Consolador con mando a distancia (Epílogo)


-¡ERES UN IMBÉCIL!-

La frase lo dejó clavado en su asiento. No fue capaz de reaccionar mientras ella ya avanzaba hacia la salida sin girar ni una sola vez la cabeza.

Se quedó sentado sin capacidad para percibir nada de su entorno. Las miradas de toda la sala giradas hacia su mesa, hacia él, no significaban nada, no lograban penetrar lo más mínimo en su sentido del ridículo. Se sentía endurecido y las sensaciones rebotaban en sus sienes con esos pulsos que parece nos harán reventar la caja craneal.

No conseguía entender qué era lo que había hecho mal.

Estuvo pensando mucho tiempo en el cumpleaños de su mujer. Él no era un hombre detallista y no conseguía dar con el regalo adecuado. Pero sí se había dado cuenta de que la vida se les estaba escapando de entre las manos. Durante mucho tiempo habían sido una pareja anodina, con un trato formal que los convertía en un buen escaparate para familia, vecinos y amigos. Pero no habíán sido capaces de sostener el fuego de una pasión que se diluyó casi al comienzo de su matrimonio. Estaba enamorado de su mujer. Ese sentimiento estaba en él desde que la conoció, de eso estaba completamente seguro. Nunca se había fijado en ninguna otra porque las oportunidades solo aparecen cuando las buscas. Ni siquiera, cuando Cristina, su compañera de oficina, parecía acercarse en las horas de trabajo más de lo que parecía prudente. Ni siquiera cuando Eva, su amiga de la niñez se hundió en sus brazos destrozada tras su divorcio. Siempre que tenía una mujer cerca, inconscientemente, la comparaba con su esposa y eso bastaba para saber cuál iba a ser su elección.

Mientras pensaba en ese cumpleaños, deseó recuperar el arrebato, el frenesí, la vehemencia, dormidas en la vaguedad de los gestos diarios. Nunca habían sido de ímpetus, no recordaba haberse besado hasta devorarse las bocas, ni sabían lo que era esconderse en un zaguan para manosearse con la imprudencia de dos amantes furtivos. A veces, mientras la miraba en la cocina o planchando montañas de ropa, sintió la tentación de acercase a ella y asaltarla por sorpresa, acariciando ese cuerpo que tanto le gustaba hasta desnudarlo arrancando la ropa y hundir la cabeza en sus tetas y su polla en el coño hasta que el más bestial orgasmo los derribara. Pero ella siempre se había mostrado reticente a cualquier acto de pasión. Siempre, un aquí no, ahora no, así no. A ella no le gustaba el sexo oral. Ni darlo ni recibirlo. Intentar una postura distinta al misionero le causaba resquemor. Él recordaba haber intentado una sóla vez el sexo anal en una noche que terminó en pelea y en no hablarse durante tres días.
Pero él quería convercerla de que había llegado el momento de volver a ser una pareja enamorada.

Por eso había planeado la velada con detalle. por eso había elegido este restaurante y señalado al maitre que en los postres, dispusiera por sorpresa unas velas con las que sorprenderla. Por eso había reservado la habitación del hotel de cuatro estrellas donde pasarían la noche, su primera noche, esperaba, de pasión descontrolada. Por eso había elegido los regalos que iría despositando en sus manos durante esas horas de manera que no pudiera dejar de admirar esos ojos abiertos por la sorpresa y encontrar en ellos también el amor de ella.

Había llegado justo a todo. Incluso había tenido que usar la mañana del sábado para recoger ese paquete de perfume Ángel de Thierry Mugler que una vez vio en una revista de moda y que había encargado hacía dos semanas. Por eso se había mostrado distante y esquivo durante toda la mañana, para que las ganas de que todo saliera bien no le delataran, por eso se había mostrado hablador en el coche mientras llegaban, para no delatar el vivo deseo que sintió cuando la vio salir del baño con ese vestido que hacía tanto que no se ponía y esconder como su polla, excitada, empezaba a marcar un bulto en su pantalón.

Lentamente, fue consciente de volver a la realidad. El camarero del restaurante seguía delante de él, esperando, como si el desenlace de la escena que acababa de vivir pudiera mantener la incertidumbre de un final diferente al esperado. Se levantó de la silla deslizando unas avergonzadas disculpas y salió a la calle a la búsqueda del coche.

Mientras caminaba, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se tropezó con una cajita envuelta en papel de regalo. Recordó qué hacía allí y que debía ser abierta en los postres, junto a las velas de feliz cumpleaños. Esa cajita contenía la llave de la habitación del hotel y un juguete del que se había encaprichado cuando leyó hace unos meses un relato erótico de internet.

Dos pasos adelante, dejó caer el paquete en una papelera. El consolador con mando a distancia ya no iba a tener en su vida de divorciado ninguna utilidad.

Y lo que más le hundía, pensaba mientras iniciaba el camino a casa, era que no lograba comprender ¿en qué se había equivocado esta vez?

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

4 comentarios en “Consolador con mando a distancia (Epílogo)”

  1. La falta de confianza. La confianza y la complicidad se trabaja toda la vida…y lo logran solamente los que están dispuestos a dialogar con absoluta sinceridad. Es el trabajo en equipo

  2. Quizás me he dejado indicar que no hay culpa y si la hay es por parte de los dos, indico que hay que arrepentirese de NO haber intendo hacer algo que el fondo nos apetece.

  3. Lo que yo decía… Llegó tarde, seguramente si en otras ocasiones hubiese insistido más, quizás hubiersen llegado al sexo incontrolable, si no se intenta nunca se sabe, ella a su manera lo estaba deseando pero era incapaz de dar un paso adelante o insinuar que lo estaba deseando.
    Qué triste… yo no me arrepiento de lo que he hecho -aunque no hubiese sido todo lo gratificante que me hubise gustado-, me arrepiento de haber dejado escapar momentos, no importa el tema, pues esos momentos ya no volverán nunca maás.

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