Incontenible pasión


La playa en  la semioscuridad de la luna llena es un buen lugar para terminar el día. Sobre el arenal los visitantes van caminando buscando lugares distantes en los que resguardar su intimidad. Nunca demasiado cerca para sentirse invadidos, nunca suficientemente lejos para dejar de ser vistos.

Unas toallas esparcidas, unas mochilas dejadas a un lado, unas sandalias soltadas al descuido, marcan el territorio del que nos hemos apropiado. No es demasiado tarde, aún no ha llegado la medianoche y se escuchan, como murmullos, las conversaciones de los que encontraron su lugar en los alrededores, No son muchos, tres, cinco, grupos. Quizá, el más cercano a no más de treinta metros de distancia. El sonido de las olas, las estrellas, la fresca brisa marina que nos acaricia, enciende el calor de nuestros cuerpos y las manos se ponen en funcionamiento. Caricias, primero superficiales, después atrevidas y por último desatadas. La ropa liviana es obstáculo pequeño para los dedos hábiles en busca del placer. La humedad ayuda, con su flujo a deslizar suavemente el placer, los gemidos surgen, quedos, bajo el miedo a que el silencio de la noche nos declare ante los vecinos. Mientras acaricias piensas en qué punto deberías detenerte. Tu mente te retiene, tu sexo te pide. Las risas lejanas se escuchan con nitidez y miras con un gesto de cálculo si podrán advertir lo que vas a hacer. te incorporas, abres sus piernas y con dos dedos retiras la tela del bikini para dejar tu destino al descubierto. De rodillas te inclinas y entras lentamente hasta el fondo. El placer intenso os une y os movéis como locos. Las palabras que el viento trae de la lejanía empiezan a no ser advertidas. Si alguien se acerca ahora sabrá sin duda lo que estáis haciendo. Nervios, placer, urgencia. .Me voy a correr- dices nervioso. -Correte conmigo- te responde alentándote. Rápido, intenso, salvaje, devorador. Esa es la sensación que os une.

Jadeantes os separáis, sin poder dejar de mirar alrededor para saber si el grupo se movió de sitio. Pero siguen alli.

Y mientras os recuperáis, abris una botella de vino y, con el primer brindis, saludáis a dos paseantes que caminan por la orilla y que desconocen que unos minutos antes, alli habitaba la pasión.

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

5 comentarios en “Incontenible pasión”

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