Consolador con mando a distancia (III)


Todos volvieron a casa puntuales a la hora de la comida. El mayor, hambriento tras el ejercicio realizado. La pequeña con esa anoréxica manía de no probar más que un bocado de cada plato y él….. él comía de su plato en silencio y pensativo. Ella lo miraba de soslayo, como no queriendo descubrirse, intentando no delatar que se había anticipado a la sorpresa ni destapar su entusiasmo por lo que vendría después de recibirla.
La comida acabó rápida y todos volaron a sus quehaceres y hobbies. La mujer volvío a quedarse a solas con sus pensamientos y su excitación. No quería que los minutos transcurrieran como horas y decidió que emplearía la tarde en preparar su cuerpo y su mente para lo que se preparaba. Pensó en ella, en su figura aún bella y en lo que a él podría atraerle más. Pensó en el tipo de peinado que llevaría y decidió alisarse esos pequeños rizos naturales. El pecho, realzado por el sujetador de encaje quedaría bien con aquel vestido de escote abierto que él le regaló para la última cena de la empresa. Las piernas, al aire desde las rodillas, necesitaban esas medias casi transparentes que realzaran su atractivo, sus pies enfundados en esos zapatos de enorme tacón que situaban su escasa altura a un nivel apropiado para seducir. Y las braquitas…….

Su mente se iluminó con un chispazo. ¿las braguitas?…. él había comprado un consolador con mando a distancia…. El concepto era claro y ella también quería una sorpresa para él. No se había depilado el sexo nunca y no sabía cierto si lo podría hacer, pero no debía ser más complicado que las axilas. Y ahí, también había utilizado cuchilla cuando las prisas no le permitían dar más de sí. La idea de afeitarse el coño y acudir a la cena sin bragas le llenó la cabeza de lucecitas, el estómago de pinchazos y el sexo de una cálida humedad que la llenó de un placer desconocido que la recorría de abajo a arriba.

Se encerró en el baño de la habitación de matrimonio como si fuera una furtiva, como aquellos lejanos años en que, en casa de sus padres, pasaba el pestillo para explorar aquellos pechos nacientes y aquella rajita que empezaba a cubrirse de pelos. Ese mismo vello que desde entonces había estado ahí sin ser más que algo natural que no correspondía alterar.  Desabrochó su pantalón y lo bajó hasta el suelo, levantando alternativamente uno y otro pie para desahcerse de él y dejarlo en el suelo. Hizo que sus bragas blancas siguieran el mismo camino  y se sentó en la taza con las piernas abiertas. Del lateral de su neceser extrajo unas tijeras y cogiendo con dos dedos el primer mechón cortó con un gesto inusualmente certero. Levantó la mano y miró el rizo que sujetaba. Pelo negro que parecía distinto al que ella tenía en su cabellera. Dudó por un momento si guardarlo en alguna pequeña cajita y obsequiarle a él con ese primer gesto de liberación. ¿le gustaría el detalle? ¿apreciaría el esfuerzo que ella estaba haciendo por agradarle? Se sintió insegura y ridícula y decidió dejarlo caer en el sumidero del water, para seguir sin dilación con el recorte del resto de mechones más largos que seguían el mismo camino que el primero. Cuando todo estaba ya recortado y la tijera ya no encontraba facilidades llegaba el momento de la cuchilla. Agradeció que el bote de espuma de afeitar de su marido estuviera cercano y se aplicó una fina capa de jabón para comenzar el proceso. La cuchilla inició su recorrido lentamente con el miedo de la primeriza y la duda de si sabría .hacerlo bien. Notaba el filo el acero recorrer sus labios mientras sus dedos estiraban y alisaban las arrugas que la piel formaba, y descubría cuan agradable podía ser el tacto suave y cercano de sus manos en su sexo. Todo parecía distinto, atrayente, sugerente. Parecía que algo hubiera cambiado en ella y su piel respondiera a las caricias con suaves corrientes eléctricas que sonrojaban sus mejillas y hacían empitonarse sus pezones. Por su mente pasó la idea de la masturbación pero la deshechó. Si esa noche era la del retorno de la pasión, o quizá fuera el nacimiento de lo que nunca antes había existido, quería que fuera él quien la disfrutara junto a ella, sin gestos anticipados. Lentamente su sexo empezaba a asomar la piel limpia y suave. A cada pasada los vellos desaparecían arrastrados por el jabón y la epidermis brillaba desnuda a sus ojos.

Cuando terminó se puso delante el espejo portátil que usaba para maquillarse y se mantuvo mirando lo que acababa de conseguir. Se sentía un poco avergonzada al contemplase completamente depilada, con ese pubis que parecía de niña pero que, de pronto, la había convertido en la mujer que nunca se había atrevido a ser. ¿le gustaría a él? ¿la rechazaría? Al fin y al cabo él le iba a regalar un juguete erótico. Ella también quería ver su cara cuando su mano se introdujera bajo la falda y descubriera el secreto.

Se estaba haciendo la hora de salir para el restaurante. La depilación se había alargado mucho y ella ya escuchaba a su marido moverse por el dormitorio buscando el traje que iba a vestir. Ella empezó a colocarse el sujetador y a continuación introdujo la cabeza por el vestido que, ajustado a su cuerpo igual que cuando se lo probó por primera vez, subrayó su estilizada figura recordando lo que tanto tiempo había estado escondido bajo la desidia y lo cotidiano.  Se subió las medias pantorrillas arriba  y volvió a sentir el tacto acercarse a su sexo ahora ya decididamente húmedo. Casi fue vencida por la tentación de abrir la puerta y abalanzarse sobre él para tumbarlo en la cama y desnudarlo a la vez que le gritaría que le metiera aquel juguete en el coño desnudo y mojado de una puta vez. -A la mierda la cena-, pensó fugazmente. Pero eso era algo que nunca habían hecho y él se sorprendería. Quizá lo echaría todo a perder por un ímpetu equivocado. Con la palma de su mano tomó un poco de agua y la aplicó, sobre su nuca refrescándola. Abrío la puerta y se mostró a su marido.

-Estoy lista, querido-

Él giró la cabeza sorprendido. Un brillo fugaz en sus ojos denotaba la sorpresa al verla. Pero fue breve, apenas un destello. Luego, como esquivándola, empezó a salir del dormitorio.

-Estas muy guapa- dijo con desgana casi desde el pasillo. -Vámonos ya. No quisiera llegar tarde-

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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