Pastillas para dormir


Desde hacía años la edad los castigaba con sus achaques. No eran demasiado mayores pero sí habían llegado a ese punto en el que necesitas de unas pastillas y un calendario para ir equilibrando aquellas hormonas que la naturaleza se va olvidando de cuidar.
Ninguno de los dos había sido demasiado cariñoso con el otro. Tampoco era que se resultaran insoportables. Tan solo que se habían convertido el uno al otro en una contínua previsibilidad. Se seguían con la vista y se adivinaban con la certeza que da un cronómetro suizo. Así que se soportaban y se concedían satisfacciones con una proporción en la que los no era mayoría absoluta y los sí tan sólo una minoría silenciosa.

Por eso, cuando alguna noche, a la hora de ver la televisión, él sentía un cosquilleo en su entrepierna, o cuando el pijama de su mujer se caía descuidadamente y dejaba ver unos centímetros de piel prohibida, se arrimaba a ella y empezaba un torpe acercamiento de caricias secas e inexpertas que indefectiblemente llevaban a un brusco manotazo de ella que cortaba de raiz toda posibilidad.

-¡Qué me dejes! ¡Que no piensas en otra cosa!-

-¡Y cómo no voy a pensar siempre. Si nunca me dejas!

Y así era como transcurría su convivencia, su amor y su sexo.
… O al menos así era como ella pensaba que lo vivían.

Porque él había descubierto un punto de escape a su pasión. Había encontrado un lugar, un tiempo y una persona para satisfacer sus deseos. Y eso era lo que hacía aparecer esa sonrisa misteriosa tras recibir el manotazo de su mujer.

Y entonces, se levantaba del sofá y se iba a esperar a su amante. Caminaba por el pasillo hacia el dormitorio. Se desvestía lentamente y la excitación de lo que sabía que iba a pasar a continuación, hacía que su calzoncillo dejara al descubierto un miembro duro y goteante, en espera de su momento. Desnudo completamente se metía entre las sábanas y esperaba, esperaba, esperaba…
Al rato, escuchaba como su mujer apagaba la televisión, caminaba hasta el cuarto de baño y se aseaba para acostarse. Después, el momento más esperado por él desde su lado de la cama. Ella tomaba su bote de pastillas para dormir y tomaba su dosis de cada noche. Entonces llegaba hasta el dormitorio y, con los ojos ya vencidos por el sueño inducido, se metía en la cama y apagaba la luz dando la espalda a su marido que la miraba ansioso por que se durmiera y contaba en la oscuridad la cadencia en la respiración de ella hasta que confirmaba que el sueño la había vencido

Y entonces era cuando se acercaba a su cuerpo. Entonces era cuando sus manos tomaban su piel, entonces cuando amasaba su pecho, entonces cuando pellizcaba sus pezones, cuando bajaba el pantalón de su pijama y acariciaba el sexo de ella hasta humedecerlo. Entonces cuando su pene, duro hasta doler, buscaba penetrarla lentamente y hasta el fondo. Entonces cuando él se quedaba allí quieto, en la profundidad de ella, mientras sentía su pene palpitar apretado en las calientes paredes.

Y entonces era cuando ella empezaba a mover su vientre, y lo acompañaba en el placer, entonces cuando ella se estremecía entregada y dueña. Era la sexualidad convertida en Diosa, la pasión como locura y descontrol, la amante que su marido nunca soñó que tuviera a su alcance. La geisha que premiaba las hazañas de su señor y no era mujer más que para conseguir que él se derramara entre sus piernas.

Porque cuando a la mañana siguiente ella despertaba sudorosa y húmeda, no recordaba nada de lo acontecido. No era consciente de su frenesí, ni sabía como llegaba a encenderse el fuego que su cuerpo guardaba. Y se enfadaba con su marido y lo acusaba de abusar de ella y aprovechar su sueño de medicamentos para saciar sus depravados instintos.

-¡Te voy a denunciar por violador!-

Le decía mientras le servía el café con leche con la cara de asco habitual.
Y él, mientras sorbía, ocultaba en su cara tras la taza, esa sonrisa maliciosa y satisfecha de quien espera que llegue la noche con una nueva dosis de somníferos

 

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

2 comentarios en “Pastillas para dormir”

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