto entre lo que podía soportar el asco de ella y lo que podía esperar el placer de él.

Así que poco a poco, ella empezó a acelerar el ritmo y a llevar la punta de la polla más adentro. Tan adentro que pudiera tocar la entrada de su garganta. Ese gesto lo descontrolaba a él y le daba a ella el mando. Uno, dos, tres movimientos y, cuando ella eligió, lo engulló entero hasta enterrar su nariz en las ingles y lo mantuvo allí tres segundos.

Los borbotones de semen entraban directamente a su estómago, los gritos de placer de él, taladraban sus oídos, mientras ella, luchaba por no ahogarse, no por vomitar, por no volverse loca.

Cubierto su corrida, él se apoyaba con las dos manos sobre los hombros de ella para que sus rodillas no se vencieran por el orgasmo. Ella se retiró lentamente mientras cogía un pañuelo de papel de la mesilla de noche de su cuarto y bebía, de un trago, medio litro de agua directamente de la botella.

Mientras él se guardaba la polla de nuevo entre los pantalones, ella seguía sentada en la cama con la mirada y el pensamiento perdido.

-¡Esta vez, que sea la última!

Él se acercó y le dió un beso en la frente

-Feliz cumpleaños cariño!-

Ella no sonrió

Hoy cumplía ocho años y su padre le acababa de hacer su primer regalo del día

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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