Esperar


Algunas noches, cuando el reloj bordeaba las once, ella suspiraba mientras levantaba la vista de la lectura. cerraba el libro lentamente y se levantaba del sofá caminando hacia el cuarto de baño sin que sus pasos perturbaran más que levemente la soledad de la casa. Sosegadamente, frente al espejo, desabrochaba lentamente los botones de su camisa y dejaba asomar dos pechos tersos pero olvidados que reclamaban las atenciones que consideraban merecidas pero que quedaban lejos en el tiempo. A continuación desabrochaba su cinturón y los botones de su pantalón liberaban su cintura para caer hasta sus pies y completar su semidesnudez.. Era el momento en el que aprovechaba para mirar su reflejo y examinarse detenidamente. Su metro y setenta centímetros y sus setenta y cinco kilos le devolvían un aspecto atractivo que la satisfacía. Unos pechos bien formados que, aunque podrían ser cubiertos por unas manos masculinas sin rebosarlas,  llenaban las copas del sujetador asomando unidos en un canal que ella le gustaba recorrer con un dedo. Ese camino llevaba sin remedio hacia los pezones, redondos, erectos, enmarcados en una aurerola marrón oscuro que eran uno de los centros neurálgicos de la excitación que sentía aquella noche. Con habilidad buscó el cierre del sostén y lo abrió hacia adelante haciendo que los tirantes recorrieran los brazos hasta caer haciendo compañía al resto de prendas que le rendían pleitesía a sus piés. Quedaban las braguitas. Al bajarlas, asomó un pubis adecuadamente depilado, decorado con un pelo ralo perlado con gotas de excitación que brindaban reflejos transparentes sobre el vello. Miro sú reflejo y se volvío a descubrir apetecible, sensual y receptiva. Se dedicó una última mirada seductora y apago la luz.

La casa quedó a a oscuras, apenas iluminada por la ténue luz que, a través de la ventana, llegaba de las farolas de la calle. Su dormitorio quedaba en la parte izquierda del pasillo, sin embargo, ella dirigió sus pasos hacia el lado contrario y en unos segundos alcanzó la manivela de la puerta de la casa, la que daba al descansillo de la escalera vecinal común. Con un gesto lento abrió la puerta y la dejó levemente entornada, Afuera la luz de la escalera permanecía apagada.

Se dio media vuelta y, ahora sí, recorrió el pasillo en dirección a su habitación. Cuando llegó a su cama, se tumbó mirando al oscurecido techo, tendió sus brazos a ambos lados de su cuerpo y estiró las piernas para alcanzar con sus pies el final de la cama

Decidió esperar…

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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